CREACIONISMO VERSUS EVOLUCIONISMO

DARWINISMO Y EVOLUCIÓN: ¿EL BESO DEL DIABLO?

                                                                                                                                                                      Ante los nuevos lobbys creacionistas y la influencia que empieza a tener en España, el científico mexicano, primer latinoamericano que preside la Sociedad Internacional para el Estudio del Origen de la Vida (ISSOL por sus siglas en inglés), plantea que el creacionismo no es una teoría científica, sino un movimiento político e ideológico. Para el reconocido biólogo, las religiones cristianas, por contra, tienen una tradición filosófica e intelectual muy refinada que está al margen del creacionismo, que nació en EEUU de la derecha ultraconservadora.

“Satanás es el verdadero creador del concepto de evolución”, escribió en 1974 Henry Morris, cuando era director del llamado Institute for Creation Research en San Diego, en EEUU. Unos veinte años más tarde, en compañía de su compatriota Duane Gish, también militante del creacionismo, comenzó a visitar Turquía para asistir a reuniones antievolucionistas y, de pasada, buscar los restos del Arca de Noé, que según la tradición quedó varada en el Monte Ararat al descender las aguas del diluvio universal. Con tal de vencer al demonio, la solidez del cristianismo de Morris y Gish no tardó en ser substituida por uneclecticismo que les permitió establecer alianzas estratégicas con algunos musulmanes fundamentalistas, incluyendo a Adran Oktan, quién, bajo el pseudónimo de Harun Yahya, alcanzó una cierta notoriedad al repartir por correo miles de libros de contenido antievolucionista bellamente empastados pero bastante mal escritos.

Los creacionistas han prosperado en EEUU, donde un porcentaje importante de la población se declara seguidor de la interpretación literal del Génesis. Si bien es cierto que, en algunos estados de la Unión Americana, los empeños de los creacionistas por influir en la educación pública han sido frenados por la vía judicial, se han adaptado a los nuevos tiempos. Para evitar ser reconocidos como promotores de una visión religiosa, usan la frase “diseño inteligente”, eliminando de un plumazo términos bíblicos y las referencias a Dios. Los creacionistas han modernizado su organización y su lenguaje, creando escuelas y universidades privadas, otorgando becas, organizando debates y congresos, fundando revistas, diarios junto con cadenas de radio y televisión, y organizando redes de financiación y reclutamiento con las que han fortalecido sus finanzas y han aumentado sus seguidores en forma impresionante.

Aunque tiene tras de sí una rica tradición intelectual y de reflexión filosófica, en la Iglesia Católica subsisten sectores integristas que, junto con los grupos de fundamentalistas protestantes, han caído en la tentación de confundir la educación con el adoctrinamiento ideológico. Más allá de sus diferencias teológicas, ambos grupos están unidos por su oposición a la visión secular del mundo moderno, su conservadurismo social, su obsesión por el poder político, y la pobreza de sus argumentos científicos. No ven, o no quieren ver, las diferencias entre el hecho de la evolución y la teoría que lo explica.

Los evolucionistas no tenemos empacho en reconocer lo que nos falta por saber, pero no buscamos la solución en los libros sagrados, que tienen respuestas para otro tipo de preguntas. Por ello, es importante percatarse de que detrás del mesianismo populista de los creacionistas no hay argumentos religiosos o dudas científicas, sino actitudes políticas. Debemos, por ello, fortalecer una visión laica de la educación que permita desarrollar de forma crítica una visión evolutiva de la Biosfera, uno de los elementos más importantes para enfrentar el reto grotesco, pero creciente, del creacionismo.

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Antonio Lazcano Araujo (México, 1950) es biólogo y Doctor en Ciencias de la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha publicado en libros y revistas científicas internacionales más de 150 trabajos de investigación sobre el origen y la evolución temprana de la vida.

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Nota publicada originalmente el 22/01/08 en el Servicio de información y noticias científicas (primera agencia pública de información especializada en ciencia, tecnología e innovación en castellano).

LAICISMO Y CIENCIA

El siguiente es un texto publicado en La ciencia por gusto, blog al que se puede acceder cliqueando AQUÍ). El autor es el mejicano Martín Bonfil Olivera. Quienes deseen leer el texto directamente del mencionado blog pueden acceder al mismo con un clic AQUÍ.
 
LAS RAZONES DEL LAICISMO (Milenio Diario, 25 de abril de 2007)
 
Uno de los requisitos esenciales para hacer ciencia es adoptar lo que el biólogo Jacques Monod llamó “principio de objetividad”: la necesaria suposición de que detrás de los fenómenos de la naturaleza no hay ningún proyecto o plan. Las cosas no ocurren porque alguien así lo haya planeado; no ocurren “para” algo.

Otros pensadores han ampliado el requisito a lo que se conoce como “visión naturalista”: la ciencia tiene que dar por hecho que no existen entidades o fenómenos que estén fuera del mundo natural (sobrenaturales). Esto incluye, por supuesto, la intervención de dioses, ángeles o espíritus de cualquier tipo.

La ciencia es, entonces, “laica” en este sentido. Y lo es por necesidad: para hacer ciencia, para descubrir las regularidades de la naturaleza y poder explicar y predecir los fenómenos que en ella ocurren, tiene que asumirse que tales regularidades existen. Si se cree que las cosas ocurren con sólo desearlas, o que en cualquier momento puede presentarse un milagro o la intervención de un ser mágico, sería imposible hacer experimentos confiables para obtener datos con los cuales confirmar o refutar las teorías científicas. (Por supuesto, la ciencia no busca probar que no exista Dios; sólo hace como si no existiera. No tiene problema con creer en un dios abstracto, siempre y cuando no intervenga en el mundo.)

Y lo cierto es que, hasta ahora, el método científico ha funcionado excelentemente: ningún otro puede competir con él para generar conocimiento sobre la naturaleza.

Las razones por las que las modernas sociedades democráticas son laicas está relacionada con este laicismo naturalista de la ciencia. Los revolucionarios franceses, los padres de la patria estadounidense y los constitucionalistas mexicanos de 1857 reconocieron que, para que un Estado democrático fuera justo, las decisiones que tomara para regir a sus ciudadanos tendrían que estar basadas en el conocimiento más confiable que estuviera disponible.

Es por ello que todavía en la Constitución actual se ordena, por ejemplo, que la educación pública se mantenga “por completo ajena a cualquier doctrina religiosa” y esté basada “en los resultados del progreso científico”.

Ante la polémica por temas como el aborto y la eutanasia, conviene recordar que, más allá de la fe personal, hay buenas razones para que las decisiones de gobierno se tomen independientemente de creencias religiosas.