LA MUJER Y EL ISLAM (situación social de la mujer en un Estado islámico)

La sharía (en castellano también es posible llamarla charía o saría, del árabe, شَرِيعَة), también conocida como ley musulmana o islámica, es un detallado código de conducta sumamente general. No es irrefutable, como sí lo es el Corán, pero el fundamentalismo islámico pretende imponerla y condena a sus críticos.

En mayor o menor grado es aceptada por la mayoría de los musulmanes como una cuestión de conciencia personal, pero suele ser, en todo o en parte, formalmente instituida como ley por los Estados islámicos y los tribunales “civiles” pueden velar por su cumplimiento. La sharía, cuando es impuesta mediante la ley estatal, resulta particularmente pesada para las mujeres. Enumeramos aquí algunas imposiciones injustas y/o extremas que padecen millones de mujeres en el mundo islámico (aclaramos que no todos los países islámicos imponen todo este “peso” sobre la mujer, pero no hay país musulmán en la que la sharía no tenga su peso, ni tampoco lo hay en donde no haya importantes movimientos religiosos que propugnen que la “ley islámica” se imponga, de ser necesario por la fuerza).

TRATO DESIGUAL MUJER-VARÓN

– Las hijas reciben una parte de la herencia, aunque sólo la mitad de lo asignado a los hijos.

– Las mujeres deben de ocultarse bajo el burka.

– A las mujeres les está prohibido ir en coche o pasearse a pie por los barrios, así como entrar al gran bazar y sentarse en las tiendas.

– Se les prohíbe también reunirse en grupos públicamente.

– No pueden separarse libremente del marido, para obtener la disolución del vínculo matrimonial es preciso que demuestren motivos muy específicos e irrefutables, en cambio los hombres pueden repudiar a su mujer sin que ello resulte deshonroso a su familia.

– Las mujeres con menstruación son consideradas “impuras”, no pueden entrar en las mezquitas, orar ni mantener relaciones sexuales. Tampoco pueden leer el Corán ni tocarlo. Incluso la ropa manchada con menstruación es considerada, no meramente sucia, sino “impura”.

– Tras la primera menstruación las niñas son consideradas adultas, por lo que se les puede buscar marido. La mujer deberá acatar la decisión y aceptar al marido lo desee o no.

– Las esposas deben aceptar a las otras mujeres de su marido en casa, ya que en el Islam está aceptada la poligamia (lo inverso no es aceptado, la mujer pertenece a un solo hombre).

– Las mujeres son fuertemente castigadas, incluso con tortura y muerte, por adulterio o cualquier tipo de relación extramatrimonial, incluso estando divorciadas.

– El domicilio conyugal suele convertirse en la práctica en lugar de reclusión y sumisión al marido.

– La musulmana debe casarse con un musulmán. No le están permitidas las relaciones matrimoniales con miembros de otra religión.

CASTIGOS ESTABLECIDOS POR LA LEY ISLÁMICA

– ADULTERIO: Lapidación

– PROSTITUCIÓN: Lapidación

– ASESINATO: Lapidación

– ROBO: Amputación

– BEBER ALCOHOL: Azotes y palizas

– FALTA DE RESPETO AL RAMADÁN: Flagelación (latigazos)

PAÍSES CON CASTIGOS CORPORALES: Algunos de los países donde se aplican los castigos corporales a mujeres (lapidación, flagelación, etc..) son Arabia Saudita, Brunéi, Emiratos Árabes Unidos, Irak, Irán, Malasia, Nigeria, Pakistán, Singapur, Somalia, Sudán, Yemen.

BURKA, HIJAB O VELO: El burka o hijab es un velo que cubre cabello, rostro, cuello y en ocasiones también las manos . Con él se pretende ocultar la belleza femenina para evitar excitar a los hombres y que éstos las agredan. Si una mujer es agredida sexualmente mientras no lleva el burka puede ser considerada culpable de provocar a los hombres.

LAPIDACIÓN: La lapidación en el Islam consiste en enterrar al condenado (generalmente mujeres) en un pozo dejando la cabeza descubierta, luego se le arrojan pedradas hasta que las contuciones y el desangramiento ocasionan la muerte. Las mujeres condenadas a lapidación son las acusadas de adulterio u homicidio. Las divorciadas sólo pueden tener relaciones sexuales tras casarse con aquel con quien las quieran tener.

En caso de violación, la mujer violada necesita al menos 4 testigos presenciales del acto y no pueden ser familiares ni amigos. Si no se demuestra que se trató de una violación la mujer puede ser condenada a muerte por adulterio. Si una mujer sin marido queda embarazada por violación y no puede probarla, el hijo es prueba material del delito de adulterio y la mujer puede ser lapidada en cuanto el niño supere el período de lactancia.

ABLACIÓN GENITAL FEMENINA: La mayoría de los musulmanes se opone a ella, pero se sigue efectuando en tribus de países musulmanes (Sudán, Egipto, etc.). Es una forma de mutilación de los órganos genitales femeninos, también conocida como clitoridectomía, que implica extirpar partes del clítoris y de los labios mayores y menores. En ocasiones también se practica la infibulación, que consiste en coser los labios mayores dejando sólo una pequeña abertura por la que pueda fluir la orina y el líquido menstrual. El clítoris es fundamental en la estimulación sexual femenina; mutilarlo contribuiría a eliminar el deseo sexual femenino y por ende a controlar las relaciones sexuales extramatrimoniales. Las mujeres cuyos genitales han sido intervenidos de este modo sufren grandes dolores al mantener relaciones sexuales y tienen obvios problemas a la hora de parir. Este tipo de operación normalmente es realizada por simples comadronas y en condiciones poco higiénicas, con el consiguiente riesgo de que la paciente contraiga infecciones como el tétanos. Además, la infibulación puede producir una retención del líquido menstrual y provocar la muerte.

EL PAPA RATZINGER, LA RAZÓN, LA CULTURA Y LA VERDAD

El siguiente es un extracto de un artículo publicado por Fortunato Mallimaci en Le monde diplomatique. Edición Cono Sur.

“La razón y la fe

El actual papado continúa rechazando la idea de que la Iglesia y lo religioso ocupen en la sociedad sólo el espacio privado. Insiste en “defender sus derechos institucionales” y los derechos personales, asimilando por ejemplo el derecho a la libertad y educación religiosa. La defensa de “la verdad” lo lleva a una lucha encarnizada contra lo que llama “dictadura del relativismo y del hedonismo”. Frente a aquellos que buscan entrelazar la modernidad y el cristianismo, que proclaman “una Iglesia que escuche antes de hablar”, que cambie normas y formas, Benedicto XVI asume una integralidad que proclama “restituir la ciudadanía plena a la fe cristiana”.

En Ratisbona explicitó su idea de forjar una modernidad católica desde Europa. Frente a aquellos que buscan rehacer la historia europea reconociendo su pasado religioso judío, cristiano e islámico, Benedicto XVI sólo lo hace desde la racionalidad católica. El cristianismo surge -según su mirada- de la convergencia entre la fe bíblica y la filosofía griega. Es allí, en el encuentro entre Roma y Atenas, donde se produce el proceso emancipatorio de la razón que dará por resultado el cristianismo, consustancial al surgimiento y fortalecimiento de Europa. “Este acercamiento interior recíproco, que se ha dado entre la fe bíblica y el planteamiento filosófico del pensamiento griego, es un dato de importancia decisiva no sólo desde el punto de vista de la historia de las religiones, sino también desde el de la historia universal (…) Este encuentro (…) creó a Europa (…)”.

Habría otra modernidad “cientificista y agnóstica producida en la Ilustración, con resabios de la Reforma Protestante”, según esta lectura, que desemboca en el nihilismo de la posmodernidad y en su secularismo. Dado que el judaísmo es casi ignorado en esta lectura, es dable suponer que el Papa lo asimile -como otros teólogos católicos- a esa modernidad positivista y secularizante.

El Papa afirmó en Ratisbona: “Nuestra intención no es retirarnos o hacer una crítica negativa, sino ampliar nuestro concepto de razón y de su uso. Porque, mientras nos alegramos por las nuevas posibilidades abiertas a la humanidad, también vemos los peligros que emergen de estas posibilidades y debemos preguntarnos cómo podemos evitarlos. Sólo lo lograremos si la razón y la fe se vuelven a encontrar unidas de un modo nuevo.”

Benedicto XVI afirma asimismo que la variante premoderna de una sociedad sin razón o contraria a ella, donde prima el “fanatismo”, es la que caracteriza a las sociedades donde rige el Islam: “(…) para la doctrina musulmana, Dios es absolutamente trascendente. Su voluntad no está vinculada a ninguna de nuestras categorías, ni siquiera a la de la racionalidad”. Las “sectas” (término peyorativo para referirse a otras experiencias cristianas, especialmente en América Latina) también formarían parte de grupos “fanáticos” premodernos.

Benedicto XVI trata así de mostrar en Europa una Iglesia de la razón, una “auténtica” modernidad de origen cristiano católico que se opone a otras racionalidades posmodernas y “relativistas” y “premodernas” y fanáticas; a todo tipo de fanatismo, religioso o laico, occidental u oriental.

Meses más tarde volverá con este planteo ante 171 embajadores del cuerpo diplomático ante el Vaticano. Es necesario “un auténtico humanismo integral” que evite -repitiendo la misma frase que en Ratisbona- la actual “autolimitación moderna de la razón”. La condena del fanatismo del Islam se acompaña de la condena a la guerra que lleva adelante la actual administración de Estados Unidos. Poco le importa a este Papa si esto supone “borrar” siglos de historia cristiana de condena a aquellos que invocaron la razón o la ciencia (Galileo, Marx, Sartre); pasar por alto los horrores de la Inquisición, las “guerras justas” o “guerras santas” en nombre del catolicismo contra “herejes”, “liberales”, “judíos”, “comunistas” o “subversivos”…

Crítica a la cultura

La última exhortación de Benedicto XVI, en febrero de 2007, es un retrato de cómo se concibe a sí misma la institución católica en el siglo XXI. Se trata de la síntesis de un encuentro de obispos del mundo entero sobre la Eucaristía, al cual el actual Papa le dio la redacción final. No hay pues ningún “desliz” o “exabrupto”: son propuestas meditadas y elaboradas por el conjunto de la institución.

El objetivo es afirmar una identidad que renueve elementos considerados como esenciales de un sagrado propio -el latín, el gregoriano, el celibato- y mostrarlos hoy como verdades inamovibles, como un “cemento católico” tradicional y al mismo tiempo cautivante e innovador que tranquiliza en la sociedad de riesgo a los decisores y militantes en busca de certezas totales e integrales. La mayor parte de los que perseveran hoy en los seminarios de Europa, Estados Unidos, América Latina, Asia y África provienen de esa matriz de reafirmación identitaria y encuentran fuerte apoyo en el actual papado. Pero no se trata de una “restauración”, de una fuga hacia un momento glorioso del pasado, sino de rehacer nuevos lazos con el Estado y la sociedad civil en el largo plazo.

El documento citado sobre la Eucaristía es toda una propuesta de valorización sacra y social de la “única verdad”. Se trata de crear una mística que entusiasme a aquellos que deben perdurar y luchar en y desde el convento. Es una extensa exhortación, donde el teólogo devenido Papa abunda en citas bíblicas y de San Agustín, su santo predilecto. Hay que reafirmar la importancia de la formación y regulación sacerdotal.

Entre sus principales preocupaciones están, por un lado, la valorización de la familia desde una concepción androcéntrica, donde la mujer sólo es concebida como esposa y madre: “Efectivamente, como se constata en la actualidad, los fieles se encuentran inmersos en una cultura que tiende a borrar el sentido del pecado” (…)  “el Sínodo ha recomendado también destacar la misión singular de la mujer en la familia y en la sociedad, una misión que debe ser defendida, salvaguardada y promovida. Ser esposa y madre es una realidad imprescindible que nunca debe ser menospreciada”.

El espacio de celebración de lo sagrado debe reservarse sólo para aquellos que cumplan con el disciplinamiento interno. Se busca una Iglesia para pocos, para virtuosos no contaminados; por eso se denuncia a los divorciados, “una verdadera plaga en el contexto social actual, que afecta de manera creciente incluso a los ambientes católicos”

Años de ecumenismo son ahora dejados de lado: “Sostenemos que la Comunión Eucarística y la Comunión Eclesial están tan íntimamente unidas que por lo general resulta imposible que los cristianos no católicos participen en una sin tener la otra”. De allí la importancia de valorizar la ceremonia religiosa como algo que reúna pasado, presente y futuro, como en el convento: “Pido que los futuros sacerdotes, desde el tiempo del seminario, se preparen para comprender y celebrar la santa misa en latín, además de utilizar textos latinos y cantar en gregoriano; y se ha de procurar que los mismos fieles conozcan las oraciones más comunes en latín y que canten en gregoriano algunas partes de la liturgia”.

Como en toda propuesta católica integralista, no puede faltar la mención de la justicia, del hambre en el mundo o de la explotación de los países más pobres. El Papa recordaba a los embajadores ante el Vaticano: “El escándalo del hambre, que tiende a agravarse, es inaceptable en un mundo que dispone de bienes, de conocimientos y de medios para subsanarlo. Esto nos impulsa a cambiar nuestros modos de vida y nos recuerda la urgencia de eliminar las causas estructurales de las disfunciones de la economía mundial, y corregir los modelos de crecimiento que parecen incapaces de garantizar el respeto del medio ambiente y un desarrollo humano integral para hoy y sobre todo para el futuro”.

En la exhortación postsinodal, luego de recordar que hay que “transformar las estructuras injustas” dice: “La Iglesia no tiene como tarea propia emprender una batalla política para realizar la sociedad más justa posible; sin embargo, tampoco puede ni debe quedarse al margen” (…) “debe insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre exige también renuncias, no puede afirmarse ni prosperar”.

Dueños de la única verdad

En suma, el “fortalecimiento identitario” de Benedicto XVI busca “encantar” a un grupo de virtuosos con un “sagrado eterno”, desde una propuesta de una “verdadera modernidad católica” que denuncia al “actual relativismo” producido “por visiones fundamentalistas y secularizantes”.

Por supuesto, esta visión se contrapone con la de los ciudadanos que buscan ampliar sus derechos sociales; que reivindican tomar decisiones sobre sus cuerpos, parejas, cantidad de hijos y libertades individuales. También es resistida por aquellos que desean vivir en sociedades donde se respete lo religioso pero haya una separación y autonomía entre el poder eclesial y el poder político y el Estado.

Pero para este Papa parece más importante ganar poder institucional que la pérdida o disolución de sus fieles. Un momento de crisis de representación partidaria como el actual se presta para el juego de utilización religiosa de lo partidario y partidaria de lo religioso. El discurso sobre los pobres y la injusticia mundial no se abandona, pero se subordina a la hegemonía moral y a la lucha contra el aborto y la pluralidad religiosa. Se trata de una apuesta de modernidad católica que necesita deslegitimar o subordinar a los otros grupos religiosos, presentándose como la sola verdad capaz de dialogar con Dios y la Razón y por lo tanto de tener una potente voz pública junto a partidos y Estados que, en épocas de desencanto, hagan suyas las propuestas en defensa de la familia, del mérito, del orden y, por supuesto, de la propia institución.

Para llevar adelante ese proyecto hacen falta el silencio, la censura, el descrédito y el alejamiento de quienes disienten de las “verdades” reveladas desde lo institucional. La reciente sanción aplicada al sacerdote jesuita Jon Sobrino de El Salvador (el único sobreviviente de la matanza de sacerdotes comprometidos con su pueblo años atrás) es un ejemplo de que los conflictos internos se resuelven con imposición autoritaria y sin posibilidad de defensa.

En suma, Benedicto XVI pretende que una pretendida Europa cristiana sea el modelo único para la humanidad. Este propósito demuestra su lejanía cultural, social y simbólica con otras expresiones católicas, especialmente de Asia, Africa y América Latina. Este último caso es particularmente chocante, ya que las mayorías se identifican como cristianas pero al mismo tiempo rescatan sus diversas culturas indias, afros y mestizas -además de orientales- mientras viven situaciones de miseria y explotación “que claman al Cielo”.

Lo que genera desconcierto y rechazo, tanto dentro como fuera del catolicismo (algo evidente durante la visita del Papa a Brasil), es que se pretenda llevar esa lógica de certezas y “verdades inmutables” al conjunto del complejo, globalizado y heterogéneo mundo católico, donde muchas de las normas doctrinales son ignoradas tanto por los especialistas en lo religioso como por los creyentes. Los pobres aparecen más como objeto que como sujetos de la Iglesia.

Esta propuesta de modernidad católica conservadora para recrear el convento (en San Pablo Benedicto XVI se alojó y habló desde el convento de los benedictinos), va camino de convertirse también en invitación al gueto católico y en desprecio a la democracia. En las sociedades pluralistas modernas, al contrario de lo que pregona este Papa, los individuos tienden cada vez más a querer comprender por sí mismos y no por imposición de la autoridad; las instituciones expresan a un conjunto de intereses y creencias y la conciencia individual así forjada pretende tomar decisiones sobre el cuerpo y el espíritu.”

Vea el artículo completo en haciendo clic AQUÍ.

“¿EN QUÉ CREEN LOS QUE NO CREEN?”

“¿En qué creen los que no creen?” es un libro que consta de dos partes, en la primera y más extensa e importante, el lector asiste al diálogo epistolar entre un agnóstico famoso, Umberto Eco, y un importante religioso italiano, Carlo Maria Martini, arzobispo de Milán desde 1979. La premisa de ese intercambio, publicado por la revista Liberal a partir de marzo de 1995, es la reflexión acerca de importantes temas como cuándo comienza la vida humana, la discriminación de la mujer en la Iglesia o dónde encuentra la base de su ética un laico.

 La segunda parte del libro contiene las voces diversas de representantes de distintos sectores sociales: Severino y Sgalambro (filósofos), Scalfari y Montanelli (periodistas) y Foa y Martelli (políticos). Éstos reaccionan a las conclusiones de Eco y Martini ampliándolas desde su respectiva área profesional e intelectual.

Ahora bien, el nuestro no es específicamente un blog de no creyentes, sino básicamente de partidarios del laicismo, es decir de una actitud neutral por parte del Estado en materia religiosa, justa tanto para quienes son creyentes, como para quienes son no creyentes o quienes son agnósticos. Lo que hemos encontrado en este libro es precismente una serie de reflexiones expresadas de manera respetuosa (aunque sin mayores concesiones recíprocas), fundadas en un entramado predominantemente intelectual y por ende racional, un diálogo que no cae en fundamentalismos socialmente nocivos y que incentiva la reflexión del lector. Por todo lo dicho nos parece que este libro es una obra plural altamente recomendable.