FRANCISCO, ¿UN PAPA NUEVO?

Papa_Francisco_en_el_Aula_Pablo_VIEl último miércoles 13 de marzo, gran parte del mundo, católico o no, vio con sorpresa cómo los cardenales de la Iglesia Católica elegían por primera vez en la era moderna un papa proveniente de la periferia del mundo. Acto seguido, al presentarse en sociedad, el flamante papa Francisco comenzó a desplegar una serie de gestos que lo hicieron contrastar con la enorme mayoría de los papas anteriores: ni ropajes suntuosos, ni crucifijos de oro, ni automóviles de lujo. Tampoco áridos discursos teológicos, sino simples palabras comprensibles hasta para el fiel más inculto. Digna sencillez, podría decirse, y eso también fue una sorpresa. Sin embargo, los gestos de humildad material no deberían sorprender en un hombre que, ante el Dios en quien cree, ha hecho votos de pobreza, y la sencillez discursiva debería ser lo usual en cualquiera que desempeñe una misión pastoral universal. En un mundo en el que las cosas no suelen ser como sería justo y coherente que fueran, un papa que se visualiza como humilde y sencillo resulta sorprendente y genera inmediata aprobación popular.

Claro que no todas las reacciones han sido aprobatorias para el nuevo papa. En este sentido, la sombra más oscura que se ha cernido sobre él es la acusación de haber tenido algún grado de colaboración con la sangrienta dictadura argentina (1975-1983), pero además de no haber ninguna prueba real de ello, importantes representantes de organismos de los derechos humanos, involucrados en la investigación y denuncia de los crímenes cometidos por dicha dictadura, han negado que tal colaboración haya existido.

Pero si la versión de que el actual papa Francisco colaboró con una dictadura corrupta y violenta es mentira, no lo es que cuando fue el obispo Bergoglio de Buenos Aires operó, como otros clérigos, para que los parlamentarios argentinos –elegidos democráticamente por los ciudadanos, y por ende legisladores legítimos – en materia de salud reproductiva, educación sexual, unión conyugal y otros derechos individuales, no osaran hacer leyes que no acataran la doctrina de la Iglesia.

Ahora bien, es cierto que los gestos de humildad son bienvenidos, pero también que los gestos son exterioridad, y que no necesariamente revelan lo interior. Mucho se ha dicho sobre cuán reprochables resultan la pompa, el lujo y el boato –por no hablar de los negocios- de una institución, la Iglesia Católica, que se pretende heredera de un dios que al fin y al cabo eligió humanizarse en la humildad de un obrero, en el seno de un pueblo sometido y violentado; en este mismo sentido, reprochable es también el enriquecimiento material a expensas de los estados “católicos”. Pero hay que decir, asimismo, que no es menos reprochable la manera autoritaria de imponer ideas dogmáticas mediante operaciones políticas que tampoco se parecen al accionar de un Dios predicante que se habría ganado a los fieles con la fuerza de la palabra y el sacrificio por los demás. La Iglesia actual, por no hablar de la del pasado, hace de los contactos políticos y de la presión a funcionarios gubernamentales, una herramienta habitual para defender sus privilegios políticos y económicos e imponer a toda la sociedad sus concepciones dogmáticas particulares.

Más que gestos de humildad material –que como dijimos, son bienvenidos-, se necesita que la Iglesia realice el acto ético de independizarse del sostén económico que le proveen tantos estados, muchos de ellos no precisamente ricos, como es el caso de los estados de América Latina, de donde proviene precisamente el nuevo papa. Más que gestos de sencillez discursiva, se necesita el acto de humildad intelectual de renunciar a imponer por cualquier medio, dogmas propios a quienes son ajenos a ellos. Y al respecto ningún papa ha hecho ni gestos, ni verdaderos actos. Bergoglio no los hizo como obispo de Buenos Aires, pero habida cuenta de la expectación que generan los gratos gestos que exterioriza, no nos resignamos a no esperar que finalmente los haga Francisco, y se convierta así, verdaderamente, en un papa nuevo.

EL LAICISMO, OPCIÓN CRISTIANA

tamayo-webPor JUAN JOSÉ TAMAYO Doctor Cátedra de Teología. Universidad Carlos III de Madrid (publicado originalmente en Público.es).

La jerarquía eclesiástica y las organizaciones católicas conservadoras se han conjurado contra el laicismo, recurriendo a todos los medios a su alcance, incluidas las movilizaciones de la ciudadanía en alianza con el PP y la ocupación del espacio público para desestabilizar la democracia. A su vez, boicotean cualquier iniciativa que vaya hacia el Estado laico.

El cristianismo no debe de adoptar una actitud beligerante

La estrategia antilaicista episcopal comienza con un peligroso juego que consiste en establecer una distinción entre laicismo y laicidad. Se trata de una operación lingüística nada inocente que califica negativamente al laicismo como religión de sustitución y lo presenta como enemigo de las creencias religiosas.

Dos ejemplos. El cardenal Tarsicio Bertone, secretario de Estado del Vaticano, define erróneamente el laicismo como “hostilidad contra cualquier forma de relevancia pública y cultural de la religión, en particular contra todo símbolo religioso en las instituciones públicas”. El cardenal Rouco Varela, presidente de la Conferencia Episcopal Española, va más allá y afirma que “el Estado moderno en su versión laicista radical desembocó en el siglo XX en las formas totalitarias del comunismo”.

Los mismos sectores eclesiásticos elogian la laicidad y se refieren a ella con adjetivos como “sana”, “positiva”, “inclusiva”. En dicha valoración coinciden políticos conservadores como el presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, y el Papa Benedicto XVI. Estamos ante una trampa del lenguaje político-religioso para que la Iglesia católica recupere el protagonismo en la esfera política, en el terreno moral, en el plano cultural, en el ámbito educativo y en la cohesión social, y para la presencia o la permanencia de los símbolos católicos en el espacio público.

Jesús de Nazaret fue un judío laico, crítico de la jerarquía religiosa

¿Es verdad que el cristianismo resulta incompatible con el laicismo y tiene que adoptar una actitud beligerante frente a él? Decididamente no. El laicismo y la secularización no son males a combatir por los cristianos, sino que se encuentran en la entraña misma del cristianismo. Este surge como religión laica y se desarrolla como tal durante sus primeros siglos, donde no aparece el más mínimo atisbo de confesionalidad de las instituciones civiles y menos aún de legitimación del orden establecido.

Jesús de Nazaret, su fundador, fue un judío laico, crítico con el Estado teocrático y las autoridades religiosas legitimadoras del Imperio romano. Lo que pone en marcha no es una iglesia aliada con el poder, sino un movimiento igualitario de hombres y mujeres, cuya traducción histórica es una sociedad justa. Hasta el siglo IV, el cristianismo defendió la más radical separación entre la Iglesia y el Imperio. Los cristianos se negaron a adorar al emperador y no reclamaban privilegios del Estado. Su vida no se distinguía del resto de los ciudadanos, como reconoce la Carta a Diogneto, importante documento cristiano del siglo III.

Esta idea es ratificada 17 siglos después por el Concilio Vaticano II (1962-1965), que se muestra partidario de la secularización, entendida como autonomía de las realidades terrenas, y de la separación entre Iglesia y Estado. Como afirma el teólogo alemán Baptist Metz, la secularización “es un acontecimiento originalmente cristiano” y una exigencia fundamental del cristianismo. Sin este, quizá no hubiera sido posible la democracia, cree el filósofo de la religión Marcel Gauchet, quien define certeramente al cristianismo como “la religión de la salida de la religión”.

CREACIONISMO VERSUS EVOLUCIONISMO

DARWINISMO Y EVOLUCIÓN: ¿EL BESO DEL DIABLO?

                                                                                                                                                                      Ante los nuevos lobbys creacionistas y la influencia que empieza a tener en España, el científico mexicano, primer latinoamericano que preside la Sociedad Internacional para el Estudio del Origen de la Vida (ISSOL por sus siglas en inglés), plantea que el creacionismo no es una teoría científica, sino un movimiento político e ideológico. Para el reconocido biólogo, las religiones cristianas, por contra, tienen una tradición filosófica e intelectual muy refinada que está al margen del creacionismo, que nació en EEUU de la derecha ultraconservadora.

“Satanás es el verdadero creador del concepto de evolución”, escribió en 1974 Henry Morris, cuando era director del llamado Institute for Creation Research en San Diego, en EEUU. Unos veinte años más tarde, en compañía de su compatriota Duane Gish, también militante del creacionismo, comenzó a visitar Turquía para asistir a reuniones antievolucionistas y, de pasada, buscar los restos del Arca de Noé, que según la tradición quedó varada en el Monte Ararat al descender las aguas del diluvio universal. Con tal de vencer al demonio, la solidez del cristianismo de Morris y Gish no tardó en ser substituida por uneclecticismo que les permitió establecer alianzas estratégicas con algunos musulmanes fundamentalistas, incluyendo a Adran Oktan, quién, bajo el pseudónimo de Harun Yahya, alcanzó una cierta notoriedad al repartir por correo miles de libros de contenido antievolucionista bellamente empastados pero bastante mal escritos.

Los creacionistas han prosperado en EEUU, donde un porcentaje importante de la población se declara seguidor de la interpretación literal del Génesis. Si bien es cierto que, en algunos estados de la Unión Americana, los empeños de los creacionistas por influir en la educación pública han sido frenados por la vía judicial, se han adaptado a los nuevos tiempos. Para evitar ser reconocidos como promotores de una visión religiosa, usan la frase “diseño inteligente”, eliminando de un plumazo términos bíblicos y las referencias a Dios. Los creacionistas han modernizado su organización y su lenguaje, creando escuelas y universidades privadas, otorgando becas, organizando debates y congresos, fundando revistas, diarios junto con cadenas de radio y televisión, y organizando redes de financiación y reclutamiento con las que han fortalecido sus finanzas y han aumentado sus seguidores en forma impresionante.

Aunque tiene tras de sí una rica tradición intelectual y de reflexión filosófica, en la Iglesia Católica subsisten sectores integristas que, junto con los grupos de fundamentalistas protestantes, han caído en la tentación de confundir la educación con el adoctrinamiento ideológico. Más allá de sus diferencias teológicas, ambos grupos están unidos por su oposición a la visión secular del mundo moderno, su conservadurismo social, su obsesión por el poder político, y la pobreza de sus argumentos científicos. No ven, o no quieren ver, las diferencias entre el hecho de la evolución y la teoría que lo explica.

Los evolucionistas no tenemos empacho en reconocer lo que nos falta por saber, pero no buscamos la solución en los libros sagrados, que tienen respuestas para otro tipo de preguntas. Por ello, es importante percatarse de que detrás del mesianismo populista de los creacionistas no hay argumentos religiosos o dudas científicas, sino actitudes políticas. Debemos, por ello, fortalecer una visión laica de la educación que permita desarrollar de forma crítica una visión evolutiva de la Biosfera, uno de los elementos más importantes para enfrentar el reto grotesco, pero creciente, del creacionismo.

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Antonio Lazcano Araujo (México, 1950) es biólogo y Doctor en Ciencias de la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha publicado en libros y revistas científicas internacionales más de 150 trabajos de investigación sobre el origen y la evolución temprana de la vida.

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Nota publicada originalmente el 22/01/08 en el Servicio de información y noticias científicas (primera agencia pública de información especializada en ciencia, tecnología e innovación en castellano).

EL PAPA VISITA UNA ESPAÑA CADA VEZ MENOS CATÓLICA

Por Isabel Caro

Las encuestas corroboran que el catolicismo en España registra un descenso cada vez más constante y acusado entre los jóvenes. El Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) recoge en sus estudios que el porcentaje de la población española que se considera católica ha pasado de un 87% en 1992 a un 71,7% (julio de 2011). Una encuesta realizada el pasado mes por la organización religiosa Paix Liturgique va más allá, concluyendo que solo el 63,3% de los españoles afirman profesar el catolicismo.

Los expertos aseguran que no es un fenómeno exclusivo de España sino de toda Europa Occidental, propio de las sociedades postindustriales. Javier Elzo, catedrático especializado en sociología de la Universidad de Deusto (País Vasco) asegura que en España hay muchas personas que no han olvidado el nacionalcatolicismo del franquismo y califica a la sociedad española como polarizada: “hay por un lado un catolicismo muy conservador, que sigue pensando en modelos casi de Cristiandad frente a un laicismo excluyente de lo religioso”.

La Iglesia y los jóvenes

Entre la juventud, los índices son más contundentes: sólo un 45,1% de los jóvenes entre 15 y 24 años profesa la fe católica, según el último sondeo citado. Para Elzo es un hecho “que ha ocurrido siempre”, quien afirma que por primera vez “nos encontramos con generaciones que no han sido educadas en la fe”. En este sentido, se expresa también el sociólogo experto en pensamiento simbólico y religión, José Antonio Gómez-Marín: “disponemos de una juventud completamente ajena a la religión católica, que ignora la realidad catequética y evangélica y, por supuesto, las obligaciones eclesiales”. Ambos expertos recogen también, como causantes del desapego de los jóvenes a la religión, el profundo cambio de costumbres, al que según ellos la Iglesia no ha sabido responder: “no ha sido capaz de adecuarse a unas exigencias de una sociedad nueva por ejemplo en materia sexual, de convivencia o de caridad”, afirma Gómez-Marín. Este experto reconoce que la Iglesia es la gran agente de la solidaridad pero “no ha sabido dar un gran ejemplo evangélico desprendiéndose de sus bienes, realizando un gran gesto capaz de deslumbrar a una generación”. Católicos no practicantes El descenso del catolicismo viene acompañado por una menor práctica de la religión y un limitado acatamiento de los principios de la Iglesia. El estudio de Paix Liturgique afirma que la mitad de los que se consideran católicos no participa nunca o casi nunca en la misa. Entre los que practican la fe católica, poco más del 14% lo hace al menos una vez a la semana. Los datos del CIS, de julio de 2011, se encuentran en la misma línea; solo el 13% de los católicos asiste a misa casi todos los domingos y festivos. Elzo afirma que responde a un cambio en la manera que los españoles invierten su tiempo de ocio: “hace 30 años la gente salía mucho menos de lo que sale ahora, no tenia segundas residencias y pesaba mucho la tradición. Llegaba el domingo y la gente iba a misa y a la plaza del pueblo. Esto ha desaparecido. Hoy la gente se va a sus segundas residencias, hace deporte… El sentido del domingo no tiene ningún sentido”.

FUENTE: Radio Nederland Internacional

JUAN CALVINO: LA “TEOCRACIA” PROTESTANTE (PARTE 2)

(Por Cipriano Sántide Thunjiga)

Ya explicamos que en siglo XVI, bajo el liderazgo del reformador protestante Juan Calvino, se estableció en Ginebra un Estado autoritario, y que el calvinismo sigue vivo en muchas de las congregaciones protestantes actuales. Precisamente por eso Calvino y el calvinismo tienen sus apologistas. Éstos básicamente sostienen algunos puntos que a continuación expondremos en negrita. Seguidamente, en cursiva, expondremos nuestra opinión al respecto:

–          Calvino debe ser valorado como un precursor de la democracia: principios fundamentales de la revolución francesa -“libertad”, “igualdad” y “fraternidad”- se establecieron en el marco del calvinismo -la libertad otorgada por Dios, la igualdad ante los ojos de Dios, la fraternidad para con el prójimo predicada por Cristo-. Por otra parte la estructura de la Iglesia Calvinista era menos verticalista que la del catolicismo.

Este último punto es muy cierto, pero también lo es que la organización de pastores y mayores o presbíteros, en la práctica se constituyó en una jerarquía que coartó las libertades de los fieles comunes. Además cabe recordar que la democracia se remonta a la Grecia de 500 años antes del cristianismo y que, aunque en efecto, desde aquel concepto griego hasta las democracias modernas ha habido una evolución con aportes de diversos orígenes –entre ellos los de las diferentes confesiones cristianas-, a nadie se le escapa el abismo que separa las repúblicas actuales de la Ginebra que ideó Calvino. Saber que éste ejerció una influencia en las sociedades occidentales que finalmente confluyó en el moderno concepto de democracia –como también lo hicieron influencias de otro origen que Calvino seguramente hubiera aborrecido- no alcanza para expurgar al calvinismo de la ceguera fundamentalista que hizo que se aceptaran y promovieran en su seno el autoritarismo, la persecución ideológica, y hasta la tortura y la muerte.

–          Calvino en realidad no aspiraba al dominio clerical sobre todas las esferas de la cultura y la sociedad, sino que sólo procuró que la Iglesia Reformada colaborara en el cometido espiritual del Estado ginebrino y en que éste prestara su auxilio para implantar la caridad cristiana por la que los ciudadanos habían optado al adoptar la Reforma.

Lo cierto es que si Calvino no tuvo la intención de establecer un dominio clerical generalizado acabó perdiendo el rumbo, pues a eso es efectivamente a lo que arribó. Y, por cierto, tal “colaboración” Iglesia-Estado, suena precisamente a la propuesta que los clérigos de las actuales organizaciones confesionales contraponen a la estricta separación entre ambos que defiende el laicismo. Aunque los hechos nunca se repiten exactamente del mismo modo a lo largo de la historia, la experiencia calvinista de la “colaboración” y el “auxilio mutuo” entre Iglesia y Estado en pro de la “salud espiritual” de los ciudadanos, debiera ser una advertencia contra el totalitarismo en el que se acaba por caer cuando se mezclan las atribuciones de estos dos tipos de instituciones. Por eso el laicismo sostiene que es preferible, para el bienestar y la dignidad de los individuos, que ambas se mantengan activas en dos esferas de la condición humana que pueden ser diferenciadas claramente: la política, que hace a la comunidad sin exclusiones individuales, y la espiritual, que corresponde al individuo, aunque se la pueda vivenciar en una comunidad de correligionarios.

–          Calvino nunca aceptó un cargo gubernamental en Ginebra.

En efecto, Calvino no ejerció oficialmente ningún cargo gubernamental, pero en la práctica fue un líder plenamente político, y no sólo uno espiritual.

–          En la época de Calvino lo político y lo espiritual eran manifestaciones sociales indisociables, de hecho la comunidad cristiana y la comunidad civil eran co-extensivas; cada miembro de la sociedad civil era también miembro de la iglesia y viceversa, ello era un legado del pasado europeo medieval.

Esta es una verdad relativa que parte más bien de una idealización que se hace de la época, a la que se concibe cohesionada de un modo poco realista. Evidentemente en Ginebra había individuos, y no simplemente una masa humana uniforme -máxime en un momento en que el cristianismo se estaba fragmentando- y por tanto habría diversidad de opiniones. Fue el calvinismo el que impuso la cohesión estricta reprimiendo opositores incluso mediante la fuerza pública. Por lo demás, el muy difundido argumento de librar de responsabilidades a los líderes y a sus partidarios achacándoselas a su época es particularmente reprochable en personas y movimientos que pretenden ser mostrados como ejemplos de moralidad (¿un paradigma de moralidad no debería elevarse por sobre las bajezas de su tiempo?). Por otra parte un movimiento “reformista” precisamente se atreve a romper con el pasado y aun con aspectos históricos arraigados en su propio tiempo, proponiendo a cambio un presente distinto. Si Calvino y los suyos que, en cuanto reformadores, se animaron a romper con tantas “herencias”, no rompieron con aspectos muy autoritarios de su época y, de hecho, enfatizaron muchos de ellos, es simplemente porque los aprobaban personalmente.

–          Ginebra estuvo ordenada y progresó económicamente bajo el calvinismo.

No vamos a menospreciar los frutos que da la fe. La religión puede evitar que se caiga en un modo de vida caótico, y la creencia calvinista en que Dios ayudaba terrenalmente al hombre predestinado a la salvación eterna hizo que muchos, tal vez la mayoría, se volcaran al trabajo intenso y al ahorro precavido, a fin de no ser identificados con los réprobos (la opinión que la sociedad tuviera de uno, en el Estado “vigilante” de la Ginebra calvinista, era de suma importancia, obviamente). El calvinismo siempre favoreció el auge capitalista, es un hecho, como también lo es que lo hizo no sin pagar el precio de menoscabar las libertades individuales, que dan tanta o más dignidad al hombre que la superación de la pobreza material. Ya hemos dicho que no vamos a menospreciar los frutos de la fe, pero tampoco es aceptable que se ignore que muchos “logros”, cuando no bastó la fe, fueron alcanzados mediante la coacción e incluso mediante la fuerza bruta.

JUAN CALVINO: LA “TEOCRACIA” PROTESTANTE (PARTE 1)

(Por Cipriano Sántide Thunjiga)

“Teocracia” formalmente sería el “gobierno ejercido por Dios”, pero a nadie se le escapa que un estado teocrático en realidad es regido por uno o más hombres que suelen presentarse en sociedad como intermediarios de la voluntad de Dios. En realidad, hasta donde nos consta históricamente, todo estado al que calificamos de “teocrático” es más bien una “hierocracia” (1), es decir un estado gobernado por hombres que tienen una influencia religiosa sobre la comunidad y que gobiernan precisamente haciendo valer esa influencia. De todos modos el término más difundido es “teocracia”, y lo solemos identificar con los tiempos en que los faraones se consideraban dioses vivientes, o con el auge medieval del poder del papa en Europa o con los modernos estados integristas musulmanes, como Irán, donde oficialmente el poder de fondo lo ejercen los clérigos islámicos. Generalmente los estados cuya población es predominantemente protestante son identificados más bien con la democracia y el progreso en materia de libertades individuales. Sin embargo, también el protestantismo tuvo una irrefutable experiencia “teocrática” a su propio estilo: la Ginebra calvinista del siglo XVI.

A partir del siglo XV se produjo en diversos puntos de Europa un movimiento que cuestionaba las arbitrariedades y la corruptela de la Iglesia Católica. Los cuestionamientos fueron de todo tipo, incluso teológicos, y el movimiento llegó a ser conocido como la “Reforma”. Uno de los principales líderes de la Reforma –y un personaje central en la historia de Occidente- es Juan Calvino, que nació en 1509 en el seno de una familia pequeño-burguesa que lo incitó a estudiar Derecho. En 1531 Calvino adhirió públicamente a las ideas reformistas, lo que le valió ser perseguido por los poderosos franceses asociados con la Iglesia Católica, por lo que debió exiliarse de su país natal.

La doctrina más característica de Calvino era la “predestinación”, según la cual la salvación o condena eterna de cada hombre ya está predeterminada por Dios desde antes de nacer. El calvinismo incluso llegó a la curiosa conclusión de que los salvos ya contaban con el auxilio de Dios en este mundo, por lo cual la riqueza fue vista como señal de la aprobación de Dios y la pobreza como un indicio de su condena.

A la sazón, la ciudad de Ginebra, por la que pasaban importantes rutas comerciales, estaba políticamente sujeta al obispo católico y al Duque de Saboya, a quienes los grandes comerciantes de la ciudad consideraban arbitrarios, corruptos y un obstáculo para incrementar su comercio y su prosperidad económica. Para librarse de ellos pidieron ayuda a los suizos, entre quienes había prosperado la Reforma. Éstos acudieron de buen grado y vencieron al obispo y al duque. Como el clero católico, personificado en el nefasto obispo, era identificado con el enemigo, y como la doctrina de la predestinación y su asociación con el progreso económico justificaba el poderío de los comerciantes ginebrinos, la ciudad fue muy accesible a la variante calvinista de la Reforma.

Dos meses después, en 1536, Calvino llegó a Ginebra, y tras ciertas idas y vueltas que duraron algunos años, los grandes comerciantes de Ginebra acabaron remplazando la antigua conducción del obispo por el liderazgo del reformador Calvino, y éste se dio a la tarea de implantar una teocracia que pretendía emular la del antiguo Israel. El sistema que instauró Calvino rigió Ginebra entre 1541 y 1564.

Según el calvinismo la ley que debe regir la sociedad ya está contenida en la Biblia y quienes deben interpretarla son los líderes religiosos de la comunidad, los pastores y los ancianos o mayores (presbíteros).

Bajo el liderazgo de Calvino se crearon dos organismos: un Consejo de la Ciudad (formado por todos los pastores encargados de celebrar el culto y predicar) y un Consistorio (integrado por doce ancianos seglares y seis pastores).

El calvinismo ginebrino fue de una austeridad extrema: el placer se identificó rigurosamente con el vicio y cualquier diversión o esparcimiento (el teatro, bailar, las canciones profanas, jugar a los naipes, etc.) se consideró pecado y, por ende, un delito. No es de extrañar, pues, que otros “pecados” como la prostitución, el adulterio, la blasfemia y la idolatría fueran punibles directamente con la muerte. Asistir al sermón dominical y al catecismo pasó de ser una obligación moral a ser una imposición legal. El calvinismo hasta reglamentó el modo de vestirse, cortarse el cabello y comer.

Todos los ginebrinos fueron obligados a elegir entre jurar obediencia a las estrictas normas calvinistas o el destierro. No todos estuvieron de acuerdo, obviamente, y muchos tuvieron que optar por dejar la ciudad en la que habían nacido y vivido toda su vida. A cambio, Ginebra recibió a reformistas emigrados de Francia, Italia, Escocia e Inglaterra y de hecho se convirtió en una cuasi-colonia de extranjeros calvinistas.

Al Consistorio le fue concedida la autoridad de citar a todo sospechoso de “mala conducta” o de no creer en la doctrina calvinista, y también la de condenar. El Consejo ejecutaba esas condenas. Ser ateo o contradecir las ideas calvinistas podía castigarse con la ejecución. La pena de muerte se hizo un hábito: en cinco años, en Ginebra, que tenía unos 20.000 habitantes, hubo sesenta y ocho ejecuciones. De hecho los jefes de los opositores a este Estado autoritario, que intentaron resistir creando un partido, a instancias de Calvino fueron detenidos, torturados y decapitados.

El sistema calvinista se convirtió en el modelo de la mayoría de las comunidades fundamentalistas y puritanas de Holanda, Inglaterra y Estados Unidos.

(1) “Hierocracia” es el gobierno ejercido por la clase sacerdotal (del gr. “hierós”, sagrado, y “-cracia”, gobierno).

FIN DEL MUNDO, TEMOR Y ESPERANZA

(Por Cipriano Sántide Thunjiga)

Consabido es que muchas corrientes cristianas, principalmente protestantes, predican la inminencia del fin del mundo, y que bajo esta amenaza llaman a la humanidad a una adhesión inmediata a la fe y la moral cristianas, para que el catastrófico desenlace de la historia encuentre a cada uno “en regla” con Dios, condición indispensable para resultar salvado, ya que quienes no adhieran a Cristo sólo pueden esperar destrucción y muerte.

Dado que el “Fin del Mundo” es un concepto ya tan instalado en la cultura global, incluso en la cultura laica, es oportuno preguntarse de dónde proviene esta fe en la proximidad de un final rotundo y universal. Nosotros, laicistas, no creemos en absoluto que sea faltar a nuestros principios reconocer que el cristianismo ha contribuido enormemente a modelar la cultura occidental (el reconocimiento objetivo de realidades comprobables es precisamente un principio que el laicismo debe promover incansablemente). Las creencias con frecuencia incentivan acciones, y en occidente, las que se tienen sobre el fin del mundo tienen un sello claramente judeocristiano. Remontémonos entonces a su origen:

El ambiente judío en que nació el cristianismo era una peculiar mezcla de pesimismo y esperanza. Pesimismo porque los judíos creían que el mundo estaba corrompido y que ellos mismos habían sido infieles a su dios nacional. Pesimismo también porque los territorios que consideraban que Dios les había otorgado (la “Tierra Prometida”), estaban bajo poder romano, y el pueblo, por ende, sometido a este imperio foráneo y sacrílego. Esperanza porque el judaísmo había desarrollado la creencia de que Dios irrumpiría en esa situación y con su incontrastable poder solucionaría la opresión del pueblo elegido, imponiendo la santidad y rectificando así la historia mundial. Esta creencia en el fin del orden mundial establecido por hombres impíos y el comienzo de una definitiva era regida por Dios, es la escatología judía, conocida también como “apocalipticismo”(1).

Una de las principales creencias de muchos judíos de la época era que un hombre enviado por Dios, el Mesías, lideraría la restitución de los privilegios del pueblo judío y de la santidad en el mundo. Jesús de Nazaret, o bien sus seguidores, proclamaron que él era ese Mesías e inauguraron así el cristianismo (cristo es la palabra griega para el término judío “mesías”). Ahora bien, la muerte de Jesucristo evidenció que éste no había traído ninguna rotunda y definitiva entronización universal del Dios judío, ni ninguna ventaja tangible para Su pueblo. Pero los cristianos sostuvieron que Jesús había resucitado, subido al cielo y que muy pronto vendría por segunda vez, ahora sí, a destruir el imperante orden maligno e imponer el orden divino, no tanto para beneficio primordial de los judíos, sino para socorro de todos los que tuvieran fe en Jesús (2). Esta segunda y definitiva venida suya era la “parusía” (3).

El cristianismo heredó desde un principio, pues, las expectativas escatológicas judías. El fin del mundo estaba cerca, dentro de poco Dios lo destruiría e impondría su propio reino. El concepto de “parusía”, de hecho, era uno de los principales alicientes para convertirse a la nueva fe. Personas de cualquier origen patrio o social, sobre todo las más sufrientes, se aferraban a la esperanza de esa segunda venida de Jesús que instauraría para siempre un reinado de paz y justicia para todo cristiano sincero. Los primeros predicadores del cristianismo acicateaban sobre todo a los paganos –ya que los judíos tendieron a ser reacios a unirse a una fe que restaba algo de importancia a su condición, precisamente, de judíos- a “creer en Cristo”, es decir a convertirse para estar “en regla” con Dios cuando Jesús volviera.

Las expectativas escatológicas cristianas forzosamente evolucionaron con el tiempo. Los primeros conversos al cristianismo envejecieron y empezaron a morir sin ver el regreso de Jesús, y el apóstol Pablo tuvo que argumentar que la “parusía”, sí bien era indudable, no sería en realidad tan inminente. Y la espera se dilató: durante siglos los cristianos vivieron en una suerte de suspenso que oscilaba entre la sensación de inminencia y la espera indefinida. En el año 1.000, el péndulo osciló hacia la inquietud. Los cristianos ahora eran millones y obviamente no todos conciliaban su fe con sus acciones. Esa culpa, sumada a que se consideró sagrado un libro, el Apocalipsis de Juan, al que se atribuyó catastróficas profecías sobre el fin del mundo, hizo que cierta histeria colectiva agitara la cristiandad: el fin del mundo, más que esperado, fue temido. Pero, una vez más, la realidad –como siempre dura, sí, pero sin cataclismos universales, desgarros celestiales ni dramáticos descensos divinos- rebajó el nivel de ansiedad a niveles más razonables y la espera perdió sus visos de angustia y ansiedad.

Sin embargo, dos milenios después de su advenimiento, el cristianismo sigue siendo “apocalíptico”. El péndulo oscila de nuevo hacia las expectativas escatológicas. Aunque el catolicismo oficial –lo que hacen los católicos “rasos” suele diferir de lo que sostiene la Iglesia- ha abandonado el énfasis en la interpretación escatológica del Apocalipsis, desde el siglo XIX los movimientos cristianos irradiados desde los Estados Unidos han tomado la posta y han vuelto a agitar el temor apocalíptico y a reciclar en su prédica el argumento escatológico, captando así hombres y mujeres temerosos o desesperados.

El apocalipticismo resulta una herramienta útil a las confesiones con tendencias fundamentalistas, pues contribuye con considerable eficiencia a mantener creyentes en el redil o atraer nuevos adherentes. El temor a un catastrófico fin del mundo es una de los espantajos más blandidos para contener las tendencias al librepensamiento y por ende al laicismo. De hecho éste mismo es con frecuencia presentado como un indicio más del descarrío y la profanación extremos que precederán el Fin, y sus partidarios como servidores del mal que reinará justo antes de que la pesada mano de Dios lo aplaste para siempre.

El apocalipticismo, con su dramático despliegue de calamidades y estragos a escala planetaria, sirve como instrumento emocional efectivo que se conjuga con la sensación o la intuición, generalizada en todas las épocas, de que el mundo empeora día a día, (“todo tiempo pasado fue mejor”, reza el saber popular desde hace siglos). Bajo su sombra cada sacrilegio “moderno” (una innovación social, un invento o un descubrimiento científico-tecnológico) y aún cada acontecimiento geológico o astronómico perfectamente natural, sirven para alimentar el temor a la inminencia del fin.

La neo-escatología cristiana estadounidense ha calado hondo en la sociedad de aquel país, y por ende ha ganado un lugar en el cine y la televisión norteamericana, y a través de ellos, en el mundo, con lo cual incluso en ambientes laicos hay una suerte de pasión por las fatales caídas de asteroides, las tormentas solares devastadoras, o las aniquiladoras desviaciones del eje terrestre.

En definitiva, lo que nació como una esperanza de justicia en el reducido ambiente judío de hace 2.000 años, se ha convertido en una amenaza global de terror y aniquilación, esgrimida con mucho de cálculo y ligereza, y con poco de útil compromiso social, por cierto.

 (1) Hablar de las expectativas escatológicas judías es lo más apropiado, pero el adjetivo “apocalíptico” se ha popularizado debido a la interpretación que muchos hacen del Apocalipsis de Juan como relato que predice cuándo y cómo será el Fin del Mundo.

(2) Los cristianos, además de sostener que a su regreso Jesucristo acabaría con la corrupción mundial, también sostenían que Jesucristo ya había traído beneficios “intangibles”, o sea espirituales.

(3) “Parusía” es una palabra de origen griego que significa “presencia”, “advenimiento”, “retorno”.