ACHACANDO CULPAS AL LAICISMO

(por Cipriano Sántide Thunjiga)

La Iglesia suele advertir de los estragos sociales que sobrevendrán en los países que se inclinen por el laicismo, y a menudo recurre a ejemplos de países que ya lo habrían hecho y en los que efectivamente se acabó por incurrir en diversos tipos de atrocidades. Sus ejemplos preferidos son el comunismo y el nazismo. Respecto de la relación que la Iglesia establece entre éstos y el laicismo cabría hacer algunas aclaraciones.

La experiencia comunista de la Unión Soviética implicó -entre otras muchas cosas- un ateísmo estatal. Ahora bien, conviene clarificar qué es “ateísmo”, sobre todo porque la Iglesia se empeña -por conveniencia argumentativa y por simple propaganda para ganar oyentes despistados- en identificar ateísmo con laicismo. Esta malintencionada confusión de conceptos es una práctica de vieja data, a la que si se vuelve, evidentemente es porque siempre ha funcionado. Ateo, como todos sabemos, es quien no cree en Dios, y aunque bien podemos llamar ateo a quien promueve la no-creencia en Dios, todos percibimos  que no es lo mismo no creer que compeler a otros, por la razón o la fuerza, a que tampoco crean, por lo cual quizá convendría llamar, como hacen algunos, “antiteísta” a quienes hacen proselitismo -de la forma que sea- a favor del ateísmo. Veamos a continuación qué es ser laicista: es laicista cualquier ciudadano que, siendo creyente, agnóstico o ateo, promueve que el Estado no se inmiscuya en la religiosidad de la gente. Ahora bien, esta no intromisión del Estado, para ser real y efectiva,  implica una completa neutralidad en materia religiosa. Desde este punto de vista, en cuestiones de religión, el Estado sólo debería velar porque cada cual pueda creer libremente lo que cree (que Dios existe, que no existe, que nadie sabe realmente si existe o no, que existe y encarnó en un carpintero israelita, que lo hizo en innúmeros avatares a lo largo de infinitos eones, que Dios es el universo entero, que Dios no es más que una proyección psicológica de la inteligencia humana para sobrellevar el peso de ser consciente de su propia existencia y de su inexorable extinción, etc.). Al movimiento laicista no le cabe la función de tomar partido en la implícita disputa entre la indefinida variedad de creencia respecto a la existencia o inexistencia de Dios, en sí mismo no opta por decir que no existe –eso sería ser ateo- ni por tratar de difundir la no creencia en la divinidad –eso sería ser “antiteísta”-. La función del laicismo es, “simplemente”, la de que esa implícita disputa entre creencias -en realidad con frecuencia bastante explícita y virulenta- no degenere en imposiciones y tiranías. El laicismo promueve que el Estado garantice que cada individuo, ya sea solo o en comunidad con quienes comparten sus creencias, halle su propio camino en materia confesional. Por eso aboga porque el Estado, que es para todos, sea a-confesional –y no anti-confesional-, es decir que no otorgue privilegios a religión alguna y sí respeto a todas las formas de creencia, incluyendo -y esto es lo que más crispa a una institución como la Iglesia- las que impliquen no tener fe en la existencia de Dios. Ello debe redundar, desde la perspectiva laica, en que, por ejemplo, el Estado no utilice simbología religiosa alguna -ya que hacerlo significaría tomar partido por una creencia en particular-, o que no obligue a los ciudadanos, mediante el uso de fondos públicos que pertenecen a todos, a subvencionar a ninguna fe. Ahora bien, es evidente que esto no implica promover el ateísmo, sino ser realmente neutral en materia de creencias religiosas. El comunismo soviético era en efecto “antiteísta”, su principio no era el del respeto por las creencias del individuo –ni en materia religiosa ni en ningún otro tipo de materia-, sino el de la abierta hostilidad por todo sistema de creencias y pensamiento que hiciera peligrar el statu quo comunista-soviético. Las diferencias son evidentes para cualquier visión objetiva: el comunismo soviético efectivamente ponía el aparato del Estado al servicio de la difusión activa del ateísmo, mientras que el laicismo pretende un Estado neutral en materia religiosa. El comunismo fue una forma de totalitarismo, el laicismo aspira a que el Estado tenga una actitud democrática plena ante las creencias religiosas de los ciudadanos (ante la fe, en toda su diversidad, ante la no fe, en sus varientes agnóstica y atea) .

En cuanto al nazismo, bueno es que la institución que llamamos Iglesia Católica lo condene ahora. Lástima que cuando realmente hizo falta, no lo condenó y, más aún, se involucró en facilitar la huida hacia el hemisferio sur y hacia la impunidad, de criminales de guerra y jerarcas del Partido Nacional Socialista. El nazismo también implicó el advenimiento de un Estado totalitario, que sin embargo nunca rompió con el cristianismo, sino que lo toleró (pese a ser una religión derivada del judaísmo) y que mantuvo fluidas relaciones oficiales y extra-oficiales con jerarcas católicos de primer orden, el papa incluido. Además, el propio Estado alemán del Tercer Reich acabó asimilado por el Partido Nacional Socialista, y por ende toda su ideología, plagada de cierto excéntrico espiritismo, de espiritualismo oriental y de supersticiosas ideas místicas respecto a la prevalencia aria, acabó siendo la ideología del Estado.

Aclarada brevemente la discrepancia esencial entre laicismo y comunismo y entre laicismo y nazismo (quien se sienta particularmente interesado en este tema, puede investigar por sí mismo, ya que los hechos están sólidamente historiados en una amplia bibliografía), cabe mencionar otros ejemplos que prefiere callar la Iglesia: las dictaduras y los estados totalitarios pro-católicos. Y no hace falta remontarnos a la era de los estados confesionales de la Edad Media, que sometidos a la autoridad papal, sumieron a occidente en el autoritarismo y, con frecuencia, en el oscurantismo intelectual. En el mismo siglo XX en que medraron el nazismo y el comunismo, tuvimos la ultracatólica dictadura franquista en España, el fascismo de Mussolini en Italia o, más cercano en el tiempo, la complicidad de la Iglesia con las dictaduras del Cono Sur, que en países como Argentina, intercalaron los Te Deum y las genuflexiones con la tortura, el secuestro de niños o el arrojar al océano a opositores anestesiados, mientras se autodefinían como “cristianas”, preservaban los privilegios de la Iglesia y mantenían excelentes relaciones con los dignatarios del catolicismo.

En síntesis: el comunismo que prosperó y decayó en la fenecida Unión Soviética es esencialmente incompatible con el laicismo. Lo mismo cabe decir del Nacional Socialismo. De hecho, las atrocidades del nazismo no sólo no manchan al movimiento laicista, sino que es a otros a los que, no habiéndose apartado a tiempo, los alcanzó más de una de sus salpicaduras. Y éstas no se borrarán desviando deshonestamente responsabilidades ni promoviendo equívocos burdos.