FIN DEL MUNDO, TEMOR Y ESPERANZA

(Por Cipriano Sántide Thunjiga)

Consabido es que muchas corrientes cristianas, principalmente protestantes, predican la inminencia del fin del mundo, y que bajo esta amenaza llaman a la humanidad a una adhesión inmediata a la fe y la moral cristianas, para que el catastrófico desenlace de la historia encuentre a cada uno “en regla” con Dios, condición indispensable para resultar salvado, ya que quienes no adhieran a Cristo sólo pueden esperar destrucción y muerte.

Dado que el “Fin del Mundo” es un concepto ya tan instalado en la cultura global, incluso en la cultura laica, es oportuno preguntarse de dónde proviene esta fe en la proximidad de un final rotundo y universal. Nosotros, laicistas, no creemos en absoluto que sea faltar a nuestros principios reconocer que el cristianismo ha contribuido enormemente a modelar la cultura occidental (el reconocimiento objetivo de realidades comprobables es precisamente un principio que el laicismo debe promover incansablemente). Las creencias con frecuencia incentivan acciones, y en occidente, las que se tienen sobre el fin del mundo tienen un sello claramente judeocristiano. Remontémonos entonces a su origen:

El ambiente judío en que nació el cristianismo era una peculiar mezcla de pesimismo y esperanza. Pesimismo porque los judíos creían que el mundo estaba corrompido y que ellos mismos habían sido infieles a su dios nacional. Pesimismo también porque los territorios que consideraban que Dios les había otorgado (la “Tierra Prometida”), estaban bajo poder romano, y el pueblo, por ende, sometido a este imperio foráneo y sacrílego. Esperanza porque el judaísmo había desarrollado la creencia de que Dios irrumpiría en esa situación y con su incontrastable poder solucionaría la opresión del pueblo elegido, imponiendo la santidad y rectificando así la historia mundial. Esta creencia en el fin del orden mundial establecido por hombres impíos y el comienzo de una definitiva era regida por Dios, es la escatología judía, conocida también como “apocalipticismo”(1).

Una de las principales creencias de muchos judíos de la época era que un hombre enviado por Dios, el Mesías, lideraría la restitución de los privilegios del pueblo judío y de la santidad en el mundo. Jesús de Nazaret, o bien sus seguidores, proclamaron que él era ese Mesías e inauguraron así el cristianismo (cristo es la palabra griega para el término judío “mesías”). Ahora bien, la muerte de Jesucristo evidenció que éste no había traído ninguna rotunda y definitiva entronización universal del Dios judío, ni ninguna ventaja tangible para Su pueblo. Pero los cristianos sostuvieron que Jesús había resucitado, subido al cielo y que muy pronto vendría por segunda vez, ahora sí, a destruir el imperante orden maligno e imponer el orden divino, no tanto para beneficio primordial de los judíos, sino para socorro de todos los que tuvieran fe en Jesús (2). Esta segunda y definitiva venida suya era la “parusía” (3).

El cristianismo heredó desde un principio, pues, las expectativas escatológicas judías. El fin del mundo estaba cerca, dentro de poco Dios lo destruiría e impondría su propio reino. El concepto de “parusía”, de hecho, era uno de los principales alicientes para convertirse a la nueva fe. Personas de cualquier origen patrio o social, sobre todo las más sufrientes, se aferraban a la esperanza de esa segunda venida de Jesús que instauraría para siempre un reinado de paz y justicia para todo cristiano sincero. Los primeros predicadores del cristianismo acicateaban sobre todo a los paganos –ya que los judíos tendieron a ser reacios a unirse a una fe que restaba algo de importancia a su condición, precisamente, de judíos- a “creer en Cristo”, es decir a convertirse para estar “en regla” con Dios cuando Jesús volviera.

Las expectativas escatológicas cristianas forzosamente evolucionaron con el tiempo. Los primeros conversos al cristianismo envejecieron y empezaron a morir sin ver el regreso de Jesús, y el apóstol Pablo tuvo que argumentar que la “parusía”, sí bien era indudable, no sería en realidad tan inminente. Y la espera se dilató: durante siglos los cristianos vivieron en una suerte de suspenso que oscilaba entre la sensación de inminencia y la espera indefinida. En el año 1.000, el péndulo osciló hacia la inquietud. Los cristianos ahora eran millones y obviamente no todos conciliaban su fe con sus acciones. Esa culpa, sumada a que se consideró sagrado un libro, el Apocalipsis de Juan, al que se atribuyó catastróficas profecías sobre el fin del mundo, hizo que cierta histeria colectiva agitara la cristiandad: el fin del mundo, más que esperado, fue temido. Pero, una vez más, la realidad –como siempre dura, sí, pero sin cataclismos universales, desgarros celestiales ni dramáticos descensos divinos- rebajó el nivel de ansiedad a niveles más razonables y la espera perdió sus visos de angustia y ansiedad.

Sin embargo, dos milenios después de su advenimiento, el cristianismo sigue siendo “apocalíptico”. El péndulo oscila de nuevo hacia las expectativas escatológicas. Aunque el catolicismo oficial –lo que hacen los católicos “rasos” suele diferir de lo que sostiene la Iglesia- ha abandonado el énfasis en la interpretación escatológica del Apocalipsis, desde el siglo XIX los movimientos cristianos irradiados desde los Estados Unidos han tomado la posta y han vuelto a agitar el temor apocalíptico y a reciclar en su prédica el argumento escatológico, captando así hombres y mujeres temerosos o desesperados.

El apocalipticismo resulta una herramienta útil a las confesiones con tendencias fundamentalistas, pues contribuye con considerable eficiencia a mantener creyentes en el redil o atraer nuevos adherentes. El temor a un catastrófico fin del mundo es una de los espantajos más blandidos para contener las tendencias al librepensamiento y por ende al laicismo. De hecho éste mismo es con frecuencia presentado como un indicio más del descarrío y la profanación extremos que precederán el Fin, y sus partidarios como servidores del mal que reinará justo antes de que la pesada mano de Dios lo aplaste para siempre.

El apocalipticismo, con su dramático despliegue de calamidades y estragos a escala planetaria, sirve como instrumento emocional efectivo que se conjuga con la sensación o la intuición, generalizada en todas las épocas, de que el mundo empeora día a día, (“todo tiempo pasado fue mejor”, reza el saber popular desde hace siglos). Bajo su sombra cada sacrilegio “moderno” (una innovación social, un invento o un descubrimiento científico-tecnológico) y aún cada acontecimiento geológico o astronómico perfectamente natural, sirven para alimentar el temor a la inminencia del fin.

La neo-escatología cristiana estadounidense ha calado hondo en la sociedad de aquel país, y por ende ha ganado un lugar en el cine y la televisión norteamericana, y a través de ellos, en el mundo, con lo cual incluso en ambientes laicos hay una suerte de pasión por las fatales caídas de asteroides, las tormentas solares devastadoras, o las aniquiladoras desviaciones del eje terrestre.

En definitiva, lo que nació como una esperanza de justicia en el reducido ambiente judío de hace 2.000 años, se ha convertido en una amenaza global de terror y aniquilación, esgrimida con mucho de cálculo y ligereza, y con poco de útil compromiso social, por cierto.

 (1) Hablar de las expectativas escatológicas judías es lo más apropiado, pero el adjetivo “apocalíptico” se ha popularizado debido a la interpretación que muchos hacen del Apocalipsis de Juan como relato que predice cuándo y cómo será el Fin del Mundo.

(2) Los cristianos, además de sostener que a su regreso Jesucristo acabaría con la corrupción mundial, también sostenían que Jesucristo ya había traído beneficios “intangibles”, o sea espirituales.

(3) “Parusía” es una palabra de origen griego que significa “presencia”, “advenimiento”, “retorno”.

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Un pensamiento en “FIN DEL MUNDO, TEMOR Y ESPERANZA

  1. Por qué hay laicos (y laicistas) “apocalípticos” sería un tema bastante interesante de tratar. ¿Será una moda? ¿una forma de entretenimiento? ¿una forma de pesimismo?

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