FRANCISCO, ¿UN PAPA NUEVO?

Papa_Francisco_en_el_Aula_Pablo_VIEl último miércoles 13 de marzo, gran parte del mundo, católico o no, vio con sorpresa cómo los cardenales de la Iglesia Católica elegían por primera vez en la era moderna un papa proveniente de la periferia del mundo. Acto seguido, al presentarse en sociedad, el flamante papa Francisco comenzó a desplegar una serie de gestos que lo hicieron contrastar con la enorme mayoría de los papas anteriores: ni ropajes suntuosos, ni crucifijos de oro, ni automóviles de lujo. Tampoco áridos discursos teológicos, sino simples palabras comprensibles hasta para el fiel más inculto. Digna sencillez, podría decirse, y eso también fue una sorpresa. Sin embargo, los gestos de humildad material no deberían sorprender en un hombre que, ante el Dios en quien cree, ha hecho votos de pobreza, y la sencillez discursiva debería ser lo usual en cualquiera que desempeñe una misión pastoral universal. En un mundo en el que las cosas no suelen ser como sería justo y coherente que fueran, un papa que se visualiza como humilde y sencillo resulta sorprendente y genera inmediata aprobación popular.

Claro que no todas las reacciones han sido aprobatorias para el nuevo papa. En este sentido, la sombra más oscura que se ha cernido sobre él es la acusación de haber tenido algún grado de colaboración con la sangrienta dictadura argentina (1975-1983), pero además de no haber ninguna prueba real de ello, importantes representantes de organismos de los derechos humanos, involucrados en la investigación y denuncia de los crímenes cometidos por dicha dictadura, han negado que tal colaboración haya existido.

Pero si la versión de que el actual papa Francisco colaboró con una dictadura corrupta y violenta es mentira, no lo es que cuando fue el obispo Bergoglio de Buenos Aires operó, como otros clérigos, para que los parlamentarios argentinos –elegidos democráticamente por los ciudadanos, y por ende legisladores legítimos – en materia de salud reproductiva, educación sexual, unión conyugal y otros derechos individuales, no osaran hacer leyes que no acataran la doctrina de la Iglesia.

Ahora bien, es cierto que los gestos de humildad son bienvenidos, pero también que los gestos son exterioridad, y que no necesariamente revelan lo interior. Mucho se ha dicho sobre cuán reprochables resultan la pompa, el lujo y el boato –por no hablar de los negocios- de una institución, la Iglesia Católica, que se pretende heredera de un dios que al fin y al cabo eligió humanizarse en la humildad de un obrero, en el seno de un pueblo sometido y violentado; en este mismo sentido, reprochable es también el enriquecimiento material a expensas de los estados “católicos”. Pero hay que decir, asimismo, que no es menos reprochable la manera autoritaria de imponer ideas dogmáticas mediante operaciones políticas que tampoco se parecen al accionar de un Dios predicante que se habría ganado a los fieles con la fuerza de la palabra y el sacrificio por los demás. La Iglesia actual, por no hablar de la del pasado, hace de los contactos políticos y de la presión a funcionarios gubernamentales, una herramienta habitual para defender sus privilegios políticos y económicos e imponer a toda la sociedad sus concepciones dogmáticas particulares.

Más que gestos de humildad material –que como dijimos, son bienvenidos-, se necesita que la Iglesia realice el acto ético de independizarse del sostén económico que le proveen tantos estados, muchos de ellos no precisamente ricos, como es el caso de los estados de América Latina, de donde proviene precisamente el nuevo papa. Más que gestos de sencillez discursiva, se necesita el acto de humildad intelectual de renunciar a imponer por cualquier medio, dogmas propios a quienes son ajenos a ellos. Y al respecto ningún papa ha hecho ni gestos, ni verdaderos actos. Bergoglio no los hizo como obispo de Buenos Aires, pero habida cuenta de la expectación que generan los gratos gestos que exterioriza, no nos resignamos a no esperar que finalmente los haga Francisco, y se convierta así, verdaderamente, en un papa nuevo.

EL LAICISMO, OPCIÓN CRISTIANA

tamayo-webPor JUAN JOSÉ TAMAYO Doctor Cátedra de Teología. Universidad Carlos III de Madrid (publicado originalmente en Público.es).

La jerarquía eclesiástica y las organizaciones católicas conservadoras se han conjurado contra el laicismo, recurriendo a todos los medios a su alcance, incluidas las movilizaciones de la ciudadanía en alianza con el PP y la ocupación del espacio público para desestabilizar la democracia. A su vez, boicotean cualquier iniciativa que vaya hacia el Estado laico.

El cristianismo no debe de adoptar una actitud beligerante

La estrategia antilaicista episcopal comienza con un peligroso juego que consiste en establecer una distinción entre laicismo y laicidad. Se trata de una operación lingüística nada inocente que califica negativamente al laicismo como religión de sustitución y lo presenta como enemigo de las creencias religiosas.

Dos ejemplos. El cardenal Tarsicio Bertone, secretario de Estado del Vaticano, define erróneamente el laicismo como “hostilidad contra cualquier forma de relevancia pública y cultural de la religión, en particular contra todo símbolo religioso en las instituciones públicas”. El cardenal Rouco Varela, presidente de la Conferencia Episcopal Española, va más allá y afirma que “el Estado moderno en su versión laicista radical desembocó en el siglo XX en las formas totalitarias del comunismo”.

Los mismos sectores eclesiásticos elogian la laicidad y se refieren a ella con adjetivos como “sana”, “positiva”, “inclusiva”. En dicha valoración coinciden políticos conservadores como el presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, y el Papa Benedicto XVI. Estamos ante una trampa del lenguaje político-religioso para que la Iglesia católica recupere el protagonismo en la esfera política, en el terreno moral, en el plano cultural, en el ámbito educativo y en la cohesión social, y para la presencia o la permanencia de los símbolos católicos en el espacio público.

Jesús de Nazaret fue un judío laico, crítico de la jerarquía religiosa

¿Es verdad que el cristianismo resulta incompatible con el laicismo y tiene que adoptar una actitud beligerante frente a él? Decididamente no. El laicismo y la secularización no son males a combatir por los cristianos, sino que se encuentran en la entraña misma del cristianismo. Este surge como religión laica y se desarrolla como tal durante sus primeros siglos, donde no aparece el más mínimo atisbo de confesionalidad de las instituciones civiles y menos aún de legitimación del orden establecido.

Jesús de Nazaret, su fundador, fue un judío laico, crítico con el Estado teocrático y las autoridades religiosas legitimadoras del Imperio romano. Lo que pone en marcha no es una iglesia aliada con el poder, sino un movimiento igualitario de hombres y mujeres, cuya traducción histórica es una sociedad justa. Hasta el siglo IV, el cristianismo defendió la más radical separación entre la Iglesia y el Imperio. Los cristianos se negaron a adorar al emperador y no reclamaban privilegios del Estado. Su vida no se distinguía del resto de los ciudadanos, como reconoce la Carta a Diogneto, importante documento cristiano del siglo III.

Esta idea es ratificada 17 siglos después por el Concilio Vaticano II (1962-1965), que se muestra partidario de la secularización, entendida como autonomía de las realidades terrenas, y de la separación entre Iglesia y Estado. Como afirma el teólogo alemán Baptist Metz, la secularización “es un acontecimiento originalmente cristiano” y una exigencia fundamental del cristianismo. Sin este, quizá no hubiera sido posible la democracia, cree el filósofo de la religión Marcel Gauchet, quien define certeramente al cristianismo como “la religión de la salida de la religión”.