JUAN CALVINO: LA “TEOCRACIA” PROTESTANTE (PARTE 2)

(Por Cipriano Sántide Thunjiga)

Ya explicamos que en siglo XVI, bajo el liderazgo del reformador protestante Juan Calvino, se estableció en Ginebra un Estado autoritario, y que el calvinismo sigue vivo en muchas de las congregaciones protestantes actuales. Precisamente por eso Calvino y el calvinismo tienen sus apologistas. Éstos básicamente sostienen algunos puntos que a continuación expondremos en negrita. Seguidamente, en cursiva, expondremos nuestra opinión al respecto:

–          Calvino debe ser valorado como un precursor de la democracia: principios fundamentales de la revolución francesa -“libertad”, “igualdad” y “fraternidad”- se establecieron en el marco del calvinismo -la libertad otorgada por Dios, la igualdad ante los ojos de Dios, la fraternidad para con el prójimo predicada por Cristo-. Por otra parte la estructura de la Iglesia Calvinista era menos verticalista que la del catolicismo.

Este último punto es muy cierto, pero también lo es que la organización de pastores y mayores o presbíteros, en la práctica se constituyó en una jerarquía que coartó las libertades de los fieles comunes. Además cabe recordar que la democracia se remonta a la Grecia de 500 años antes del cristianismo y que, aunque en efecto, desde aquel concepto griego hasta las democracias modernas ha habido una evolución con aportes de diversos orígenes –entre ellos los de las diferentes confesiones cristianas-, a nadie se le escapa el abismo que separa las repúblicas actuales de la Ginebra que ideó Calvino. Saber que éste ejerció una influencia en las sociedades occidentales que finalmente confluyó en el moderno concepto de democracia –como también lo hicieron influencias de otro origen que Calvino seguramente hubiera aborrecido- no alcanza para expurgar al calvinismo de la ceguera fundamentalista que hizo que se aceptaran y promovieran en su seno el autoritarismo, la persecución ideológica, y hasta la tortura y la muerte.

–          Calvino en realidad no aspiraba al dominio clerical sobre todas las esferas de la cultura y la sociedad, sino que sólo procuró que la Iglesia Reformada colaborara en el cometido espiritual del Estado ginebrino y en que éste prestara su auxilio para implantar la caridad cristiana por la que los ciudadanos habían optado al adoptar la Reforma.

Lo cierto es que si Calvino no tuvo la intención de establecer un dominio clerical generalizado acabó perdiendo el rumbo, pues a eso es efectivamente a lo que arribó. Y, por cierto, tal “colaboración” Iglesia-Estado, suena precisamente a la propuesta que los clérigos de las actuales organizaciones confesionales contraponen a la estricta separación entre ambos que defiende el laicismo. Aunque los hechos nunca se repiten exactamente del mismo modo a lo largo de la historia, la experiencia calvinista de la “colaboración” y el “auxilio mutuo” entre Iglesia y Estado en pro de la “salud espiritual” de los ciudadanos, debiera ser una advertencia contra el totalitarismo en el que se acaba por caer cuando se mezclan las atribuciones de estos dos tipos de instituciones. Por eso el laicismo sostiene que es preferible, para el bienestar y la dignidad de los individuos, que ambas se mantengan activas en dos esferas de la condición humana que pueden ser diferenciadas claramente: la política, que hace a la comunidad sin exclusiones individuales, y la espiritual, que corresponde al individuo, aunque se la pueda vivenciar en una comunidad de correligionarios.

–          Calvino nunca aceptó un cargo gubernamental en Ginebra.

En efecto, Calvino no ejerció oficialmente ningún cargo gubernamental, pero en la práctica fue un líder plenamente político, y no sólo uno espiritual.

–          En la época de Calvino lo político y lo espiritual eran manifestaciones sociales indisociables, de hecho la comunidad cristiana y la comunidad civil eran co-extensivas; cada miembro de la sociedad civil era también miembro de la iglesia y viceversa, ello era un legado del pasado europeo medieval.

Esta es una verdad relativa que parte más bien de una idealización que se hace de la época, a la que se concibe cohesionada de un modo poco realista. Evidentemente en Ginebra había individuos, y no simplemente una masa humana uniforme -máxime en un momento en que el cristianismo se estaba fragmentando- y por tanto habría diversidad de opiniones. Fue el calvinismo el que impuso la cohesión estricta reprimiendo opositores incluso mediante la fuerza pública. Por lo demás, el muy difundido argumento de librar de responsabilidades a los líderes y a sus partidarios achacándoselas a su época es particularmente reprochable en personas y movimientos que pretenden ser mostrados como ejemplos de moralidad (¿un paradigma de moralidad no debería elevarse por sobre las bajezas de su tiempo?). Por otra parte un movimiento “reformista” precisamente se atreve a romper con el pasado y aun con aspectos históricos arraigados en su propio tiempo, proponiendo a cambio un presente distinto. Si Calvino y los suyos que, en cuanto reformadores, se animaron a romper con tantas “herencias”, no rompieron con aspectos muy autoritarios de su época y, de hecho, enfatizaron muchos de ellos, es simplemente porque los aprobaban personalmente.

–          Ginebra estuvo ordenada y progresó económicamente bajo el calvinismo.

No vamos a menospreciar los frutos que da la fe. La religión puede evitar que se caiga en un modo de vida caótico, y la creencia calvinista en que Dios ayudaba terrenalmente al hombre predestinado a la salvación eterna hizo que muchos, tal vez la mayoría, se volcaran al trabajo intenso y al ahorro precavido, a fin de no ser identificados con los réprobos (la opinión que la sociedad tuviera de uno, en el Estado “vigilante” de la Ginebra calvinista, era de suma importancia, obviamente). El calvinismo siempre favoreció el auge capitalista, es un hecho, como también lo es que lo hizo no sin pagar el precio de menoscabar las libertades individuales, que dan tanta o más dignidad al hombre que la superación de la pobreza material. Ya hemos dicho que no vamos a menospreciar los frutos de la fe, pero tampoco es aceptable que se ignore que muchos “logros”, cuando no bastó la fe, fueron alcanzados mediante la coacción e incluso mediante la fuerza bruta.

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