JUAN CALVINO: LA “TEOCRACIA” PROTESTANTE (PARTE 1)

(Por Cipriano Sántide Thunjiga)

“Teocracia” formalmente sería el “gobierno ejercido por Dios”, pero a nadie se le escapa que un estado teocrático en realidad es regido por uno o más hombres que suelen presentarse en sociedad como intermediarios de la voluntad de Dios. En realidad, hasta donde nos consta históricamente, todo estado al que calificamos de “teocrático” es más bien una “hierocracia” (1), es decir un estado gobernado por hombres que tienen una influencia religiosa sobre la comunidad y que gobiernan precisamente haciendo valer esa influencia. De todos modos el término más difundido es “teocracia”, y lo solemos identificar con los tiempos en que los faraones se consideraban dioses vivientes, o con el auge medieval del poder del papa en Europa o con los modernos estados integristas musulmanes, como Irán, donde oficialmente el poder de fondo lo ejercen los clérigos islámicos. Generalmente los estados cuya población es predominantemente protestante son identificados más bien con la democracia y el progreso en materia de libertades individuales. Sin embargo, también el protestantismo tuvo una irrefutable experiencia “teocrática” a su propio estilo: la Ginebra calvinista del siglo XVI.

A partir del siglo XV se produjo en diversos puntos de Europa un movimiento que cuestionaba las arbitrariedades y la corruptela de la Iglesia Católica. Los cuestionamientos fueron de todo tipo, incluso teológicos, y el movimiento llegó a ser conocido como la “Reforma”. Uno de los principales líderes de la Reforma –y un personaje central en la historia de Occidente- es Juan Calvino, que nació en 1509 en el seno de una familia pequeño-burguesa que lo incitó a estudiar Derecho. En 1531 Calvino adhirió públicamente a las ideas reformistas, lo que le valió ser perseguido por los poderosos franceses asociados con la Iglesia Católica, por lo que debió exiliarse de su país natal.

La doctrina más característica de Calvino era la “predestinación”, según la cual la salvación o condena eterna de cada hombre ya está predeterminada por Dios desde antes de nacer. El calvinismo incluso llegó a la curiosa conclusión de que los salvos ya contaban con el auxilio de Dios en este mundo, por lo cual la riqueza fue vista como señal de la aprobación de Dios y la pobreza como un indicio de su condena.

A la sazón, la ciudad de Ginebra, por la que pasaban importantes rutas comerciales, estaba políticamente sujeta al obispo católico y al Duque de Saboya, a quienes los grandes comerciantes de la ciudad consideraban arbitrarios, corruptos y un obstáculo para incrementar su comercio y su prosperidad económica. Para librarse de ellos pidieron ayuda a los suizos, entre quienes había prosperado la Reforma. Éstos acudieron de buen grado y vencieron al obispo y al duque. Como el clero católico, personificado en el nefasto obispo, era identificado con el enemigo, y como la doctrina de la predestinación y su asociación con el progreso económico justificaba el poderío de los comerciantes ginebrinos, la ciudad fue muy accesible a la variante calvinista de la Reforma.

Dos meses después, en 1536, Calvino llegó a Ginebra, y tras ciertas idas y vueltas que duraron algunos años, los grandes comerciantes de Ginebra acabaron remplazando la antigua conducción del obispo por el liderazgo del reformador Calvino, y éste se dio a la tarea de implantar una teocracia que pretendía emular la del antiguo Israel. El sistema que instauró Calvino rigió Ginebra entre 1541 y 1564.

Según el calvinismo la ley que debe regir la sociedad ya está contenida en la Biblia y quienes deben interpretarla son los líderes religiosos de la comunidad, los pastores y los ancianos o mayores (presbíteros).

Bajo el liderazgo de Calvino se crearon dos organismos: un Consejo de la Ciudad (formado por todos los pastores encargados de celebrar el culto y predicar) y un Consistorio (integrado por doce ancianos seglares y seis pastores).

El calvinismo ginebrino fue de una austeridad extrema: el placer se identificó rigurosamente con el vicio y cualquier diversión o esparcimiento (el teatro, bailar, las canciones profanas, jugar a los naipes, etc.) se consideró pecado y, por ende, un delito. No es de extrañar, pues, que otros “pecados” como la prostitución, el adulterio, la blasfemia y la idolatría fueran punibles directamente con la muerte. Asistir al sermón dominical y al catecismo pasó de ser una obligación moral a ser una imposición legal. El calvinismo hasta reglamentó el modo de vestirse, cortarse el cabello y comer.

Todos los ginebrinos fueron obligados a elegir entre jurar obediencia a las estrictas normas calvinistas o el destierro. No todos estuvieron de acuerdo, obviamente, y muchos tuvieron que optar por dejar la ciudad en la que habían nacido y vivido toda su vida. A cambio, Ginebra recibió a reformistas emigrados de Francia, Italia, Escocia e Inglaterra y de hecho se convirtió en una cuasi-colonia de extranjeros calvinistas.

Al Consistorio le fue concedida la autoridad de citar a todo sospechoso de “mala conducta” o de no creer en la doctrina calvinista, y también la de condenar. El Consejo ejecutaba esas condenas. Ser ateo o contradecir las ideas calvinistas podía castigarse con la ejecución. La pena de muerte se hizo un hábito: en cinco años, en Ginebra, que tenía unos 20.000 habitantes, hubo sesenta y ocho ejecuciones. De hecho los jefes de los opositores a este Estado autoritario, que intentaron resistir creando un partido, a instancias de Calvino fueron detenidos, torturados y decapitados.

El sistema calvinista se convirtió en el modelo de la mayoría de las comunidades fundamentalistas y puritanas de Holanda, Inglaterra y Estados Unidos.

(1) “Hierocracia” es el gobierno ejercido por la clase sacerdotal (del gr. “hierós”, sagrado, y “-cracia”, gobierno).

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