LA FUNCIÓN SOCIAL DE LA MUJER SEGÚN EL CATOLICISMO

(Por Cipriano Sántide Thunjiga)

Para el laicismo la sociedad precisa de un Estado que procure el equilibrio entre la necesidad de vivir en comunidad y el derecho a la libertad de los individuos. El aspecto comunitario y el aspecto personal implica tanto derechos como obligaciones, y en un Estado justo, éstos deben ser los mismos para todos los miembros de la sociedad, sin distinciones, por ejemplo, de género. En un Estado laico la sociedad es concebida, de hecho, como la convivencia entre ciudadanos iguales libres. Esto no niega las peculiaridades personales, ni busca suprimir las naturales diferencias entre los ciudadanos, sino que sólo garantiza que todos tengan un tratamiento igualitario ante la ley. 

Las tres grandes religiones de occidente, judaísmo, cristianismo e islamismo, históricamente han promovido considerables diferenciaciones legales entre hombres y mujeres. Dejando a un lado los eufemismos: las tres han promovido la desigualdad legal entre hombres y mujeres. En otras entradas de este blog hablaremos de la mujer y el Islam, de la mujer y el judaísmo, y de la mujer y el cristianismo protestante. En ésta veremos algo de lo que sostiene al respecto la Iglesia dominante en los países hispanos. 

La Enciclopedia Católica (disponible en línea) publica contenidos autorizados por la Iglesia Católica por encuadrarse estrictamente en su doctrina. En la entrada “Mujer” de esta enciclopedia pueden leerse, pues, los criterios oficiales del catolicismo respecto de la situación de la mujer respecto del varón. En este artículo citaremos el texto de dicha enciclopedia entrecomillado y en cursiva. 

La doctrina católica sostiene que Dios quiso que la naturaleza humana se manifieste de manera diferente en el varón que en la mujer” y que “es inadmisible confundir las actividades vocacionales de ambos”.  Es decir que el varón está llamado por Dios mismo a desempeñar una función absolutamente específica en la sociedad y la mujer otra claramente diferente. Cuanto más y mejor cumpla cada uno su rol natural-divino, más varón será, o más mujer: “Los hombres más masculinos y las mujeres más femeninas son los tipos más perfectos de sus sexos”. Como las funciones sociales de los varones y las de las mujeres están claramente definidas por el orden natural-divino, hombres y mujeres deben complementarse fundamentalmente mediante el matrimonio y perseverar cada uno en su función social específica: “…cada uno de los dos sexos precisa del otro para su complemento social; una igualdad social completa anularía esta finalidad del Creador”.

La Enciclopedia sigue diciendo: “…a pesar de la igual dignidad humana, los derechos y obligaciones de la mujer difieren de los del hombre en la familia y las formas de la sociedad que la desarrollan naturalmente”, y más adelante agrega: “Si los dos sexos están diseñados por la naturaleza para una cooperación orgánica homogénea, entonces la posición dirigente o una preeminencia social debe recaer en uno de ellos. El hombre está llamado por el Creador a esta posición de líder, como lo muestra por toda su estructura corporal e intelectual”.

El catolicismo oficial también basa estas consideraciones en declaraciones atribuidas al propio apóstol San Pablo (Cor., 11, 7): “El hombre…es la imagen y gloria de Dios; pero la mujer es la gloria del hombre”. Explica la Enciclopedia Católica: “(San Pablo) en esta referencia a la creación de la primera pareja humana presupone la imagen de Dios en la mujer. Como esta similitud se manifiesta exteriormente en la supremacía del hombre sobre la creación (Gén., 1, 26), y como el hombre en cuanto líder nato de la familia ejerció primero esta supremacía, es llamado directamente en tal capacidad imagen de Dios. La mujer toma parte en esta supremacía sólo indirectamente bajo la guía del hombre y como su compañera. Es imposible limitar la declaración paulina a sola la familia; y el mismo Apóstol infirió de esto la posición social de la mujer en la comunidad de la Iglesia”.

La Enciclopedia cita también escritos oficiales como la encíclica “Arcanum”, que el papa León XIII redactó en el año 1880 (pero que, como toda encíclica papal, sigue siendo válida para siempre): “El marido es el que gobierna la familia y cabeza de la mujer; la mujer como carne de su carne y hueso de sus huesos ha de estar subordinada y obediente al marido, no, sin embargo, como una sirvienta sino como una compañera de tal clase que la obediencia prestada es tan honorable como digna”.

En última instancia, según esta postura católica, el hombre está llamado por Dios mismo a una vida más pública que la mujer. A ésta, en contrapartida, Dios la llama a una vida más doméstica y principalmente dominada por el rol de madre:  “Por consiguiente las actividades de ambos en el dominio social pueden tal vez compararse a dos círculos concéntricos de desigual circunferencia. El círculo externo, más amplio, representa las labores vocacionales del hombre, el círculo interior las de la mujer. Lo que el Creador preparó mediante la diferencia de aptitudes se realiza en la unión marital indisoluble de un hombre y una mujer. El hombre se convierte en padre con derechos y deberes paternales que incluyen el sostenimiento de la familia y, cuando es necesario, su protección. Por otro lado, la mujer recibe con la maternidad una serie de obligaciones maternales. Los deberes sociales de la mujer pueden, por tanto, designarse como maternidad, tal como es el deber del hombre ser representante de la autoridad paterna… (…) …el hombre debe también representar vigorosamente la autoridad, mientras que la mujer, llamada a la dignidad de ser madre, debe suplir y ayudar a la labor del hombre mediante su incansable colaboración”.

Lo expresado en la Enciclopedia Católica establece un fundamento, supuestamente natural-divino, sobre el que se yergue una tajante división social entre varones y mujeres, en la que a éstas les cabe un rol “inferior”. Criterios así se traducen fácilmente en legislaciones no igualitarias, legislaciones por ende discriminatorias, que la perspectiva laica rechaza.

EN ARGENTINA EL ESTADO MANTIENE ECONÓMICAMENTE A LA IGLESIA CATÓLICA

IMPORTANTE: HEMOS ELIMINADO LAS CIFRAS EN DÓLARES (PRESENTES EN EL TEXTO ORIGINAL) Y DEJADO SOLO LAS CIFRAS EN PESOS ARGENTINOS PARA EVITAR ERRORES DE CÁLCULO Y DUDAS ORIGINADAS EN LA MOVILIDAD DEL PRECIO DEL DÓLAR RESPECTO DE LA MONEDA ARGENTINA.

Este país latinoamericano, que en los últimos años ha promulgado leyes con una considerable independencia de las opiniones y presiones del catolicismo, sigue, sin embargo, una política de sumisión económica a la Iglesia, ya que el Estado -esto es: los ciudadanos, sean o no católicos- paga sueldos a los obispos, asignaciones de dinero a seminaristas mayores, mantiene económicamente numerosos templos, jubila a expensas del Estado a los sacerdotes católicos, etc.

Algunos ejemplos: en Argentina un obispo recibe un salario de entre 8.ooo y 11.ooo pesos argentinos por mes , el 80% de la remuneración de un juez argentino de primera instancia. Estos obispos, pese a que a diferencia del resto de los ciudadanos del país no hacen aportes jubilatorios, se jubilan con un sueldo de más de 11 mil pesos, aproximadamente el 70% del sueldo del presidente de Argentina.

El Estado argentino no hace aportes equivalentes a otros cultos.

Además la Iglesia Católica está oficialmente exenta de importantes impuestos (impuestos inmobiliarios, impuesto a las ganancias). En este caso otros cultos también reciben este beneficio.

Como puede verse, pese a que la Argentina de la última década ha sido capaz de seguir políticas estatales con un nivel de independencia respecto de la Iglesia admirable para cualquier país con numerosos fieles católicos (se han promulgado leyes como la de la educación sexual en las escuelas, la de salud sexual y “procreación responsable” -ambas basadas en un concepto de sexualidad científico y no moralista-católico-, la legalización de las uniones de personas del mismo sexo, etc), lo cierto es que queda un pesado resabio de ingerencia católica en el Estado, el cual se traduce, por ejemplo, en el hecho de que todos los ciudadanos, independientemente de que sean o no católicos, deban sustentar los privilegios económicos de los sacerdotes católicos.

Citamos el caso de Argentina porque es un país hispano (como el de la mayoría de los lectores de nuestro blog) y porque constituye un ejemplo de cómo pese al notorio avance de una conciencia laica subyacen prácticas retrógradas e injustas.

DIFAMACIONES EN LA RED

(Por Cipriano Sántide Thunjiga)

Con frecuencia el laicismo, acusado de atacar la religión, es demonizado por organizaciones religiosas. Pero ante los ataques hay que separar la paja del trigo: hay ataques que condenan aquello que el laicismo propone, y eso no es necesariamente grave, y también los hay que se basan en calumnias y tergiversaciones, y eso es, lisa y llanamente, si no ignorancia, deshonestidad intelectual. La página www.ideasrapidas.org expone con la ligereza que sugiere su propio nombre (“el que avisa no traiciona”, reza el dicho, y en ese nombre hay que reconocer una gran sinceridad) una serie de conceptos errados. A continuación citamos en negrita lo que dice la mencionada página en el apartado que dedica al laicismo (pueden ingresar directamente a él en www.ideasrapidas.org/laicismo.htm) y agregamos una explicación desde una perspectiva laicista (la intercalamos en cursiva).

El laicismo es una teoría religioso-política que persigue eliminar a Dios de la sociedad, estableciendo un sistema ético ajeno a Dios.

El laicismo no pretende eliminar a Dios de la sociedad, sino respetar verdaderamente, tanto en la teoría tanto como en la práctica, las diferentes ideas que los distintos miembros de una sociedad tienen respecto a Dios (con máxima frecuencia, no coincidentes). El laicismo pretende, en efecto establecer un sistema ético válido consensuado entre diferentes miembros de la sociedad (en la que además de creyentes con diferentes opiniones, también hay no creyentes tan dignos de respeto como quienes profesan una fe religiosa).

En su aspecto religioso es un ateísmo práctico que se impone a la sociedad con medidas políticas.

Sostener que el laicismo es un ateísmo práctico es tan absurdo como sostener que un creyente católico que comete el pecado mortal de no ir a misa el domingo (“Santificarás las fiestas”) es en realidad es un satanista práctico. En un estado laico, cualquier persona religiosa puede actuar, en lo que concierne a su propia vida, de acuerdo con su fe, de ningún modo se le impone que actúe como un ateo. 

El laicismo adopta la postura de una indiferencia teórica. Pero en la práctica exige actuar como si Dios no existiera.

En efecto, el laicismo propone la adopción, por parte del Estado, de una postura que implique no hacer diferencias (no dar provilegios) a ningún posicionamiento religioso. Lo que el laicismo propone en la práctica es actuar respetando a quienes creen que Dios existe, a quienes creen que no, y a quienes se admiten ignorantes al respecto.

También puede decirse que el laicismo es un ateísmo social porque pretende organizar una sociedad sin Dios (ateo significa sin Dios).

Habida cuenta de que hay ciudadanos agnósticos –e incluso ateos, que por cierto tienen derecho a serlo, tanto como una persona religiosa tiene derecho a creer- que no tienen por qué verse sometidos por parte del Estado a imposiciones de base religiosa, es justo que la sociedad procure organizarse dejando un espacio vital para que el creyente viva sin problemas de acuerdo a su fe, y los agnóstico y los ateos vivan igualitariamente sin problemas de acuerdo a su duda o a su convicción respecto de la no existencia de Dios.

Para instaurar sus planteamientos, el laicismo se basa en dos ideas correctas pero mal entendidas: la separación Iglesia-Estado y la libertad religiosa.

Efectivamente el laicismo se basa en esas dos ideas, que como veremos, no son mal entendidas.

¿Es buena la libertad religiosa? Sí; cada uno debe tener libertad para ejercitar la religión que desee, dentro de los límites del bien común. No se debe imponer una religión (ni un ateísmo).

Correcto, pero la libertad religiosa también abarca la libertad de no ejercer ninguna religión, sin que ninguna persona o institución se inmiscuya en ello.

¿Es bueno separar religión y política? Depende de cómo se interprete esto. Sobre todo depende de qué se entienda por religión.

  • Si con esa separación se expresa que los curas no sean políticos, y los gobernantes no sean obispos, entonces la frase es correcta. Cada uno gobierne en su terreno.

El laicismo concuerda plenamente.

  • Si con esas palabras se afirma que una religión no debe exigirse a todos, sino que se deben respetar las conciencias, entonces la separación es acertada. (Por esto el laicismo no debe imponerse a todos).

El laicismo no es una religión sino una manera de gestionar el Estado respetando la diversidad existente aún en la sociedad más compacta, una manera que implica el respeto irrestricto en materia religiosa: respeto al creyente, respeto al no creyente. (El Estado tiene el derecho, sustentado en el propio contrato social en el que se basa, es decir conferido por los propios miembros de la sociedad, de imponer mediante la ley el respeto mutuo entre los ciudadanos).

  • Si por religión se entiende a Dios, los actos de culto o las enseñanzas espirituales, entonces no es bueno separar la sociedad de Dios.

El laicismo no pretende separar a la sociedad de Dios, sino al Estado (a las funciones que ejerce el Estado en la sociedad) de las diversas opiniones, creencias y dogmas –con frecuencia no coincidentes, por otra parte- que impulsan las distintas formas de religiosidad. Habida cuenta de que la política se ejerce de cara a todos los miembros de la sociedad y de que ésta la conforman personas religiosas, ateas, agnósticas, neutrales, no es justo que las políticas públicas se ejerzan supeditadas al concepto de Dios (incluso dispar según cada religión) ni de ningún tipo de espiritualidad. Por ejemplo: porque el catolicismo considere pecaminoso el divorcio, el Estado no debe imponer la imposibilidad de divorciarse a los judíos, budistas, ateos, agnósticos… Quien sea católico puede no divorciarse, y quien no lo sea debe poder hacerlo, si tal es su libre decisión. De hecho, a un creyente católico que decida a conciencia divorciarse, el Estado tampoco debe juzgarlo, ya que no es de incumbencia estatal cómo dicho creyente resuelve el conflicto entre su determinación personal y la condena moral a la misma decretada por su iglesia. El Estado debe velar por la libertad individual de los ciudadanos, y no atentar contra ella.

  • Si con esta separación se expresa enfrentamiento, tampoco es conveniente pues lo ideal es que Iglesias y Estados trabajen cada uno en su ámbito ayudándose en conseguir el bien de los ciudadanos.

La separación no debería implicar enfrenamiento, sino sólo separación. Por otra parte, no sólo las Iglesias y el Estado pueden y deben velar por el bien de los ciudadanos, sino todos los actores de la sociedad, y principalmente cada ciudadano debe tener el derecho de velar por lo que considera su propio bien, siempre que no implique el mal de otro. Iglesias, Estado, ciudadanos no supeditados a ninguna agencia religiosa gobernante, ateos organizados o no organizados, agnóstico organizados o no organizados, en definitiva todos y cada uno de los ciudadanos, tienen el deber social de contribuir al bien común.

La laicidad del Estado es distinta del laicismo. La laicidad propone que el Estado no debe estar ligado a una religión particular sino que debe respetar la libertad religiosa. Sostiene que debe haber una separación adecuada entre Iglesia y Estado y no perjudicar a los ciudadanos por motivos religiosos. Es correcto.

El laicismo coincide.

En cambio en el laicismo, el Estado impulsa el ateísmo optando por la religión atea.

Es incorrecto. El laicismo promueve que la laicidad plena sea un hecho, hace proselitismo a favor de ella. El laicismo no admite que el ateísmo sea impuesto desde el Estado, ya que eso violaría el principio básico de la laicidad, que establece que el Estado no se inmiscuye en materia religiosa. El laicismo propone un estado NEUTRAL en materia religiosa, no un Estado ateo. Volvemos a decirlo: acusar al laicismo de ateo es tan absurdo como acusar de promover el satanismo a quien no va a misa.

¿Qué defiende el laicismo ante la religión? El laicismo desea instaurar varios planteamientos:

  • Para el laicismo, el Estado debe apoyarse en una base común sin Dios. El laicismo reclama un Estado confesionalmente ateo.

¿Por qué ateo?, ¿por qué fomentar la confusión entre conceptos claramente diferentes como son los de ateísmo, laicismo, neutralidad religiosa, agnosticismo? El laicismo no reclama un Estado confesionalmente ateo, sino un Estado no confesional, uno neutral en materia religiosa. Acusarlo de ateo parece más bien una chicana para enardecer a creyentes despitados y ponerlos emotivamente en contra del laicismo, que en realidad defiende tanto la libertad de creer como la de no creer, y también la de dudar, o la de admitirse ignorante en materia de fe.

– Sin embargo, el ateísmo es una postura religiosa que tampoco debe imponerse.

Por supuesto, el ateísmo no debe imponerse. De hecho el laicismo no lo hace.

  • El laicismo intenta relegar la religión al ámbito privado, prohibiendo las manifestaciones públicas de fe.

Es inexacto decir que el laicismo pretende prohibir las manifestaciones públicas de fe. En un estado laico, por ejemplo, los católicos podrán hacer libremente una procesión en la calle (alguna vez he escuchado el argumento absurdo de que la teoría laicista vedaría las procesiones), pero no imponer en las escuelas públicas (a las que también concurren no católicos, niños de familias agnósticas, ateas, o de otras confesiones), sus símbolos religiosos, ya que éstos serían una imposición a quienes no pertenecen a la comunidad católica.

– Sin embargo, una persona coherente vive de acuerdo con sus creencias tanto en privado como en la vida social. No se debe obligar al creyente a que se comporte como un ateo. (Tampoco se debe forzar al ateo a que actúe como religioso).

Exacto. Recurramos nuevamente a un ejemplo: un católico, porque exista una ley de divorcio no se verá obligado a divorciarse,  en privado y en la vida social y pública, tiene derecho y tendrá libertad de comportarse como católico, al igual que un ateo como ateo, un agnóstico como agnóstico, y un musulmán como musulmán.

  • El laicismo y el relativismo suelen ir unidos, pues ambos defienden el indiferentismo religioso.

Nuevamente una grosera mezcolanza de conceptos. En algunas personas laicismo y relativismo podrán ir unidos, en otras no, del mismo modo que en algunas personas religiosidad e intolerancia pueden ir unidas, y en otras no. Lo cierto es que laicismo y relativismo son conceptos claramente diferentes, y no hay que confundirlos ni dar lugar a que las personas los confundan. Ejemplos: difícilmente un ateo laicista crea que da lo mismo ser ateo que musulmán; difícilmente un agnóstico laicista crea que da igual ser agnóstico que ateo, evangelista o animista, difícilmente un ateo o un agnóstico laicistas crean que da lo mismo una religión que fomenta la castración femenina que una que no la fomenta.

– Hay varias religiones pero esto no significa que sean falsas, o que sea indiferente elegir una. Por ejemplo, puede haber varias teorías sobre un hecho histórico, pero sólo un suceso tuvo lugar realmente. Habrá que buscar la religión verdadera.

Si hay varias religiones – en realidad hay muchas- que sostienen cosas irreconciliables ente sí (la divinidad de Jesús en casi todas las confesiones cristianas, la no divinidad y su sola condición de profeta en el Islam, su no divinidad ni condición de profeta en el judaísmo) todas no pueden ser ciertas (en el ejemplo dado, por lo menos dos deben ser falsas), pero el laicismo no se inmiscuye en dirimirlo, sino que propugna que cada creencia sea, no admitida, obviamente, pero sí respetada por las demás. Eso, a las claras, no es indeferentismo.

Finalmente, según el laicismo, la búsqueda de la religión verdadera (entre la que por cierto bien podría contarse el ateísmo, ya que el autor tiene tanto interés en plantearlo como fe o religión) no es tarea del Estado, sino una búsqueda íntima y personal en la que el Estado no debe interferir.

El laicismo suprimirá las clases de religión, las fiestas e imágenes religiosas, asentando su ateísmo con excusa de respeto a otras religiones.

Y también con la “excusa” del respeto a la decisión de quienes eligen no profesar religión alguna.

En realidad el laicismo no asentará el ateísmo, ya que no es ateo, sino neutral en materia religiosa. El laicismo no suprime absolutamente nada de lo que el autor menciona, sino que lo saca del ámbito común destinado a la convivencia de personas confesionalmente diversas. Ejemplo: ¿por qué un ciudadano judío, uno agnóstico, uno ateo, debe encontrarse con que la escuela a la que asiste, sustentada por el Estado, está presidida por una imagen de la Virgen del Valle y bajo el patronazgo espiritual de esta advocación? ¿Por qué verse forzado a pasar por el rezo matutino, que no lo representa, antes de entrar a clases? El laicismo no suprimirá la Navidad, ni la Semana Santa, y sí permitirá que, por caso un judío, festeje el Yon Kippur, si quiere (y se tome el correspondiente feriado), o un colla fiel del animismo andino, el día de la Pacha Mama. Y eso no es indeferentismo, sino simple y elemental respeto.

Respetarlas sería añadir imágenes y clases de las religiones que lo soliciten razonablemente. Quitar todas es imponer la religión atea.

Volvamos al ejemplo de una escuela. ¿Se imaginan una escuela convertida en una suerte de museo de íconos de cuanta religión profesen sus alumnos, docentes, etc., o de cuanta creencia despierte la simpatía, de todos o cualquiera de los que comparten ese espacio? ¿Y qué pasa con los agnósticos y ateos?, ¿por qué no podrían colocar iconografía que los represente, por ejemplo al lado de un Cristo crucificado? Nada más respetuoso de la enorme posibilidad de diversidad en materia de fe, que el hecho de que la pared de una escuela (o de un juzgado, o de cualquier edificio público) siga siendo una pared, y no un altar. Los altares son dignos de respeto, pero tienen su lugar en los ámbitos propios de quienes se reúnen con devoción en torno a ellos. Quitar los elementos religiosos de los espacios públicos no es imponer la religión atea, es no imponer ninguna religión. Por lo demás nadie pretende sacar las cruces de los campanarios, ni los crucifijos del cuello de los transeúntes. Cualquier edificio confesional y cualquier creyente podrán ostentar públicamente cualquier signo religioso, pero no los edificios públicos patrimonio de los ciudadanos en general, incluyendo a los ciudadanos no religiosos. Que en la pared de una escuela haya láminas educativas o avisos sobre el funcionamiento del establecimiento o sólo la pintura que se eligió para dejarla prolija, es mera sensatez, no promover el ateísmo. 

Especialmente, el laicismo rechaza cualquier idea que suene a católica.

No cualquier idea, sino sólo las irrespetuosas para con quienes no adhieren a la fe católica. En cualquier país donde el principal opositor del laicismo sea la Iglesia Católica, el laicismo tenderá por lógica a argumentar en contra de las pretensiones de privilegios propugnadas por el catolicismo. El laicismo en un país predominantemente protestante, hará lo propio con el protestantismo, si éste reclama privilegios.

Sin embargo, el que una idea sea católica no la hace falsa. Por ejemplo, la razonable idea de prohibir el robo.

Claro que una idea católica no tiene por qué ser falsa. Pero recíprocamente, desde el punto de vista de un no católico, una idea no tiene por qué ser verdadera por el solo hecho de ser católica. Alguna vez el catolicismo consideró una herejía creer en la traslación circunsolar de la tierra, y hoy sabemos de qué lado estaba el error, ¿por qué no podría volver a ser errada otra idea católica?

Por otra parte muchas ideas “católicas” en materia de moral, son compartidas por los no católicos, incluso por ateos (por ejemplo que no hay que robar), precisamente porque son ideas tan razonables que no son exclusivamente católicas, son también ateas cuando las concibe un ateo, agnósticas cuando las concibe un agnóstico, musulmanas cuando las concibe un musulmán, y propias del movimiento Hare Krishna cuando las concibe un miembro del Hare Krishna.

El laicismo intenta que la base ética del Estado sea el ateísmo, pero esto es una postura que tampoco debe ser obligatoria.

El laicismo no intenta que la base ética del Estado sea el ateísmo, sino la NEUTRALIDAD en materia religiosa. No es obligatorio ser ni ateo ni religioso. Lo único obligatorio es no violentar ni la religiosidad del creyente ni la incredulidad del ateo (ni siquiera la incertidumbre del agnóstico).

Entonces, ¿qué es lo común a todos los hombres? Precisamente el hecho de ser hombres. Por esto, las reglas éticas del Estado deberán basarse en lo propio de la naturaleza humana, en la llamada ley natural. (El ateísmo es la menos natural de las posturas religiosas). Con otras palabras: la base está en la dignidad de la persona humana.

El concepto de ley natural a menudo ha sido un “comodín” para sostener ideas y leyes en realidad concebidas a nivel personal o por instituciones. Por ejemplo: según la ley natural concebida por el judeo-cristianismo, la homosexualidad es antinatural, pero según la evidencia científica, biológica, antropológica, zoológica, es algo natural, aunque a un número importante de personas (incluso agnósticas o ateas) ello resulte antipático.

Probablemente desde que el hombre es hombre haya sentido el impulso de la fe, pero también es probable que desde ese mismo momento haya sentido el impulso de la duda, que en ocasiones se resuelve en no creer en la existencia de un dios. Tachar de antinatural el ateísmo es una falacia, el ateísmo es tan humano como la fe en Dios y sus consecuencias para la sociedad no son necesariamente peores que las que se desprenden de la fe. El ateísmo merece, por parte del Estado, un trato igualitario al que reciben las religiones. Lo mismo cabe decir del agnosticismo.

¿Se conocen las normas de la ley natural? El documento más conocido que contiene un resumen de la ley natural son los diez mandamientos. En su origen son formulaciones judeo-cristianas, pero ya se han convertido en patrimonio de la humanidad.

Los diez mandamientos son concepciones morales presentadas con un sustento religioso, no un resumen de la ley natural (¿acaso es una ley natural “santificar las fiestas”, o sólo un mandato religioso?). Pero en efecto son formulaciones sumamente respetables y son patrimonio de toda la humanidad. El Corán también lo es, y las normas éticas que propone el Bagavad Gitta hindú, también. Sostener eso no es indiferencia, sino respeto, y apreciar el esfuerzo histórico del hombre por trazarle un camino justo y fructífero (no infalible ni unánime) a la magna aventura que implica el existir en el mundo.

El laicismo no tiene reglas morales ni mandamientos, salvo apartar a Dios sobre todas las cosas.

¡Qué torpe manera de parafrasear el primer mandamiento hebreo! La torpeza reside en que atribuir esa paráfrasis al laicismo es una difamación basada en el error, si no en la mala intención. El laicismo tiene una regla moral básica: el irrenunciable respeto por la libertad de conciencia de todas las personas (creyentes y no creyentes). No tiene mandamientos, si por mandamiento se entiende una norma ética de base religiosa, pues no se basa en la religión. Es falso decir que quiere apartar a Dios sobre todas las cosas, ya que defiende que quienes crean en Dios puedan vivir de acuerdo a su fe, y que quienes no crean puedan vivir de acuerdo a su no-fe en la existencia de Dios.

Al quitar a Dios es difícil mantener unas reglas de conducta. Puedes matar y robar mientras no te pillen. Usa del sexo como te dé la gana. Miente lo que te convenga. Por esto, en las sociedades donde el laicismo se extiende, aumentan la delincuencia y la corrupción.

Los creyentes no parecen tener mucho más fácil lo de mantener reglas de conducta que los no creyentes. Creyentes han podido matar y robar especulando con no ser pillados. Creyentes han usado el sexo como les ha dado la gana y mentido por conveniencia. Los estados europeos de la Edad Media –la Edad de la Fe, en que los estados eran forzosamente confesionales- fueron tanto o más corruptos que cualquier estado moderno. Decir sin fundamento en los hechos (sin un estudio estadístico serio, sin una evaluación científica y rigurosa de los datos) que en las sociedades donde el laicismo se extiende, aumentan la delincuencia y la corrupción, es o un error de método o una mentira por conveniencia.

¿No hay ateos buenos? Hablamos del laicismo en general. En cambio, hay casos particulares de personas ateas que se comportan bastante bien -excepto con Dios, lógicamente-.

Dirimir qué es “comportarse bien” y “comportarse mal” es más complejo de lo que parece sugerir la declaración anterior. Sin embargo hay suficientes puntos éticos en común entre la gran mayoría de las personas para afirmar de acuerdo con ellos que hay ateos “que se comportan bien” y ateos “que se comportan mal”, agnósticos “que se comportan bien” y agnósticos “que se comportan mal”, creyentes “que se comportan bien” y creyentes “que se comportan mal”. Las concepciones o la adhesión de una persona en materia religiosa no son garantía ni de “bondad” ni de “maldad”. Los humanos, que somos seres sociales, tenemos la necesidad, y por ende el derecho, de regular y juzgar cómo se comporta un hombre con sus semejantes (eso hace precisamente la ley). Cómo se comporta un hombre con Dios, será juzgado por Dios (o no lo será).

LAS CINCO TESIS SOBRE EL LAICISMO DE FERNANDO SAVATER

Laicismo: cinco tesis

Por Fernando Savater (Publicado originalmente en el diario El País, 3-04-2004. Reproducido en la Biblioweb de sinDominio http://sindominio.net/biblioweb con permiso del autor)

El debate sobre la relación entre el laicismo y la sociedad democrática actual (en España y en Europa) viene ya siendo vivo en los últimos tiempos y probablemente cobrará nuevo vigor en los que se avecinan: dentro de nuestro país, por las decisiones políticas en varios campos de litigio que previsiblemente adoptará el próximo Gobierno; y en toda Europa, a causa de los acuerdos que exige la futura Constitución europea y por la amenaza de un terrorismo vinculado ideológicamente a determinada confesión religiosa. En cuestiones como ésta, en que la ceguera pasional lleva a muchos a tomar por enemistad diabólica con Dios el veto a ciertos sacristanes y demasiados inquisidores, conviene intentar clarificar los argumentos para dar precisión a lo que se plantea. A ello y nada más quisieran contribuir las cinco tesis siguientes, que no pretenden inaugurar mediterráneos, sino sólo ayudar a no meternos en los peores charcos.

 1. Durante siglos, ha sido la tradición religiosa –institucionalizada en la iglesia oficial- la encargada de vertebrar moralmente las sociedades. Pero las democracias modernas basan sus acuerdos axiológicos en leyes y discursos legitimadores no directamente confesionales, es decir, discutibles y revocables, de aceptación en último caso voluntaria y humanamente acordada. Este marco institucional secular no excluye ni mucho menos persigue las creencias religiosas: al contrario, las protege a las unas frente a las otras. Porque la mayoría de las  persecuciones religiosas han sucedido históricamente a causa de la enemistad intolerante de unas religiones contra las demás o contra los herejes. En la sociedad laica, cada iglesia debe tratar a las demás como ella misma quiere ser tratada… y no como piensa que las otras se merecen.

Convertidos los dogmas en creencias particulares de los ciudadanos, pierden su obligatoriedad general pero ganan en cambio las garantías protectoras que brinda la Constitución democrática, igual para todos.

 2. En la sociedad laica tienen acogida las creencias religiosas en cuanto derecho de quienes las asumen, pero no como deber que pueda imponerse a nadie. De modo que es necesaria una disposición secularizada y tolerante de la religión, incompatible con la visión integrista que tiende a convertir los dogmas propios en obligaciones sociales para otros o para todos. Lo mismo resulta válido para las demás formas de cultura comunitaria, aunque no sean estrictamente religiosas, tal como dice Tzvetan Todorov: ((Pertenecer a una comunidad es, ciertamente, un derecho del individuo pero en modo alguno un deber; las comunidades son bienvenidas en el seno de la democracia, pero sólo a condición de que no engendren desigualdades e intolerancia)) (Memoria del mal).

 3. Las religiones pueden decretar para orientar a sus creyentes qué conductas son pecado, pero no están facultadas para establecer qué debe o no ser considerado legalmente delito. Y a la inversa: una conducta tipificada como delito por las leyes vigentes en la sociedad laica no puede ser justificada, ensalzada o promovida por argumentos religiosos de ningún tipo ni es atenuante para el delincuente la fe (buena o mala) que declara. De modo que si alguien apalea a su mujer para que le obedezca o apedrea al sodomita (lo mismo que si recomienda públicamente hacer tales cosas), da igual que los textos sagrados que invoca a fin de legitimar su conducta sean auténticos o apócrifos, estén bien o mal interpretados, etcétera…: en cualquier caso debe ser penalmente castigado. La legalidad establecida en la sociedad laica marca los límites socialmente aceptables dentro de los que debemos movernos todos los ciudadanos, sean cuales fueren nuestras creencias o nuestras incredulidades. Son las religiones quienes tienen que acomodarse a las leyes, nunca al revés.

 4. En la escuela pública sólo puede resultar aceptable como enseñanza lo verificable (es decir, aquello que recibe el apoyo de la realidad científicamente contrastada en el momento actual) y lo civilmente establecido como válido para todos (los derechos fundamentales de la persona constitucionalmente protegidos), no lo inverificable que aceptan como auténtico ciertas almas piadosas o las obligaciones morales fundadas en algún credo particular. La formación catequística de los ciudadanos no tiene por qué ser obligación de ningún Estado laico, aunque naturalmente debe respetarse el derecho de cada confesión a predicar y enseñar su doctrina a quienes lo deseen. Eso sí, fuera del horario escolar. De lo contrario, debería atenderse también la petición que hace unos meses formularon medio en broma medio en serio un grupo de agnósticos: a saber, que en cada misa dominical se reservasen diez minutos para que un científico explicara a los fieles la teoría de la evolución, el Big Bang o la historia de la Inquisición, por poner algunos ejemplos.

 5. Se ha discutido mucho la oportunidad de incluir alguna mención en el preámbulo de la venidera Constitución de Europa a las raíces cristianas de nuestra cultura. Dejando de lado la evidente cuestión de que ello podría entonces implicar la inclusión explícita de otras muchas raíces e influencias más o menos determinantes, dicha referencia plantearía interesantes paradojas. Porque la originalidad del cristianismo ha sido precisamente dar paso al vaciamiento secular de lo sagrado (el cristianismo como la religión para salir de las religiones, según ha explicado Marcel Gauchet), separando a Dios del César y a la fe de la legitimación estatal, es decir, ofreciendo cauce precisamente a la sociedad laica en la que hoy podemos ya vivir. De modo que si han de celebrarse las raíces cristianas de la Europa actual, deberíamos rendir homenaje a los antiguos cristianos que repudiaron los ídolos del Imperio y también a los agnósticos e incrédulos posteriores que combatieron al cristianismo convertido en nueva idolatría estatal. Quizá el asunto sea demasiado complicado para un simple preámbulo constitucional…

 Coda y final: el combate por la sociedad laica no pretende sólo erradicar los pujos teocráticos de algunas confesiones religiosas, sino también los sectarismos identitarios de etnicismos, nacionalismos y cualquier otro que pretenda someter los derechos de la ciudadanía abstracta e igualitaria a un determinismo segregacionista. No es casualidad que en nuestras sociedades europeas deficientemente laicas (donde hay países que exigen determinada fe religiosa a sus reyes o privilegian los derechos de una iglesia frente a las demás) tenga Francia el Estado más consecuentemente laico y también el más unitario, tanto en su concepción de los servicios públicos como en la administración territorial. Por lo demás, la mejor conclusión teológica o  ateológica que puede orientarnos sobre estos temas se la debo a Gonzalo Suárez: ”Dios no existe, pero nos sueña. El Diablo tampoco existe, pero lo soñamos nosotros” (Acción-Ficción).

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