FRANCISCO, ¿UN PAPA NUEVO?

Papa_Francisco_en_el_Aula_Pablo_VIEl último miércoles 13 de marzo, gran parte del mundo, católico o no, vio con sorpresa cómo los cardenales de la Iglesia Católica elegían por primera vez en la era moderna un papa proveniente de la periferia del mundo. Acto seguido, al presentarse en sociedad, el flamante papa Francisco comenzó a desplegar una serie de gestos que lo hicieron contrastar con la enorme mayoría de los papas anteriores: ni ropajes suntuosos, ni crucifijos de oro, ni automóviles de lujo. Tampoco áridos discursos teológicos, sino simples palabras comprensibles hasta para el fiel más inculto. Digna sencillez, podría decirse, y eso también fue una sorpresa. Sin embargo, los gestos de humildad material no deberían sorprender en un hombre que, ante el Dios en quien cree, ha hecho votos de pobreza, y la sencillez discursiva debería ser lo usual en cualquiera que desempeñe una misión pastoral universal. En un mundo en el que las cosas no suelen ser como sería justo y coherente que fueran, un papa que se visualiza como humilde y sencillo resulta sorprendente y genera inmediata aprobación popular.

Claro que no todas las reacciones han sido aprobatorias para el nuevo papa. En este sentido, la sombra más oscura que se ha cernido sobre él es la acusación de haber tenido algún grado de colaboración con la sangrienta dictadura argentina (1975-1983), pero además de no haber ninguna prueba real de ello, importantes representantes de organismos de los derechos humanos, involucrados en la investigación y denuncia de los crímenes cometidos por dicha dictadura, han negado que tal colaboración haya existido.

Pero si la versión de que el actual papa Francisco colaboró con una dictadura corrupta y violenta es mentira, no lo es que cuando fue el obispo Bergoglio de Buenos Aires operó, como otros clérigos, para que los parlamentarios argentinos –elegidos democráticamente por los ciudadanos, y por ende legisladores legítimos – en materia de salud reproductiva, educación sexual, unión conyugal y otros derechos individuales, no osaran hacer leyes que no acataran la doctrina de la Iglesia.

Ahora bien, es cierto que los gestos de humildad son bienvenidos, pero también que los gestos son exterioridad, y que no necesariamente revelan lo interior. Mucho se ha dicho sobre cuán reprochables resultan la pompa, el lujo y el boato –por no hablar de los negocios- de una institución, la Iglesia Católica, que se pretende heredera de un dios que al fin y al cabo eligió humanizarse en la humildad de un obrero, en el seno de un pueblo sometido y violentado; en este mismo sentido, reprochable es también el enriquecimiento material a expensas de los estados “católicos”. Pero hay que decir, asimismo, que no es menos reprochable la manera autoritaria de imponer ideas dogmáticas mediante operaciones políticas que tampoco se parecen al accionar de un Dios predicante que se habría ganado a los fieles con la fuerza de la palabra y el sacrificio por los demás. La Iglesia actual, por no hablar de la del pasado, hace de los contactos políticos y de la presión a funcionarios gubernamentales, una herramienta habitual para defender sus privilegios políticos y económicos e imponer a toda la sociedad sus concepciones dogmáticas particulares.

Más que gestos de humildad material –que como dijimos, son bienvenidos-, se necesita que la Iglesia realice el acto ético de independizarse del sostén económico que le proveen tantos estados, muchos de ellos no precisamente ricos, como es el caso de los estados de América Latina, de donde proviene precisamente el nuevo papa. Más que gestos de sencillez discursiva, se necesita el acto de humildad intelectual de renunciar a imponer por cualquier medio, dogmas propios a quienes son ajenos a ellos. Y al respecto ningún papa ha hecho ni gestos, ni verdaderos actos. Bergoglio no los hizo como obispo de Buenos Aires, pero habida cuenta de la expectación que generan los gratos gestos que exterioriza, no nos resignamos a no esperar que finalmente los haga Francisco, y se convierta así, verdaderamente, en un papa nuevo.

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JUAN CALVINO: LA “TEOCRACIA” PROTESTANTE (PARTE 2)

(Por Cipriano Sántide Thunjiga)

Ya explicamos que en siglo XVI, bajo el liderazgo del reformador protestante Juan Calvino, se estableció en Ginebra un Estado autoritario, y que el calvinismo sigue vivo en muchas de las congregaciones protestantes actuales. Precisamente por eso Calvino y el calvinismo tienen sus apologistas. Éstos básicamente sostienen algunos puntos que a continuación expondremos en negrita. Seguidamente, en cursiva, expondremos nuestra opinión al respecto:

–          Calvino debe ser valorado como un precursor de la democracia: principios fundamentales de la revolución francesa -“libertad”, “igualdad” y “fraternidad”- se establecieron en el marco del calvinismo -la libertad otorgada por Dios, la igualdad ante los ojos de Dios, la fraternidad para con el prójimo predicada por Cristo-. Por otra parte la estructura de la Iglesia Calvinista era menos verticalista que la del catolicismo.

Este último punto es muy cierto, pero también lo es que la organización de pastores y mayores o presbíteros, en la práctica se constituyó en una jerarquía que coartó las libertades de los fieles comunes. Además cabe recordar que la democracia se remonta a la Grecia de 500 años antes del cristianismo y que, aunque en efecto, desde aquel concepto griego hasta las democracias modernas ha habido una evolución con aportes de diversos orígenes –entre ellos los de las diferentes confesiones cristianas-, a nadie se le escapa el abismo que separa las repúblicas actuales de la Ginebra que ideó Calvino. Saber que éste ejerció una influencia en las sociedades occidentales que finalmente confluyó en el moderno concepto de democracia –como también lo hicieron influencias de otro origen que Calvino seguramente hubiera aborrecido- no alcanza para expurgar al calvinismo de la ceguera fundamentalista que hizo que se aceptaran y promovieran en su seno el autoritarismo, la persecución ideológica, y hasta la tortura y la muerte.

–          Calvino en realidad no aspiraba al dominio clerical sobre todas las esferas de la cultura y la sociedad, sino que sólo procuró que la Iglesia Reformada colaborara en el cometido espiritual del Estado ginebrino y en que éste prestara su auxilio para implantar la caridad cristiana por la que los ciudadanos habían optado al adoptar la Reforma.

Lo cierto es que si Calvino no tuvo la intención de establecer un dominio clerical generalizado acabó perdiendo el rumbo, pues a eso es efectivamente a lo que arribó. Y, por cierto, tal “colaboración” Iglesia-Estado, suena precisamente a la propuesta que los clérigos de las actuales organizaciones confesionales contraponen a la estricta separación entre ambos que defiende el laicismo. Aunque los hechos nunca se repiten exactamente del mismo modo a lo largo de la historia, la experiencia calvinista de la “colaboración” y el “auxilio mutuo” entre Iglesia y Estado en pro de la “salud espiritual” de los ciudadanos, debiera ser una advertencia contra el totalitarismo en el que se acaba por caer cuando se mezclan las atribuciones de estos dos tipos de instituciones. Por eso el laicismo sostiene que es preferible, para el bienestar y la dignidad de los individuos, que ambas se mantengan activas en dos esferas de la condición humana que pueden ser diferenciadas claramente: la política, que hace a la comunidad sin exclusiones individuales, y la espiritual, que corresponde al individuo, aunque se la pueda vivenciar en una comunidad de correligionarios.

–          Calvino nunca aceptó un cargo gubernamental en Ginebra.

En efecto, Calvino no ejerció oficialmente ningún cargo gubernamental, pero en la práctica fue un líder plenamente político, y no sólo uno espiritual.

–          En la época de Calvino lo político y lo espiritual eran manifestaciones sociales indisociables, de hecho la comunidad cristiana y la comunidad civil eran co-extensivas; cada miembro de la sociedad civil era también miembro de la iglesia y viceversa, ello era un legado del pasado europeo medieval.

Esta es una verdad relativa que parte más bien de una idealización que se hace de la época, a la que se concibe cohesionada de un modo poco realista. Evidentemente en Ginebra había individuos, y no simplemente una masa humana uniforme -máxime en un momento en que el cristianismo se estaba fragmentando- y por tanto habría diversidad de opiniones. Fue el calvinismo el que impuso la cohesión estricta reprimiendo opositores incluso mediante la fuerza pública. Por lo demás, el muy difundido argumento de librar de responsabilidades a los líderes y a sus partidarios achacándoselas a su época es particularmente reprochable en personas y movimientos que pretenden ser mostrados como ejemplos de moralidad (¿un paradigma de moralidad no debería elevarse por sobre las bajezas de su tiempo?). Por otra parte un movimiento “reformista” precisamente se atreve a romper con el pasado y aun con aspectos históricos arraigados en su propio tiempo, proponiendo a cambio un presente distinto. Si Calvino y los suyos que, en cuanto reformadores, se animaron a romper con tantas “herencias”, no rompieron con aspectos muy autoritarios de su época y, de hecho, enfatizaron muchos de ellos, es simplemente porque los aprobaban personalmente.

–          Ginebra estuvo ordenada y progresó económicamente bajo el calvinismo.

No vamos a menospreciar los frutos que da la fe. La religión puede evitar que se caiga en un modo de vida caótico, y la creencia calvinista en que Dios ayudaba terrenalmente al hombre predestinado a la salvación eterna hizo que muchos, tal vez la mayoría, se volcaran al trabajo intenso y al ahorro precavido, a fin de no ser identificados con los réprobos (la opinión que la sociedad tuviera de uno, en el Estado “vigilante” de la Ginebra calvinista, era de suma importancia, obviamente). El calvinismo siempre favoreció el auge capitalista, es un hecho, como también lo es que lo hizo no sin pagar el precio de menoscabar las libertades individuales, que dan tanta o más dignidad al hombre que la superación de la pobreza material. Ya hemos dicho que no vamos a menospreciar los frutos de la fe, pero tampoco es aceptable que se ignore que muchos “logros”, cuando no bastó la fe, fueron alcanzados mediante la coacción e incluso mediante la fuerza bruta.

JUAN CALVINO: LA “TEOCRACIA” PROTESTANTE (PARTE 1)

(Por Cipriano Sántide Thunjiga)

“Teocracia” formalmente sería el “gobierno ejercido por Dios”, pero a nadie se le escapa que un estado teocrático en realidad es regido por uno o más hombres que suelen presentarse en sociedad como intermediarios de la voluntad de Dios. En realidad, hasta donde nos consta históricamente, todo estado al que calificamos de “teocrático” es más bien una “hierocracia” (1), es decir un estado gobernado por hombres que tienen una influencia religiosa sobre la comunidad y que gobiernan precisamente haciendo valer esa influencia. De todos modos el término más difundido es “teocracia”, y lo solemos identificar con los tiempos en que los faraones se consideraban dioses vivientes, o con el auge medieval del poder del papa en Europa o con los modernos estados integristas musulmanes, como Irán, donde oficialmente el poder de fondo lo ejercen los clérigos islámicos. Generalmente los estados cuya población es predominantemente protestante son identificados más bien con la democracia y el progreso en materia de libertades individuales. Sin embargo, también el protestantismo tuvo una irrefutable experiencia “teocrática” a su propio estilo: la Ginebra calvinista del siglo XVI.

A partir del siglo XV se produjo en diversos puntos de Europa un movimiento que cuestionaba las arbitrariedades y la corruptela de la Iglesia Católica. Los cuestionamientos fueron de todo tipo, incluso teológicos, y el movimiento llegó a ser conocido como la “Reforma”. Uno de los principales líderes de la Reforma –y un personaje central en la historia de Occidente- es Juan Calvino, que nació en 1509 en el seno de una familia pequeño-burguesa que lo incitó a estudiar Derecho. En 1531 Calvino adhirió públicamente a las ideas reformistas, lo que le valió ser perseguido por los poderosos franceses asociados con la Iglesia Católica, por lo que debió exiliarse de su país natal.

La doctrina más característica de Calvino era la “predestinación”, según la cual la salvación o condena eterna de cada hombre ya está predeterminada por Dios desde antes de nacer. El calvinismo incluso llegó a la curiosa conclusión de que los salvos ya contaban con el auxilio de Dios en este mundo, por lo cual la riqueza fue vista como señal de la aprobación de Dios y la pobreza como un indicio de su condena.

A la sazón, la ciudad de Ginebra, por la que pasaban importantes rutas comerciales, estaba políticamente sujeta al obispo católico y al Duque de Saboya, a quienes los grandes comerciantes de la ciudad consideraban arbitrarios, corruptos y un obstáculo para incrementar su comercio y su prosperidad económica. Para librarse de ellos pidieron ayuda a los suizos, entre quienes había prosperado la Reforma. Éstos acudieron de buen grado y vencieron al obispo y al duque. Como el clero católico, personificado en el nefasto obispo, era identificado con el enemigo, y como la doctrina de la predestinación y su asociación con el progreso económico justificaba el poderío de los comerciantes ginebrinos, la ciudad fue muy accesible a la variante calvinista de la Reforma.

Dos meses después, en 1536, Calvino llegó a Ginebra, y tras ciertas idas y vueltas que duraron algunos años, los grandes comerciantes de Ginebra acabaron remplazando la antigua conducción del obispo por el liderazgo del reformador Calvino, y éste se dio a la tarea de implantar una teocracia que pretendía emular la del antiguo Israel. El sistema que instauró Calvino rigió Ginebra entre 1541 y 1564.

Según el calvinismo la ley que debe regir la sociedad ya está contenida en la Biblia y quienes deben interpretarla son los líderes religiosos de la comunidad, los pastores y los ancianos o mayores (presbíteros).

Bajo el liderazgo de Calvino se crearon dos organismos: un Consejo de la Ciudad (formado por todos los pastores encargados de celebrar el culto y predicar) y un Consistorio (integrado por doce ancianos seglares y seis pastores).

El calvinismo ginebrino fue de una austeridad extrema: el placer se identificó rigurosamente con el vicio y cualquier diversión o esparcimiento (el teatro, bailar, las canciones profanas, jugar a los naipes, etc.) se consideró pecado y, por ende, un delito. No es de extrañar, pues, que otros “pecados” como la prostitución, el adulterio, la blasfemia y la idolatría fueran punibles directamente con la muerte. Asistir al sermón dominical y al catecismo pasó de ser una obligación moral a ser una imposición legal. El calvinismo hasta reglamentó el modo de vestirse, cortarse el cabello y comer.

Todos los ginebrinos fueron obligados a elegir entre jurar obediencia a las estrictas normas calvinistas o el destierro. No todos estuvieron de acuerdo, obviamente, y muchos tuvieron que optar por dejar la ciudad en la que habían nacido y vivido toda su vida. A cambio, Ginebra recibió a reformistas emigrados de Francia, Italia, Escocia e Inglaterra y de hecho se convirtió en una cuasi-colonia de extranjeros calvinistas.

Al Consistorio le fue concedida la autoridad de citar a todo sospechoso de “mala conducta” o de no creer en la doctrina calvinista, y también la de condenar. El Consejo ejecutaba esas condenas. Ser ateo o contradecir las ideas calvinistas podía castigarse con la ejecución. La pena de muerte se hizo un hábito: en cinco años, en Ginebra, que tenía unos 20.000 habitantes, hubo sesenta y ocho ejecuciones. De hecho los jefes de los opositores a este Estado autoritario, que intentaron resistir creando un partido, a instancias de Calvino fueron detenidos, torturados y decapitados.

El sistema calvinista se convirtió en el modelo de la mayoría de las comunidades fundamentalistas y puritanas de Holanda, Inglaterra y Estados Unidos.

(1) “Hierocracia” es el gobierno ejercido por la clase sacerdotal (del gr. “hierós”, sagrado, y “-cracia”, gobierno).

FIN DEL MUNDO, TEMOR Y ESPERANZA

(Por Cipriano Sántide Thunjiga)

Consabido es que muchas corrientes cristianas, principalmente protestantes, predican la inminencia del fin del mundo, y que bajo esta amenaza llaman a la humanidad a una adhesión inmediata a la fe y la moral cristianas, para que el catastrófico desenlace de la historia encuentre a cada uno “en regla” con Dios, condición indispensable para resultar salvado, ya que quienes no adhieran a Cristo sólo pueden esperar destrucción y muerte.

Dado que el “Fin del Mundo” es un concepto ya tan instalado en la cultura global, incluso en la cultura laica, es oportuno preguntarse de dónde proviene esta fe en la proximidad de un final rotundo y universal. Nosotros, laicistas, no creemos en absoluto que sea faltar a nuestros principios reconocer que el cristianismo ha contribuido enormemente a modelar la cultura occidental (el reconocimiento objetivo de realidades comprobables es precisamente un principio que el laicismo debe promover incansablemente). Las creencias con frecuencia incentivan acciones, y en occidente, las que se tienen sobre el fin del mundo tienen un sello claramente judeocristiano. Remontémonos entonces a su origen:

El ambiente judío en que nació el cristianismo era una peculiar mezcla de pesimismo y esperanza. Pesimismo porque los judíos creían que el mundo estaba corrompido y que ellos mismos habían sido infieles a su dios nacional. Pesimismo también porque los territorios que consideraban que Dios les había otorgado (la “Tierra Prometida”), estaban bajo poder romano, y el pueblo, por ende, sometido a este imperio foráneo y sacrílego. Esperanza porque el judaísmo había desarrollado la creencia de que Dios irrumpiría en esa situación y con su incontrastable poder solucionaría la opresión del pueblo elegido, imponiendo la santidad y rectificando así la historia mundial. Esta creencia en el fin del orden mundial establecido por hombres impíos y el comienzo de una definitiva era regida por Dios, es la escatología judía, conocida también como “apocalipticismo”(1).

Una de las principales creencias de muchos judíos de la época era que un hombre enviado por Dios, el Mesías, lideraría la restitución de los privilegios del pueblo judío y de la santidad en el mundo. Jesús de Nazaret, o bien sus seguidores, proclamaron que él era ese Mesías e inauguraron así el cristianismo (cristo es la palabra griega para el término judío “mesías”). Ahora bien, la muerte de Jesucristo evidenció que éste no había traído ninguna rotunda y definitiva entronización universal del Dios judío, ni ninguna ventaja tangible para Su pueblo. Pero los cristianos sostuvieron que Jesús había resucitado, subido al cielo y que muy pronto vendría por segunda vez, ahora sí, a destruir el imperante orden maligno e imponer el orden divino, no tanto para beneficio primordial de los judíos, sino para socorro de todos los que tuvieran fe en Jesús (2). Esta segunda y definitiva venida suya era la “parusía” (3).

El cristianismo heredó desde un principio, pues, las expectativas escatológicas judías. El fin del mundo estaba cerca, dentro de poco Dios lo destruiría e impondría su propio reino. El concepto de “parusía”, de hecho, era uno de los principales alicientes para convertirse a la nueva fe. Personas de cualquier origen patrio o social, sobre todo las más sufrientes, se aferraban a la esperanza de esa segunda venida de Jesús que instauraría para siempre un reinado de paz y justicia para todo cristiano sincero. Los primeros predicadores del cristianismo acicateaban sobre todo a los paganos –ya que los judíos tendieron a ser reacios a unirse a una fe que restaba algo de importancia a su condición, precisamente, de judíos- a “creer en Cristo”, es decir a convertirse para estar “en regla” con Dios cuando Jesús volviera.

Las expectativas escatológicas cristianas forzosamente evolucionaron con el tiempo. Los primeros conversos al cristianismo envejecieron y empezaron a morir sin ver el regreso de Jesús, y el apóstol Pablo tuvo que argumentar que la “parusía”, sí bien era indudable, no sería en realidad tan inminente. Y la espera se dilató: durante siglos los cristianos vivieron en una suerte de suspenso que oscilaba entre la sensación de inminencia y la espera indefinida. En el año 1.000, el péndulo osciló hacia la inquietud. Los cristianos ahora eran millones y obviamente no todos conciliaban su fe con sus acciones. Esa culpa, sumada a que se consideró sagrado un libro, el Apocalipsis de Juan, al que se atribuyó catastróficas profecías sobre el fin del mundo, hizo que cierta histeria colectiva agitara la cristiandad: el fin del mundo, más que esperado, fue temido. Pero, una vez más, la realidad –como siempre dura, sí, pero sin cataclismos universales, desgarros celestiales ni dramáticos descensos divinos- rebajó el nivel de ansiedad a niveles más razonables y la espera perdió sus visos de angustia y ansiedad.

Sin embargo, dos milenios después de su advenimiento, el cristianismo sigue siendo “apocalíptico”. El péndulo oscila de nuevo hacia las expectativas escatológicas. Aunque el catolicismo oficial –lo que hacen los católicos “rasos” suele diferir de lo que sostiene la Iglesia- ha abandonado el énfasis en la interpretación escatológica del Apocalipsis, desde el siglo XIX los movimientos cristianos irradiados desde los Estados Unidos han tomado la posta y han vuelto a agitar el temor apocalíptico y a reciclar en su prédica el argumento escatológico, captando así hombres y mujeres temerosos o desesperados.

El apocalipticismo resulta una herramienta útil a las confesiones con tendencias fundamentalistas, pues contribuye con considerable eficiencia a mantener creyentes en el redil o atraer nuevos adherentes. El temor a un catastrófico fin del mundo es una de los espantajos más blandidos para contener las tendencias al librepensamiento y por ende al laicismo. De hecho éste mismo es con frecuencia presentado como un indicio más del descarrío y la profanación extremos que precederán el Fin, y sus partidarios como servidores del mal que reinará justo antes de que la pesada mano de Dios lo aplaste para siempre.

El apocalipticismo, con su dramático despliegue de calamidades y estragos a escala planetaria, sirve como instrumento emocional efectivo que se conjuga con la sensación o la intuición, generalizada en todas las épocas, de que el mundo empeora día a día, (“todo tiempo pasado fue mejor”, reza el saber popular desde hace siglos). Bajo su sombra cada sacrilegio “moderno” (una innovación social, un invento o un descubrimiento científico-tecnológico) y aún cada acontecimiento geológico o astronómico perfectamente natural, sirven para alimentar el temor a la inminencia del fin.

La neo-escatología cristiana estadounidense ha calado hondo en la sociedad de aquel país, y por ende ha ganado un lugar en el cine y la televisión norteamericana, y a través de ellos, en el mundo, con lo cual incluso en ambientes laicos hay una suerte de pasión por las fatales caídas de asteroides, las tormentas solares devastadoras, o las aniquiladoras desviaciones del eje terrestre.

En definitiva, lo que nació como una esperanza de justicia en el reducido ambiente judío de hace 2.000 años, se ha convertido en una amenaza global de terror y aniquilación, esgrimida con mucho de cálculo y ligereza, y con poco de útil compromiso social, por cierto.

 (1) Hablar de las expectativas escatológicas judías es lo más apropiado, pero el adjetivo “apocalíptico” se ha popularizado debido a la interpretación que muchos hacen del Apocalipsis de Juan como relato que predice cuándo y cómo será el Fin del Mundo.

(2) Los cristianos, además de sostener que a su regreso Jesucristo acabaría con la corrupción mundial, también sostenían que Jesucristo ya había traído beneficios “intangibles”, o sea espirituales.

(3) “Parusía” es una palabra de origen griego que significa “presencia”, “advenimiento”, “retorno”.

¿SACRALIZACIÓN DE LO PROFANO Y PROFANACIÓN DE LO SAGRADO?

(Por Cipriano Sántide Thunjiga)

Los valores revelados de la religión son reducidos por el lacismo a una cuestión de conciencia personal (cada quien puede adherir o no a ellos según su propia libertad de conciencia), que opone como valores sociales generales aquellos que son el resultado de un desarrollo social e intelectual milenario: básicamente la democracia garantizada por un estado secular, con todo lo que ello encierra.

Por lo dicho, desde la religión se han alzado muchas voces acusando al laicismo de “sacralizar” aquello que antes era “no sagrado”, es decir de dar un tratamiento de sacro a lo que es profano. Desde este punto de vista el laicismo es censurado por ensalzar como valores absolutos conceptos como el de “democracia” y el de “libertades individuales”. Implícitamente hay en esta acusación una más: la de profanar lo sagrado.

Ahora bien, cada religión es sagrada para quien la profesa; para el resto de las personas no lo es, aunque este resto de las personas bien puede considerar cualquiera o todas las religiones como tradiciones respetables. El concepto de sagrado es meramente religioso y siempre autorreferencial. Cada religión se considera sagrada a sí misma y no a las demás.

Podrá oponerse a esta afirmación el caso del Islam, que pondera el origen abrahámico del judaísmo y reconoce en Jesús un profeta; pero lo cierto es que pese a atribuir al judaísmo y al cristianismo un origen sagrado, los considera errores –lo acertado es el Islam, obviamente-, y no hay errores sagrados. En realidad, para el Islam el cristianismo y el judaísmo son la planta degenerada de una semilla santa.

Lo mismo ocurre con el cristianismo respecto del judaísmo: para los cristianos los judíos podrán ser, al menos desde el discurso, los “hermanos mayores”, pero también son un pueblo que no ha seguido a Cristo, que para la gran mayoría de las confesiones cristianas es Dios mismo; el actual camino de los judíos, por ende, aunque venerable hasta cierto punto, no deja de ser un extravío, y no hay extravíos sagrados. Desde el punto de vista de los creyentes judíos la perspectiva es menos compleja y más llana: el cristianismo y el Islam podrán ser socialmente respetables, pero religiosamente son repudiables, porque implican una aberración foránea de su fe nacional.

Si elegimos una religión cualquiera, veremos que la mayoría de los seres humanos no la profesa. El propio cristianismo, que es la religión más difundida del mundo (en realidad es una suma de confesiones estrechamente emparentadas, pero también divergentes y, con frecuencia, enfrentadas entre sí), no es profesado por la mayor parte de la humanidad, e incluso en los países tradicionalmente “cristianos” un altísimo porcentaje de la población no lo profesa en la práctica y solamente lo asume como una suerte de tradición que únicamente cobra visos de verdadera fe en momentos personalísimos, como cuando un individuo de ordinario no “practicante”, ante situaciones de temor o sufrimiento especialmente intensas recurre a la oración o se apega a la fe (generalmente la que le legaron sus mayores).

Hemos establecido dos hechos: que cada religión es sagrada solamente para quienes la profesan y que todas las religiones, por masivas que sean, son profesadas por una minoría de la humanidad.

Volvamos ahora a la acusación de que el laicismo promueve que conceptos como “Estado”, “democracia”, “libertades individuales”, etc., sean considerados valores absolutos, y que por ende los sacraliza: lo cierto es que no hay absolutos en la teoría laicista, sino conceptos teóricos desarrollados racionalmente que se ponen en práctica con la intención de ampliar el marco de libertad de cada ciudadano sin que las libertades de unos menoscaben las de otros. Si no hay absolutos, mucho menos sacralidades de ningún tipo.

Habida cuenta de que no hay valores que puedan ser considerados sagrados por toda la humanidad (de universalizarse realmente un sistema de valores que rigiera minuciosamente la vida cotidiana de todas las personas, sólo sería por la fuerza), hay que buscar una forma de gestionar el Estado (las sociedades modernas se han dado un Estado) que permita que en la sociedad pueda circular cualquier sistema de creencias y que pueda ser adoptado por quien quiera adherir al mismo y vivir según sus normas, sin que ello redunde en la imposición de ese sistema de creencias y esas normas de vida a otros que no consideran acertado adherir a ellos.

Un Estado democrático y verdaderamente laico es la solución que hasta ahora se presenta como la más factible para realizar esa intención de respeto por la libertad de conciencia y la diversidad de creencias.

Además de la acusación de que laicismo sacraliza el Estado, la democracia, etc., también circula la acusación de que el laicismo ya se ha aplicado y que sus resultados han sido nefastos. Ya hemos desmentido esa calumnia en este mismo blog (ver ACHACANDO CULPAS AL LAICISMO).

ACHACANDO CULPAS AL LAICISMO

(por Cipriano Sántide Thunjiga)

La Iglesia suele advertir de los estragos sociales que sobrevendrán en los países que se inclinen por el laicismo, y a menudo recurre a ejemplos de países que ya lo habrían hecho y en los que efectivamente se acabó por incurrir en diversos tipos de atrocidades. Sus ejemplos preferidos son el comunismo y el nazismo. Respecto de la relación que la Iglesia establece entre éstos y el laicismo cabría hacer algunas aclaraciones.

La experiencia comunista de la Unión Soviética implicó -entre otras muchas cosas- un ateísmo estatal. Ahora bien, conviene clarificar qué es “ateísmo”, sobre todo porque la Iglesia se empeña -por conveniencia argumentativa y por simple propaganda para ganar oyentes despistados- en identificar ateísmo con laicismo. Esta malintencionada confusión de conceptos es una práctica de vieja data, a la que si se vuelve, evidentemente es porque siempre ha funcionado. Ateo, como todos sabemos, es quien no cree en Dios, y aunque bien podemos llamar ateo a quien promueve la no-creencia en Dios, todos percibimos  que no es lo mismo no creer que compeler a otros, por la razón o la fuerza, a que tampoco crean, por lo cual quizá convendría llamar, como hacen algunos, “antiteísta” a quienes hacen proselitismo -de la forma que sea- a favor del ateísmo. Veamos a continuación qué es ser laicista: es laicista cualquier ciudadano que, siendo creyente, agnóstico o ateo, promueve que el Estado no se inmiscuya en la religiosidad de la gente. Ahora bien, esta no intromisión del Estado, para ser real y efectiva,  implica una completa neutralidad en materia religiosa. Desde este punto de vista, en cuestiones de religión, el Estado sólo debería velar porque cada cual pueda creer libremente lo que cree (que Dios existe, que no existe, que nadie sabe realmente si existe o no, que existe y encarnó en un carpintero israelita, que lo hizo en innúmeros avatares a lo largo de infinitos eones, que Dios es el universo entero, que Dios no es más que una proyección psicológica de la inteligencia humana para sobrellevar el peso de ser consciente de su propia existencia y de su inexorable extinción, etc.). Al movimiento laicista no le cabe la función de tomar partido en la implícita disputa entre la indefinida variedad de creencia respecto a la existencia o inexistencia de Dios, en sí mismo no opta por decir que no existe –eso sería ser ateo- ni por tratar de difundir la no creencia en la divinidad –eso sería ser “antiteísta”-. La función del laicismo es, “simplemente”, la de que esa implícita disputa entre creencias -en realidad con frecuencia bastante explícita y virulenta- no degenere en imposiciones y tiranías. El laicismo promueve que el Estado garantice que cada individuo, ya sea solo o en comunidad con quienes comparten sus creencias, halle su propio camino en materia confesional. Por eso aboga porque el Estado, que es para todos, sea a-confesional –y no anti-confesional-, es decir que no otorgue privilegios a religión alguna y sí respeto a todas las formas de creencia, incluyendo -y esto es lo que más crispa a una institución como la Iglesia- las que impliquen no tener fe en la existencia de Dios. Ello debe redundar, desde la perspectiva laica, en que, por ejemplo, el Estado no utilice simbología religiosa alguna -ya que hacerlo significaría tomar partido por una creencia en particular-, o que no obligue a los ciudadanos, mediante el uso de fondos públicos que pertenecen a todos, a subvencionar a ninguna fe. Ahora bien, es evidente que esto no implica promover el ateísmo, sino ser realmente neutral en materia de creencias religiosas. El comunismo soviético era en efecto “antiteísta”, su principio no era el del respeto por las creencias del individuo –ni en materia religiosa ni en ningún otro tipo de materia-, sino el de la abierta hostilidad por todo sistema de creencias y pensamiento que hiciera peligrar el statu quo comunista-soviético. Las diferencias son evidentes para cualquier visión objetiva: el comunismo soviético efectivamente ponía el aparato del Estado al servicio de la difusión activa del ateísmo, mientras que el laicismo pretende un Estado neutral en materia religiosa. El comunismo fue una forma de totalitarismo, el laicismo aspira a que el Estado tenga una actitud democrática plena ante las creencias religiosas de los ciudadanos (ante la fe, en toda su diversidad, ante la no fe, en sus varientes agnóstica y atea) .

En cuanto al nazismo, bueno es que la institución que llamamos Iglesia Católica lo condene ahora. Lástima que cuando realmente hizo falta, no lo condenó y, más aún, se involucró en facilitar la huida hacia el hemisferio sur y hacia la impunidad, de criminales de guerra y jerarcas del Partido Nacional Socialista. El nazismo también implicó el advenimiento de un Estado totalitario, que sin embargo nunca rompió con el cristianismo, sino que lo toleró (pese a ser una religión derivada del judaísmo) y que mantuvo fluidas relaciones oficiales y extra-oficiales con jerarcas católicos de primer orden, el papa incluido. Además, el propio Estado alemán del Tercer Reich acabó asimilado por el Partido Nacional Socialista, y por ende toda su ideología, plagada de cierto excéntrico espiritismo, de espiritualismo oriental y de supersticiosas ideas místicas respecto a la prevalencia aria, acabó siendo la ideología del Estado.

Aclarada brevemente la discrepancia esencial entre laicismo y comunismo y entre laicismo y nazismo (quien se sienta particularmente interesado en este tema, puede investigar por sí mismo, ya que los hechos están sólidamente historiados en una amplia bibliografía), cabe mencionar otros ejemplos que prefiere callar la Iglesia: las dictaduras y los estados totalitarios pro-católicos. Y no hace falta remontarnos a la era de los estados confesionales de la Edad Media, que sometidos a la autoridad papal, sumieron a occidente en el autoritarismo y, con frecuencia, en el oscurantismo intelectual. En el mismo siglo XX en que medraron el nazismo y el comunismo, tuvimos la ultracatólica dictadura franquista en España, el fascismo de Mussolini en Italia o, más cercano en el tiempo, la complicidad de la Iglesia con las dictaduras del Cono Sur, que en países como Argentina, intercalaron los Te Deum y las genuflexiones con la tortura, el secuestro de niños o el arrojar al océano a opositores anestesiados, mientras se autodefinían como “cristianas”, preservaban los privilegios de la Iglesia y mantenían excelentes relaciones con los dignatarios del catolicismo.

En síntesis: el comunismo que prosperó y decayó en la fenecida Unión Soviética es esencialmente incompatible con el laicismo. Lo mismo cabe decir del Nacional Socialismo. De hecho, las atrocidades del nazismo no sólo no manchan al movimiento laicista, sino que es a otros a los que, no habiéndose apartado a tiempo, los alcanzó más de una de sus salpicaduras. Y éstas no se borrarán desviando deshonestamente responsabilidades ni promoviendo equívocos burdos.

LA FUNCIÓN SOCIAL DE LA MUJER SEGÚN EL CATOLICISMO

(Por Cipriano Sántide Thunjiga)

Para el laicismo la sociedad precisa de un Estado que procure el equilibrio entre la necesidad de vivir en comunidad y el derecho a la libertad de los individuos. El aspecto comunitario y el aspecto personal implica tanto derechos como obligaciones, y en un Estado justo, éstos deben ser los mismos para todos los miembros de la sociedad, sin distinciones, por ejemplo, de género. En un Estado laico la sociedad es concebida, de hecho, como la convivencia entre ciudadanos iguales libres. Esto no niega las peculiaridades personales, ni busca suprimir las naturales diferencias entre los ciudadanos, sino que sólo garantiza que todos tengan un tratamiento igualitario ante la ley. 

Las tres grandes religiones de occidente, judaísmo, cristianismo e islamismo, históricamente han promovido considerables diferenciaciones legales entre hombres y mujeres. Dejando a un lado los eufemismos: las tres han promovido la desigualdad legal entre hombres y mujeres. En otras entradas de este blog hablaremos de la mujer y el Islam, de la mujer y el judaísmo, y de la mujer y el cristianismo protestante. En ésta veremos algo de lo que sostiene al respecto la Iglesia dominante en los países hispanos. 

La Enciclopedia Católica (disponible en línea) publica contenidos autorizados por la Iglesia Católica por encuadrarse estrictamente en su doctrina. En la entrada “Mujer” de esta enciclopedia pueden leerse, pues, los criterios oficiales del catolicismo respecto de la situación de la mujer respecto del varón. En este artículo citaremos el texto de dicha enciclopedia entrecomillado y en cursiva. 

La doctrina católica sostiene que Dios quiso que la naturaleza humana se manifieste de manera diferente en el varón que en la mujer” y que “es inadmisible confundir las actividades vocacionales de ambos”.  Es decir que el varón está llamado por Dios mismo a desempeñar una función absolutamente específica en la sociedad y la mujer otra claramente diferente. Cuanto más y mejor cumpla cada uno su rol natural-divino, más varón será, o más mujer: “Los hombres más masculinos y las mujeres más femeninas son los tipos más perfectos de sus sexos”. Como las funciones sociales de los varones y las de las mujeres están claramente definidas por el orden natural-divino, hombres y mujeres deben complementarse fundamentalmente mediante el matrimonio y perseverar cada uno en su función social específica: “…cada uno de los dos sexos precisa del otro para su complemento social; una igualdad social completa anularía esta finalidad del Creador”.

La Enciclopedia sigue diciendo: “…a pesar de la igual dignidad humana, los derechos y obligaciones de la mujer difieren de los del hombre en la familia y las formas de la sociedad que la desarrollan naturalmente”, y más adelante agrega: “Si los dos sexos están diseñados por la naturaleza para una cooperación orgánica homogénea, entonces la posición dirigente o una preeminencia social debe recaer en uno de ellos. El hombre está llamado por el Creador a esta posición de líder, como lo muestra por toda su estructura corporal e intelectual”.

El catolicismo oficial también basa estas consideraciones en declaraciones atribuidas al propio apóstol San Pablo (Cor., 11, 7): “El hombre…es la imagen y gloria de Dios; pero la mujer es la gloria del hombre”. Explica la Enciclopedia Católica: “(San Pablo) en esta referencia a la creación de la primera pareja humana presupone la imagen de Dios en la mujer. Como esta similitud se manifiesta exteriormente en la supremacía del hombre sobre la creación (Gén., 1, 26), y como el hombre en cuanto líder nato de la familia ejerció primero esta supremacía, es llamado directamente en tal capacidad imagen de Dios. La mujer toma parte en esta supremacía sólo indirectamente bajo la guía del hombre y como su compañera. Es imposible limitar la declaración paulina a sola la familia; y el mismo Apóstol infirió de esto la posición social de la mujer en la comunidad de la Iglesia”.

La Enciclopedia cita también escritos oficiales como la encíclica “Arcanum”, que el papa León XIII redactó en el año 1880 (pero que, como toda encíclica papal, sigue siendo válida para siempre): “El marido es el que gobierna la familia y cabeza de la mujer; la mujer como carne de su carne y hueso de sus huesos ha de estar subordinada y obediente al marido, no, sin embargo, como una sirvienta sino como una compañera de tal clase que la obediencia prestada es tan honorable como digna”.

En última instancia, según esta postura católica, el hombre está llamado por Dios mismo a una vida más pública que la mujer. A ésta, en contrapartida, Dios la llama a una vida más doméstica y principalmente dominada por el rol de madre:  “Por consiguiente las actividades de ambos en el dominio social pueden tal vez compararse a dos círculos concéntricos de desigual circunferencia. El círculo externo, más amplio, representa las labores vocacionales del hombre, el círculo interior las de la mujer. Lo que el Creador preparó mediante la diferencia de aptitudes se realiza en la unión marital indisoluble de un hombre y una mujer. El hombre se convierte en padre con derechos y deberes paternales que incluyen el sostenimiento de la familia y, cuando es necesario, su protección. Por otro lado, la mujer recibe con la maternidad una serie de obligaciones maternales. Los deberes sociales de la mujer pueden, por tanto, designarse como maternidad, tal como es el deber del hombre ser representante de la autoridad paterna… (…) …el hombre debe también representar vigorosamente la autoridad, mientras que la mujer, llamada a la dignidad de ser madre, debe suplir y ayudar a la labor del hombre mediante su incansable colaboración”.

Lo expresado en la Enciclopedia Católica establece un fundamento, supuestamente natural-divino, sobre el que se yergue una tajante división social entre varones y mujeres, en la que a éstas les cabe un rol “inferior”. Criterios así se traducen fácilmente en legislaciones no igualitarias, legislaciones por ende discriminatorias, que la perspectiva laica rechaza.