LA EDUCACIÓN LAICA EN ARGENTINA ¿ESTÁ EN PELIGRO?

LA EDUCACIÓN PÚBLICA LAICA ESTÁ EN PELIGRO

Debate. Marcelo Alegre y Nahuel Maisley (Vea el artículo original publicado en el periódico CLARÍN haciendo clic AQUÍ)

Desde hace más de ciento treinta años, la legislación argentina prohíbe la inclusión de contenidos religiosos en los programas educativos de las escuelas públicas. El consenso sobre este punto, vital para la construcción de un Estado plural y respetuoso de los derechos humanos, fue alcanzado muy tempranamente en nuestro país, y fue plasmado con claridad en el artículo 8 de la ley 1420 de 1884, símbolo de la educación laica, gratuita y obligatoria. Desde la sanción de esta norma, que reglamenta una serie de derechos constitucionales, y que por lo tanto es aplicable a todo el territorio nacional, la enseñanza religiosa en las escuelas públicas ha estado prohibida en horario de clases.

 Esa disposición está por ser formalmente derogada por el Congreso de la Nación, a espaldas de la ciudadanía, y con argumentos técnicos deficientes. Pese a una observación que presentamos con otros académicos, y a la oposición del Diputado Manuel Garrido, la Comisión Bicameral del Digesto Jurídico Argentino, con mayoría oficialista, entendió que esa prohibición establecida en 1884 ya no debe considerarse vigente en nuestro sistema jurídico, primero, porque fue derogada implícitamente por las subsiguientes leyes nacionales de educación, y segundo, porque ninguna otra norma incluye tal restricción.
Ambos argumentos son erróneos. En primer lugar, de ningún modo puede considerarse que la Ley Federal de Educación de 1993 (Ley 24.195) o la Ley de Educación Nacional de 2006 (Ley 26.206) hayan derogado implícitamente el artículo 8 de la ley 1420. Por un lado, estas normas no tienen disposiciones específicas relacionadas con los contenidos religiosos. Por otro lado, los principios abstractos establecidos en ambas leyes son completamente compatibles con la regulación de la ley 1.420. Por ejemplo, el artículo 27.h) de la ley de 2006 dispone que la educación primaria tiene entre sus objetivos “brindar una formación ética que habilite para el ejercicio de una ciudadanía responsable y permita asumir los valores de libertad, paz, solidaridad, igualdad, respeto a la diversidad, justicia, responsabilidad y bien común”. Esto es evidentemente compatible con el artículo 8º de la ley 1420 que busca, en efecto, el respeto por la diversidad de los distintos cultos sin que se afecte una formación ética capaz de habilitar el ejercicio de una ciudadanía responsable.
En segundo lugar, sí existe otra norma que conflictúa con la inclusión de contenidos religiosos en la educación pública, y es la Constitución Nacional, que protege con claridad la igualdad, la autonomía y la privacidad. Como ha sostenido nuestra Corte Suprema de Justicia, “es nuestra propia Constitución la que reconoce los límites del Estado frente a la autonomía individual. El art. 19 establece la esfera en la que el Estado no puede intervenir. La combinación de este artículo con los vinculados a la libertad de cultos y a la libertad de conciencia no permiten dudar respecto del cuidado que los constituyentes pusieron en respetar la diversidad de pensamientos y no obligar a los ciudadanos a una uniformidad que no se condice con la filosofía liberal que orienta a nuestra norma fundamental” (Fallo “Portillo”, cons. 16). Si el Estado enseñara religión a los ciudadanos, estaría yendo más allá de su esfera de acción constitucionalmente admitida.
Por otra parte la laicidad de la enseñanza pública es exigida por el valor de la igualdad, plasmado en el artículo 16 de la Constitución. En efecto y como lo reconociera la propia justicia de Salta en primera instancia al fallar sobre la enseñanza religiosa obligatoria en dicha provincia, dicha enseñanza tiene efectos discriminatorios más allá de las motivaciones que la impulsan. Sucede que de hecho es imposible proteger a las niñas y niños de todos los establecimientos públicos contra los riesgos de manipulación y adoctrinamiento de personas vulnerables por su edad, y contra el peligro de estigmatización y otras formas de violencia que recaen sobre los niños no católicos.
Hoy deberíamos pensar en fortalecer y no en derogar la protección de la ley 1420 contra la discriminación religiosa, en aplicación de las cláusulas igualitarias de la Constitución de 1994 y los tratados de derechos humanos incorporados a la misma. Existe una contradicción fundamental entre escuela pública y enseñanza religiosa, ya que la escuela es el espacio de la formación crítica, igualitaria, racional y desprejuiciada; no es el lugar indicado para el proselitismo religioso, ni antes, ni durante, ni después de las clases. En lugar de proyectar hacia adelante el sentido modernizador e igualitario de la ley 1420, hoy enfrentamos un posible retroceso de ciento treinta años respecto de uno de los pilares de nuestra democracia constitucional: la separación entre religión y educación pública.

Marcelo Alegre y Nahuel Maisley son profesores de la Facultad de Derecho de la UBA.

EL CRITICADO LAICISMO FRANCÉS PUEDE SER ÚTIL EN AMÉRICA LATINA – Por Gastón Pardo

Este artículo fue publicado originalmente en voltairenet.org y usted puede acceder a la página y artículo original haciendo clic AQUÍ

Gastón Pardo es graduado de periodismo en la Universidad Nacional de México. Cofundador del diario Libération. Corresponsal de la Red Voltaire en México.

Pardo, GastonPor laicismo se entiende la acción reguladora del Estado a través de sus órganos de gobierno para alcanzar la convivencia social ordenando la actividad de las instituciones denominadas iglesias. El laicismo es, así, un instumento que somete la aspiración hegemónica de cada credo a ser asumido como el verdadero y único, y para hacer valer los intereses de la nación en conjunto sobre intereses particulares incluyendo a los religiosos.

En América Latina el boom multirreligioso se disparó en los últimos 20 años. Como ejemplo se puede mencionar que en 1984 había unas quinientas obediencias pentecosteses mientras hoy llegan a 3 mil. Todas ellas, lo mismo que el credo mayoritario, el católico, los protestantismos, las religiones paracristianas como los Testigos de Jehová e incluso los musulmanes, se esfuerzan por logar la imposición de sus creencias y en contrapartida la extinción de las ajenas porque su victoria tendría que ser entendida como la demostración de la magnificencia de su propio dios. Todas las manifestaciones religiosas son, pues, excluyentes y sólo el estado puede garantizar que todas sin excepción se beneficien del respeto mutuo mediante una estrategia laicista emprendida sin cortapisas y sin excepciones por los órganos gubernamentales.

El pluralismo religioso que impregna a las sociedades latinoamericanas no es consecuencia del globalismo financiero que empezó a tomar las riendas de los estados a finales de la década de los ochenta. Desde mucho antes de de la caída del bloque socialista europeo ya se notaba en mucha partes del mundo la proliferación de grupos que manejaban distitos mensajes salvíficos y esperanzas redentoras, para responder a la monotonía que se habría de enseñorear del planeta en los años por venir.

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Estudiantes francesas musulmanas protestando por la ley que les obliga a quitarse el velo islámico en los colegios.
Foto D.R.

El debilitamiento del estado nacional apenas comenzaba a hacerse sentir con la puesta en marcha del principio de la soberanía limitada que se fue imponiendo desde las metrópolis a los países del Tercer Mundo. La exigencia general fue un grito por la privatización de todo, incluso del aire, como lo proclamó el peruano Fernando de Soto. Por eso a nadie extraña que ahora los privatizadores se reserven el derecho a señalar cuáles son los credos útiles a la sociedad y cuáles no. De tal manera, organismos como el Instituto Cristiano de México son los que en medio de escándalos intentan bloquear la viabilidad de los grupos religiosos que les causan disgusto y a los que atribuyen una naturaleza contraria a los intereses del estado, sin que los organismos judiciales hayan ejercido su competencia en la materia.

La pluralización del campo religioso sigue su marcha y tiene que convivir a la vez con singularidades como las étnicas o los organismos no gubernamentales que aspiran a que la sociedad cuente con medios de ejercicio de sus derechos en medio de la borrasca legislativa y de la corrupción irreversible de los jueces.

Los organismos religiosos son asociaciones multitudinarias mientras que las ONG no son más que grupúsculos cuya influencia oscila entre el campo religioso y el étnico para en seguida desplazarse al ámbito de las complicaciones estrictamente urbanas, donde se suelen expresar aspiraciones particulares como las de los desempleados, de las amas de casa y de quienes están hastiados de la inseguridad pública.

La multirreligiosidad se diluye entre otras minorías, y las exigencias de éstas a su vez están nutridas en una previa asociación religiosa. Uno de los síntomas de los neosincretismos es que por lo menos las asociaciones religiosas mayores cuentan ya con su propia ONG de derechos humanos con la que apuntan a recibir respeto y a darlo. Pero el neosincretismo puede conducir también a la aspiración a influir en el entramado político, pues a pesar de que el laicismo ha seguido en México específicamente, una ruta lógica, desde los Acuerdos de 1929 en que se estableció el modus operandi de la iglesia mayoritaria con el estado, éste no ha cesado de considerarla merecedora de privilegios.

El segundo grupo religioso en importancia numérica, La Luz del mundo, fue reconocida el 16 de junio por el Partido de la Revolución Democrática (PRD) por su labor social. Ante una público de 10 mil personas el director internacional de esa iglesia, Samuel Joaquín, aceptó el reconocimiento de la formación política, que su imagen estuviera ya deteriordada por el escándalo permanente, fue a su vez reconocida por el dirigente religioso asignando a su iglesia un carácter mediador con los desposeídos.

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Manifestación de estudiantes musulmanes en París el 14 de febrero 2004.
Foto D.R.

Una frase textual demuestra las preocupaciones y las aspiraciones de los grupos minoritarios de México. Dijo don Samuel Joaquín: «Hay muchos problemas por resolver. Hay mucho, mucho por hacer. Hagamos un esfuerzo extraordinario no para el lucimiento personal, no por un partido, no por una organización. Las clases marginadas nos esperan. Que la pobreza y la ignorancia de muchos mexicanos sea el detonante necesario para sentirnos comprometidos en esta noble tarea comunitaria».

La Luz del Mundo ha insistido en los últimos años en la vigencia urgente de la laicidad que está en el centro de la fundación de la repúlica. El laicismo tuvo un signo negativo cuando en su nombre la institución católica fue sometida a los intereses del estado nacional y de la sociedad. El laicismo adquiriría un carácter positivo en cuanto se convierte en regulador de la convivencia de la diversidad religiosa. El problema es que el estado y el gobierno encargados demuestran su debilidad bajo el pero abrumador de la tarea laicizadora.

Por ello, el modelo francés laicista, aprobado por la Asamblea Nacional el 10 de febrero último, que prohibe el uso de signos religiosos ostentosos, es decir, singularizadores, ha causado una polémica en espera de conclusión en Francia y en Europa. Pero las minorías mexicanas lo admiten como modelo benefactor, lo cual es comprensible porque la pobreza es casi general y lo que menos desean los millones y millones de menesterosos es verse arrastrados a conflictos parcelarios, que se podrán evitar con sólo prohibir el uso de signos que en ocasiones atraen y en otras producen discriminación.

5 DE JUNIO, INICIO DE LA REVOLUCIÓN LIBERAL EN ECUADOR, FIESTA PARA EL LAICISMO

eloy_alfaro POR: EDUARDO ORTEGA · FUENTE: LA PRENSA – ECUADOR · 5 JUNIO, 2015

Quizás la Revolución Liberal es el hecho histórico más importante del Ecuador, en razón de que se busco terminar el despotismo que caracterizaba a la época por el contubernio de la iglesia y el tirano gobernante, y es perfectamente loable porque se hizo con la lucha de los sectores populares movilizados en las guerrillas montoneras, el campesinado serrano y costeño, los artesanos, la juventud, los intelectuales progresistas, etc. quienes impusieron cambios como la construcción del ferrocarril Guayaquil Quito, Registro Civil, regulación del matrimonio, beneficencia, despojo de latifundios a la iglesia, libertad de expresión conciencia y culto etc. El laicismo ha constituido por muchos años el concepto fundamental sobre el cual se han cimentados los Estados modernos. La separación del Estado respecto de cualquier creencia religiosa ha cumplido con el objetivo central de permitir al ciudadano el ejercicio del libre albedrío y de su libertad individual, especialmente teniendo el derecho de expresar libremente su palabra. La revolución Alfarista estableció la educación laica, el pueblo y las mujeres podían estudiar y llegar al conocimiento, en definitiva, ser poder. En 1944 se logró definitivamente consolidar la educación laica fiscal gratuita y de calidad al servicio del pueblo. Con el transcurso del tiempo el laicismo ha conseguido que el estado no auspicie ni promocione creencia religiosa alguna, ya que esa facultad de fuero interno corresponde a la persona en donde no interviene el poder público; sin embargo, el auspicio a la venida del Papa, parece de alguna manera que contrapone este enunciado.

CARTA EUROPEA POR LA LAICIDAD Y LA LIBERTAD DE CONCIENCIA

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Documento fechado el sábado 3 de mayo de 2014Publicado el miércoles 15 de mayo de 2014 en  Laicismo.org

Documento escrito por Europa Laica.

 

 

PROCESOS DE LAICIZACIÓN EN EL CONTEXTO EUROPEO (1)

El objetivo de la laicidad debe ser una meta en la construcción europea, para lograr un marco de protección de la libertad de conciencia por encima de fronteras nacionales. 

Este objetivo todavía es un reto pendiente, existiendo contrastes y diferencias muy profundas entre los diferentes Estados. Hay países con una mayor tradición laicista, como la del modelo francés, originario del laicismo, y otros donde todavía hay una fuerte presencia del confesionalismo y el clericalismo en las políticas públicas, como por ejemplo en España. 

Además, tras la reforma del Tratado Constitucional europeo de Lisboa de 2007, y en contra de esa aspiración, se expresa que las instituciones europeas no prejuzgarán y respetarán, en virtud del Derecho interno de cada Estado, las relaciones internas de éstos con las religiones u otras entidades filosóficas y no confesionales y expresa, además, que mantendrá un diálogo abierto con las religiones. Lo anterior, unido a una corriente de opinión política sesgada sobre unas supuestas “raíces cristianas” de los países europeos, deja a la ciudadanía sin derechos comunes de carácter europeo a los que acogerse en materia de libertad de conciencia. Lo mismo ocurre con el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, cuyos dictámenes casi nunca entran en conflicto con legislaciones o decisiones políticas o jurisdiccionales de cada Estado.

(1) En esta Carta se entiende por “contexto europeo” al conjunto de países de Europa, más allá de los que están integrados en la Unión Europea, e independientemente de las organizaciones internacionales en las que estos se integren.  

INTRODUCCIÓN

La laicidad debe formar parte de todo proyecto jurídico y político de un Estado Democrático y de Derecho y por tanto -también- de las organizaciones de ámbito superior que los pueblos europeos acuerden libremente construir para extender y unificar sus conquistas sociales y democráticas.

La laicidad se asienta en tres principios intrínsecos a la propia democracia y a los Derechos Humanos: 

  • La libertad de conciencia.
  • La igualdad de derechos sin privilegios ni discriminación.
  • La universalidad de las políticas públicas.

Lo que implica la clara distinción entre el ámbito público y el privado, y la estricta separación entre la política y las religiones u otros particularismos. Sin embargo, en el conjunto europeo, se percibe una situación acelerada de pérdida de derechos y libertades cívicas en casi todos los campos.

 Ideologías, como las religiosas y las neoliberales, imponen sus formas excluyentes de entender el mundo y las relaciones interpersonales, su moral y dogmas particulares, y sus políticas sociales desiguales al conjunto de la ciudadanía, generando, con ello, enormes desigualdades sociales y económicas y recortes de derechos a la mayoría de la población y especialmente a los grupos más desfavorecidos por razón de clase social, sexo, orientación sexual, origen étnico o nacional, capacidades funcionales, etc.

Se hace, por tanto, necesario impulsar el laicismo como movimiento a favor de la laicidad en todo el ámbito europeo. Por ello Europa Laica propone a la sociedad civil y a sus organizaciones de base, a los partidos políticos, a los diferentes gobiernos y a las instituciones europeas, la siguiente: 

CARTA EUROPEA POR LA LAICIDAD Y LA LIBERTAD DE CONCIENCIA

1. Libertad de conciencia

Ha de ser una prioridad de las instituciones de los Estados promover y garantizar la plena libertad de conciencia, de pensamiento y de expresión de todas las personas, independientemente de su origen o nacionalidad. Así mismo, debe respetarse la estricta separación de los Estados respecto de las confesiones religiosas y los particularismos.

2. Ninguna prohibición por cuestiones dogmáticas.

Las estructuras cívicas, jurídicas, políticas, culturales y sociales deben organizarse respetando todas las libertades individuales y colectivas asociadas al interés general y al disfrute de los bienes públicos, sin que intereses particulares de carácter dogmático, ya sean religiosos o no, puedan extenderse al conjunto de la ciudadanía.

La libertad de expresión (en todas sus formas: artística, de cátedra…) estará garantizada, sin que el Estado ni ningún grupo de presión, confesional o relativo a una comunidad o corporación ideológica concreta, pueda conseguir limitarla en nombre de prohibiciones que solo afectan a sus propios miembros.

La puesta en práctica de los adelantos logrados por las investigaciones científicas y tecnológicas, gozará de una completa libertad, ateniéndose únicamente al marco de las leyes civiles votadas por las instancias democráticamente elegidas y legalmente responsables, siempre que no sean producto de interferencias religiosas o particularismos ideológicos. Las opiniones (o prohibiciones) de tipo religioso no serán tenidas en cuenta por la legislación europea en tanto supongan elementos de discriminación o privilegio alguno en contra de los principios del laicismo.

Los Estados también garantizarán la libertad de conciencia para que nadie sea sometido a tratamientos médicos contra su voluntad ni a  prácticas innecesarias o degradantes, respetando siempre la voluntad de las persona en su derecho a morir dignamente, legalizando jurídicamente el derecho a la eutanasia y al suicidio asistido.

3. Independencia de los Estados en relación a las iglesias y a las religiones

Las instituciones europeas asegurarán su independencia absoluta en relación a las confesiones religiosas, a los cleros y a sus influencias confesionales.

Los Estados eliminarán o evitarán todo tipo de Acuerdos o Concordatos con las confesiones religiosas para evitar limitaciones a la libertad de conciencia o interferencias en las leyes cívicas comunes al conjunto de la ciudadanía.

Las responsabilidades cívicas, sociales, culturales y educativas que se deriven de las políticas europeas serán asumidas por los servicios públicos correspondientes y no se pondrán en manos de entidades privadas, incluidas las dependientes de las confesiones religiosas.

En materia de religión, el ejercicio de los derechos legítimos (individuales y colectivos) estará garantizado en el marco de la esfera privada de la que emanan, sin interferir nunca con el ámbito público y político.

Las diferentes confesiones no serán financiadas por los Estados. Asimismo, deberá armonizarse el tratamiento fiscal a las entidades religiosas, eliminando todas las exenciones y bonificaciones fiscales de las que se beneficien. En su caso, hasta la total autofinanciación y supresión de privilegios fiscales, existirá un control público y transparencia total por parte de los Gobiernos de la financiación que otorguen, en sus distintas formas, a las entidades religiosas.

Las entidades religiosas deberán regularse por el derecho privado y, por tanto, no podrán ser tratadas como entes públicos, así como deberá desaparecer la regulación del delito de blasfemia de los ordenamientos jurídicos de toda Europa.

Los símbolos religiosos o de otra naturaleza ideológica particular, no estarán presentes en actos oficiales públicos, ni en locales de titularidad pública en ningún Estado europeo. También deberá eliminarse la presencia de los representantes políticos y cargos públicos, en su calidad de tales, de todos los actos litúrgicos y confesionales religiosos o de cualquier otra naturaleza ideológica particular, así como también la intromisión de los ceremoniales religiosos en los actos civiles.

Ningún Estado ni institución pública europea reconocerán al Vaticano, ni a la Santa Sede, como un Estado y, por lo tanto, no mantendrán relaciones diplomáticas de esa naturaleza, ni tampoco en el marco de las Naciones Unidas y de sus organizaciones internacionales.

4. Derechos de las mujeres

Se garantizarán, sin ambigüedad, los derechos de las mujeres y la igualdad para participar en la vida política y social. Ninguna limitación debida a especificaciones confesionales, étnicas o de pertenencia a una comunidad o corporación concreta será tenida en cuenta por las leyes europeas o de sus Estados. La libertad de conciencia de las mujeres para ejercer la maternidad o la interrupción del embarazo, en el marco de sus derechos sexuales y reproductivos, se ha de poder ejercer en todos los países europeos de forma libre y dentro del ámbito público. Quedará prohibida cualquier tipo de violencia contra las mujeres y será motivo de desarrollar una campaña en contra a nivel mundial por parte de los países europeos.

5. Derechos de la Infancia y la Adolescencia

Se protegerá específicamente el derecho a la libertad de conciencia de la infancia y adolescentes independientemente de las convicciones ideológicas de sus padres, madres o tutores.

En las leyes que rijan en Europa se tendrá en cuenta la condición de niñas, niños y adolescentes como ciudadanas y ciudadanos libres preservándolos de todo condicionamiento doctrinario o dogmático de carácter coactivo, incluyendo las mutilaciones sexuales con pretextos religiosos o supuestamente culturales y la imposición, por parte de los adultos, de cualquier religión, rito o convicción ideológica.

Se prohibirá el trabajo infantil y esa prohibición se extenderá a las empresas o corporaciones europeas que mantengan fábricas fuera de Europa, así como se tomarán medidas contra el trabajo infantil en otros países.

6. Educación Pública y Laica en Europa

Todos los países europeos garantizarán una Educación Pública, Democrática y Laica a su ciudadanía, conformada hacia el desarrollo de la personalidad, la libertad de conciencia, la igualdad y la plena ciudadanía, a través de contenidos curriculares universales de carácter científico, artístico y humanístico, sin ninguna presencia de adoctrinamiento religioso en el currículum ni en la simbología.

7. Derechos de los Migrantes

Los desplazados de otros países a cualquier país europeo por motivos sociales, económicos o políticos, gozarán de los mismos derechos, deberes y libertades que los nativos del país de acogida. Siempre prevalecerá el Derecho europeo en materia de derechos y libertades sobre las legislaciones nacionales de origen que los limiten o vulneren.

8. Respeto mutuo e identidad de derechos y deberes.

Las instituciones europeas deben permitir y promover la práctica del respeto mutuo en relación a las diferencias étnico-culturales, en el marco de una total identidad de derechos y deberes para todos los ciudadanos y ciudadanas. Deben combatir toda laxitud con respecto a movimientos racistas o segregacionistas, tanto en el plano de las políticas públicas o privadas como en la vida social. Deben respetar el principio fundamental según el cual el legítimo derecho a la diferencia no puede dar lugar a una inaceptable diferencia de derechos.

9. Solidaridad entre los pueblos.

Las instituciones y organismos internacionales europeos instarán a los gobiernos nacionales a llevar a cabo acciones solidarias entre los pueblos, en especial hacia los Estados con mayor pobreza y exclusión social. Esta solidaridad tiene como objetivo lograr soluciones de justicia social concebidas en un marco muy amplio y sin las cuales ningún desarrollo económico y en cuanto a los derechos y libertades individuales es posible.

10. Libre difusión y propagación de los valores laicistas.

Las instituciones europeas promoverán y velarán por la laicidad de todas las normas y recomendaciones que emanen de dichos organismos. La laicidad institucional será objeto de un estricto respeto por su parte, facilitarán su fomento y su propagación con vistas al interés general y a la cohesión social, instando a todos los Estados europeos a que sus constituciones y demás leyes internas se fundamenten en los principios laicistas. En su caso se instará que estos principios se puedan difundir sin ningún tipo de obstáculo en cualquier Estado.

11. La laicidad, garantía de una Europa de paz civil y de armonía.

Los valores filosóficos, éticos, morales, democráticos y cívicos sobre los que se funda el laicismo lo convierten en aceptable para todas las mentes imbuidas de libertad, de respeto mutuo y de justicia. Tiene, pues, una vocación universal, ya que propone soluciones positivas y oportunas para numerosos problemas sociales y cívicos que se plantean en la mayoría de los países europeos y en otras partes del mundo. Lo que también implica principios de justicia universal y persecución de los crímenes contra la humanidad por parte de la justicia nacional y europea más allá incluso de sus fronteras.

En consecuencia, resulta esencial y conforme al interés general de los individuos, de los grupos sociales y de las colectividades nacionales que el laicismo se tenga en cuenta y se fomente en el seno de Europa y en su política exterior y que sirva de fundamento para el logro de una ciudadanía solidaria.

REIVINDICACIONES CONCRETAS POR LA LAICIDAD Y LA LIBERTAD DE CONCIENCIA EN EUROPA

A partir de los planteamientos que se indican en esta Carta por la Laicidad y la Libertad de Conciencia, se concluyen las siguientes Reivindicaciones concretas como mínimos de laicidad en el ámbito europeo:

LIBERTAD

  • Reconocimiento pleno y máximas garantías de la libertad de conciencia, pensamiento y expresión.
  • Abolición de todos los delitos de blasfemia.
  • Estricta separación de los Estados e instituciones públicas respecto de las confesiones religiosas o los particularismos. Inclusión de los principios laicistas en las legislaciones nacionales y europeas.
  • Reconocimiento de las entidades religiosas en el Derecho privado al mismo nivel que cualquier otra asociación.
  • Eliminación de todo Concordato con la Iglesia Católica o de cualquier otro Acuerdo con cualesquiera otras confesiones religiosas por parte de cualquier Estado o institución europea.
  • Eliminación de toda financiación pública de las religiones y de todo privilegio fiscal.
  • Estatuto de laicidad para cargos y espacios públicos que impida la presencia de representantes públicos en actos religiosos así como de simbología religiosa en el ámbito público.
  • Ningún reconocimiento político del Vaticano como Estado en el contexto de la comunidad internacional.
  • Garantía de la libre expresión de los principios e ideas laicistas, y cauces de participación de las organizaciones laicistas con las instituciones en aquellos asuntos que les conciernan directamente.
  • Creación de un Observatorio Europeo sobre la Laicidad.

IGUALDAD

  • Garantizar para toda la ciudadanía europea una escuela pública, inclusiva, universal, democrática, gratuita y laica.
  • Prohibición de toda forma de discriminación por cualquier razón física, intelectual, socioeconómica, de género, orientación sexual, origen étnico o nacional o de otra clase.
  • Respeto a la autonomía del paciente y reconocimiento del derecho a la eutanasia y al suicidio asistido.
  • Plena igualdad de derechos entre mujeres y hombres.
  • Reconocimiento y garantías para el derecho a la libre interrupción del embarazo.
  • Prohibición de cualquier tipo de violencia contra las mujeres.
  • Reconocimiento y protección de los derechos de la infancia y la adolescencia, también a su libertad de conciencia y a no ser adoctrinados en el ámbito familiar ni escolar.
  • Prohibición del trabajo infantil.
  • Igualdad de derechos para las personas migrantes y prevalencia del Derecho europeo en materia de derechos y libertades respecto de la legislación nacional de origen.
  • Prohibición y persecución de toda forma de racismo, segregacionismo o discriminación.

SOLIDARIDAD

  • Prestación pública y directa de los servicios públicos sin injerencias religiosas o privadas. Políticas públicas activas contra la pobreza y la exclusión social.
  • Política exterior de paz, solidaridad y cooperación entre los pueblos.

FRANCISCO, ¿UN PAPA NUEVO?

Papa_Francisco_en_el_Aula_Pablo_VIEl último miércoles 13 de marzo, gran parte del mundo, católico o no, vio con sorpresa cómo los cardenales de la Iglesia Católica elegían por primera vez en la era moderna un papa proveniente de la periferia del mundo. Acto seguido, al presentarse en sociedad, el flamante papa Francisco comenzó a desplegar una serie de gestos que lo hicieron contrastar con la enorme mayoría de los papas anteriores: ni ropajes suntuosos, ni crucifijos de oro, ni automóviles de lujo. Tampoco áridos discursos teológicos, sino simples palabras comprensibles hasta para el fiel más inculto. Digna sencillez, podría decirse, y eso también fue una sorpresa. Sin embargo, los gestos de humildad material no deberían sorprender en un hombre que, ante el Dios en quien cree, ha hecho votos de pobreza, y la sencillez discursiva debería ser lo usual en cualquiera que desempeñe una misión pastoral universal. En un mundo en el que las cosas no suelen ser como sería justo y coherente que fueran, un papa que se visualiza como humilde y sencillo resulta sorprendente y genera inmediata aprobación popular.

Claro que no todas las reacciones han sido aprobatorias para el nuevo papa. En este sentido, la sombra más oscura que se ha cernido sobre él es la acusación de haber tenido algún grado de colaboración con la sangrienta dictadura argentina (1975-1983), pero además de no haber ninguna prueba real de ello, importantes representantes de organismos de los derechos humanos, involucrados en la investigación y denuncia de los crímenes cometidos por dicha dictadura, han negado que tal colaboración haya existido.

Pero si la versión de que el actual papa Francisco colaboró con una dictadura corrupta y violenta es mentira, no lo es que cuando fue el obispo Bergoglio de Buenos Aires operó, como otros clérigos, para que los parlamentarios argentinos –elegidos democráticamente por los ciudadanos, y por ende legisladores legítimos – en materia de salud reproductiva, educación sexual, unión conyugal y otros derechos individuales, no osaran hacer leyes que no acataran la doctrina de la Iglesia.

Ahora bien, es cierto que los gestos de humildad son bienvenidos, pero también que los gestos son exterioridad, y que no necesariamente revelan lo interior. Mucho se ha dicho sobre cuán reprochables resultan la pompa, el lujo y el boato –por no hablar de los negocios- de una institución, la Iglesia Católica, que se pretende heredera de un dios que al fin y al cabo eligió humanizarse en la humildad de un obrero, en el seno de un pueblo sometido y violentado; en este mismo sentido, reprochable es también el enriquecimiento material a expensas de los estados “católicos”. Pero hay que decir, asimismo, que no es menos reprochable la manera autoritaria de imponer ideas dogmáticas mediante operaciones políticas que tampoco se parecen al accionar de un Dios predicante que se habría ganado a los fieles con la fuerza de la palabra y el sacrificio por los demás. La Iglesia actual, por no hablar de la del pasado, hace de los contactos políticos y de la presión a funcionarios gubernamentales, una herramienta habitual para defender sus privilegios políticos y económicos e imponer a toda la sociedad sus concepciones dogmáticas particulares.

Más que gestos de humildad material –que como dijimos, son bienvenidos-, se necesita que la Iglesia realice el acto ético de independizarse del sostén económico que le proveen tantos estados, muchos de ellos no precisamente ricos, como es el caso de los estados de América Latina, de donde proviene precisamente el nuevo papa. Más que gestos de sencillez discursiva, se necesita el acto de humildad intelectual de renunciar a imponer por cualquier medio, dogmas propios a quienes son ajenos a ellos. Y al respecto ningún papa ha hecho ni gestos, ni verdaderos actos. Bergoglio no los hizo como obispo de Buenos Aires, pero habida cuenta de la expectación que generan los gratos gestos que exterioriza, no nos resignamos a no esperar que finalmente los haga Francisco, y se convierta así, verdaderamente, en un papa nuevo.

EL LAICISMO, OPCIÓN CRISTIANA

tamayo-webPor JUAN JOSÉ TAMAYO Doctor Cátedra de Teología. Universidad Carlos III de Madrid (publicado originalmente en Público.es).

La jerarquía eclesiástica y las organizaciones católicas conservadoras se han conjurado contra el laicismo, recurriendo a todos los medios a su alcance, incluidas las movilizaciones de la ciudadanía en alianza con el PP y la ocupación del espacio público para desestabilizar la democracia. A su vez, boicotean cualquier iniciativa que vaya hacia el Estado laico.

El cristianismo no debe de adoptar una actitud beligerante

La estrategia antilaicista episcopal comienza con un peligroso juego que consiste en establecer una distinción entre laicismo y laicidad. Se trata de una operación lingüística nada inocente que califica negativamente al laicismo como religión de sustitución y lo presenta como enemigo de las creencias religiosas.

Dos ejemplos. El cardenal Tarsicio Bertone, secretario de Estado del Vaticano, define erróneamente el laicismo como «hostilidad contra cualquier forma de relevancia pública y cultural de la religión, en particular contra todo símbolo religioso en las instituciones públicas». El cardenal Rouco Varela, presidente de la Conferencia Episcopal Española, va más allá y afirma que «el Estado moderno en su versión laicista radical desembocó en el siglo XX en las formas totalitarias del comunismo».

Los mismos sectores eclesiásticos elogian la laicidad y se refieren a ella con adjetivos como «sana», «positiva», «inclusiva». En dicha valoración coinciden políticos conservadores como el presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, y el Papa Benedicto XVI. Estamos ante una trampa del lenguaje político-religioso para que la Iglesia católica recupere el protagonismo en la esfera política, en el terreno moral, en el plano cultural, en el ámbito educativo y en la cohesión social, y para la presencia o la permanencia de los símbolos católicos en el espacio público.

Jesús de Nazaret fue un judío laico, crítico de la jerarquía religiosa

¿Es verdad que el cristianismo resulta incompatible con el laicismo y tiene que adoptar una actitud beligerante frente a él? Decididamente no. El laicismo y la secularización no son males a combatir por los cristianos, sino que se encuentran en la entraña misma del cristianismo. Este surge como religión laica y se desarrolla como tal durante sus primeros siglos, donde no aparece el más mínimo atisbo de confesionalidad de las instituciones civiles y menos aún de legitimación del orden establecido.

Jesús de Nazaret, su fundador, fue un judío laico, crítico con el Estado teocrático y las autoridades religiosas legitimadoras del Imperio romano. Lo que pone en marcha no es una iglesia aliada con el poder, sino un movimiento igualitario de hombres y mujeres, cuya traducción histórica es una sociedad justa. Hasta el siglo IV, el cristianismo defendió la más radical separación entre la Iglesia y el Imperio. Los cristianos se negaron a adorar al emperador y no reclamaban privilegios del Estado. Su vida no se distinguía del resto de los ciudadanos, como reconoce la Carta a Diogneto, importante documento cristiano del siglo III.

Esta idea es ratificada 17 siglos después por el Concilio Vaticano II (1962-1965), que se muestra partidario de la secularización, entendida como autonomía de las realidades terrenas, y de la separación entre Iglesia y Estado. Como afirma el teólogo alemán Baptist Metz, la secularización «es un acontecimiento originalmente cristiano» y una exigencia fundamental del cristianismo. Sin este, quizá no hubiera sido posible la democracia, cree el filósofo de la religión Marcel Gauchet, quien define certeramente al cristianismo como «la religión de la salida de la religión».

LAICIDAD EN LA EDUCACIÓN ARGENTINA

(Este es un artículo publicado originalmente en el sitio ALERTA RELIGIÓN el domingo 15 de agosto de 2010)

Como hablábamos de la educación católica cuasi-obligatoria que se está impartiendo en las escuelas públicas de Salta, se me ocurrió ahondar un poco en el tema de la laicidad educativa, que hemos tratado ya alguna que otra vez. En Argentina la educación pública estatal es gratuita y, en principio, laica; ése es el espíritu de la famosa Ley 1420, que formalizó las ideas liberales de fines del siglo XIX. Pero la educación pública primaria es responsabilidad de los estados provinciales, por lo cual hay provincias donde la laicidad se respeta, y otras, como Salta, donde indoctrinar a los alumnos de las escuelas públicas en una religión es un mandato constitucional. La Constitución Nacional no es explícitamente laica: si una Constitución provincial dice que los niños deben ser “educados” en los “valores” del catolicismo tradicional, no hay forma de recusarla. El problema se agrava porque incluso donde la educación pública es laica —con ocasionales lapsus menores—, los padres anotan cada vez más a sus hijos en escuelas privadas, que les garantizan (ésa es la percepción social común) una mejor calidad educativa. Los maestros públicos hacen huelgas; muchos de sus alumnos son pobres y tienen problemas de conducta; las escuelas no son administradas eficientemente ni mantenidas en buenas condiciones… La escuela pública argentina, que solía ser la Gran Igualadora, se ha venido convirtiendo en sinónimo de “escuela para pobres”. La educación privada funciona bajo un régimen de subsidios estatales y cobro de cuotas. Por ley, una escuela privada puede cobrar a los padres de los alumnos una cuota mensual máxima con un monto inversamente proporcional al porcentaje de subsidios que recibe del estado para pagar los sueldos de sus maestros (el resto de los gastos de funcionamiento corren por cuenta de la escuela). La Iglesia Católica tiene en la mira, por tanto, dos grandes premios: uno, las escuelas públicas, donde la mayoría de los alumnos concurre, mal que les pese a los padres, porque no pueden pagar una cuota; el otro, los subsidios a las escuelas confesionales. Es notable que no sabemos con seguridad cuántas escuelas son confesionales; por estimaciones se sabe que son la mitad, aproximadamente, de las privadas, y la inmensa mayoría son católicas. Lo que ocurre en Salta, provincia con altos niveles de pobreza y desigualdad social, responde al primer punto: la Iglesia busca mantener como público cautivo a niños que no pueden ir a buscar educación secular a otra parte. (Sin un toque de humor, la situación es deprimente.) La disputa por el segundo punto se pudo observar recientemente cuando la provincia de Buenos Aires advirtió que iba a revisar los montos de los subsidios, causando una reacción furibunda del episcopado local. Buenos Aires invierte tres mil millones de pesos anuales en subsidiar a las escuelas privadas. El obispo Héctor Aguer se presentó ante el gobernador junto con veinte de sus colegas y pasó factura. El gobierno debió aclarar que sólo se distribuirán mejor los subsidios, privilegiando “a colegios con bajos aranceles y de barrios carenciados”. Es obvio que el dinero que va a las escuelas privadas podría y debería ir a más y mejores escuelas públicas, pero el Estado hace tiempo que dio por perdida esa batalla. Se entiende como derecho de los padres el pedir que sus hijos reciban del Estado una educación que respete sus (las de los padres) convicciones religiosas; muchos no consideran que la indoctrinación deba ser un asunto privado; algunos sacan a relucir el asunto de los “valores”, como si no hubiera otra fuente de los mismos que la religión, o como si esos valores fueran otra cosa que repetición de prejuicios tradicionales. En realidad la mayoría de los padres que envía a sus hijos a escuelas privadas lo hacen no por convicción religiosa sino para evitar las malas condiciones edilicias de las escuelas públicas y las frecuentes huelgas de maestros. Hace veinte años uno de cada siete niños iba a una escuela privada; hoy es uno de cada cuatro, y en la Ciudad de Buenos Aires, uno de cada dos. Ese aumento constante alimenta la voracidad del lobby educativo eclesiástico. A nivel nacional se trata de una inmensa cantidad de dinero: miles de millones transferidos a instituciones excluyentes, que transmiten a los niños doctrinas y políticas de un estado extranjero (el Vaticano) que suelen estar en oposición directa con las políticas del estado argentino en cuanto a educación sexual, salud reproductiva y derechos humanos (por no hablar de la distorsión y desinformación en temas de biología e historia). Y ese dinero no se vuelca sólo a la indoctrinación disfrazada de educación; de un uso más ruin fuimos testigos cuando la Iglesia Católica utilizó sus escuelas como bases para lanzar su campaña contra la ley de matrimonio igualitario, enviando cartas a los padres para que firmaran un petitorio contra el derecho de los homosexuales a casarse y liberando a sus alumnos para que asistieran a movilizaciones en lugar de ir a clases. Es hora de volver a debatir si queremos una educación para todos, que forme ciudadanos, o un sistema perverso como el actual, que permite llamar “educación” a valores cuestionables y doctrinas falsas y arroja a millones de niños en brazos de una corporación religiosa.

CREACIONISMO VERSUS EVOLUCIONISMO

DARWINISMO Y EVOLUCIÓN: ¿EL BESO DEL DIABLO?

                                                                                                                                                                      Ante los nuevos lobbys creacionistas y la influencia que empieza a tener en España, el científico mexicano, primer latinoamericano que preside la Sociedad Internacional para el Estudio del Origen de la Vida (ISSOL por sus siglas en inglés), plantea que el creacionismo no es una teoría científica, sino un movimiento político e ideológico. Para el reconocido biólogo, las religiones cristianas, por contra, tienen una tradición filosófica e intelectual muy refinada que está al margen del creacionismo, que nació en EEUU de la derecha ultraconservadora.

“Satanás es el verdadero creador del concepto de evolución”, escribió en 1974 Henry Morris, cuando era director del llamado Institute for Creation Research en San Diego, en EEUU. Unos veinte años más tarde, en compañía de su compatriota Duane Gish, también militante del creacionismo, comenzó a visitar Turquía para asistir a reuniones antievolucionistas y, de pasada, buscar los restos del Arca de Noé, que según la tradición quedó varada en el Monte Ararat al descender las aguas del diluvio universal. Con tal de vencer al demonio, la solidez del cristianismo de Morris y Gish no tardó en ser substituida por uneclecticismo que les permitió establecer alianzas estratégicas con algunos musulmanes fundamentalistas, incluyendo a Adran Oktan, quién, bajo el pseudónimo de Harun Yahya, alcanzó una cierta notoriedad al repartir por correo miles de libros de contenido antievolucionista bellamente empastados pero bastante mal escritos.

Los creacionistas han prosperado en EEUU, donde un porcentaje importante de la población se declara seguidor de la interpretación literal del Génesis. Si bien es cierto que, en algunos estados de la Unión Americana, los empeños de los creacionistas por influir en la educación pública han sido frenados por la vía judicial, se han adaptado a los nuevos tiempos. Para evitar ser reconocidos como promotores de una visión religiosa, usan la frase “diseño inteligente”, eliminando de un plumazo términos bíblicos y las referencias a Dios. Los creacionistas han modernizado su organización y su lenguaje, creando escuelas y universidades privadas, otorgando becas, organizando debates y congresos, fundando revistas, diarios junto con cadenas de radio y televisión, y organizando redes de financiación y reclutamiento con las que han fortalecido sus finanzas y han aumentado sus seguidores en forma impresionante.

Aunque tiene tras de sí una rica tradición intelectual y de reflexión filosófica, en la Iglesia Católica subsisten sectores integristas que, junto con los grupos de fundamentalistas protestantes, han caído en la tentación de confundir la educación con el adoctrinamiento ideológico. Más allá de sus diferencias teológicas, ambos grupos están unidos por su oposición a la visión secular del mundo moderno, su conservadurismo social, su obsesión por el poder político, y la pobreza de sus argumentos científicos. No ven, o no quieren ver, las diferencias entre el hecho de la evolución y la teoría que lo explica.

Los evolucionistas no tenemos empacho en reconocer lo que nos falta por saber, pero no buscamos la solución en los libros sagrados, que tienen respuestas para otro tipo de preguntas. Por ello, es importante percatarse de que detrás del mesianismo populista de los creacionistas no hay argumentos religiosos o dudas científicas, sino actitudes políticas. Debemos, por ello, fortalecer una visión laica de la educación que permita desarrollar de forma crítica una visión evolutiva de la Biosfera, uno de los elementos más importantes para enfrentar el reto grotesco, pero creciente, del creacionismo.

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Antonio Lazcano Araujo (México, 1950) es biólogo y Doctor en Ciencias de la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha publicado en libros y revistas científicas internacionales más de 150 trabajos de investigación sobre el origen y la evolución temprana de la vida.

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Nota publicada originalmente el 22/01/08 en el Servicio de información y noticias científicas (primera agencia pública de información especializada en ciencia, tecnología e innovación en castellano).

INFLUENCIA DE LA RELIGIÓN EN LA CONDICIÓN SOCIAL DE LA MUJER

LAICISMO

por Alicia Miyares (en “Democracia feminista”, Ediciones Cátedra, pags. 91:97 | 2003)

En el siglo XIX la cuestión educativa y la universalización de ésta generaron una intensa polémica entre la Iglesia y los Estados católicos. El Papa Pío IX para frenar el laicismo firmó concordatos con diversos estados católicos por los que éstos reconocían el derecho exclusivo de la Iglesia a dirigir las escuelas seglares y parroquiales: los más importantes fueron los concluidos con España en 1851 y con Austria en 1855. En España apenas hubo divergencias, aunque los liberales se resistieron a tan extrema atribución de la autoridad papal. Pese a los concordatos el anticlericalismo era creciente en muchos países de Europa. Esta situación se intensificó cuando el mismo pontífice promulgó en 1864 la polémica Syllabus, documento por el cual el Papa Pío IX condenaba el liberalismo y racionalismo y proclamaba la infalibilidad papal. Esto suponía la autoridad coercitiva moral del Vaticano y en muchos países se extendió la resolución de los estados de refrenar la autoridad de la Iglesia. La reacción fue lenta, pero continuada y así Francia, en 1882, universaliza la educación primaria convirtiéndola en obligatoria para niñas y niños; poco después, en 1886 lleva a cabo la sustitución de los maestros religiosos por laicos, hasta que en 1904 se prohíbe por ley a todas las congregaciones la dirección de las escuelas.

El modelo francés sirvió de referencia para los países que, como España y Portugal, eran de credo católico. Así en Portugal, en 1910 el nuevo gobierno republicano separó la Iglesia y el Estado. En el caso español, la reacción fue mucho más lenta debido al dominio absoluto de la Iglesia. Ésta se oponía a la extensión de la alfabetización pública y a la educación general de las niñas; apoyaba el analfabetismo basándose en el argumento de que las personas ignorantes no se verían expuestas a doctrinas heréticas, liberales o socialistas, y permanecerían así en «estado de gracia». A finales del siglo XIX y en la primera década del XX el esfuerzo por reformar la educación española corrió a cargo de la Institución Libre de Enseñanza. Bajo la influencia de Giner de los Ríos, intelectuales españoles asistieron a diversos congresos mundiales de educación que fueron fuente de ideas nuevas. Se comenzó a constatar que el laicismo sería imposible sin la mejora de la educación, sobre todo en el sexo que la presentaba de manera más deficiente. Así pues, mientras las mujeres siguieran tuteladas por la Iglesia los esfuerzos hacia el laicismo serían vanos. Sin embargo, la educación de las mujeres, si bien aceptada entre los sectores liberales, socialistas y librepensadores, mantenía la aceptación de una ley natural para las mujeres: su misión reproductora.

En las tres primeras décadas del siglo XX el Vaticano contemplaba con horror los vientos de secularización y propuestas educativas nuevas que iban restándole protagonismo educativo en Europa y América. En su intento por atajar el laicismo, el Papa Pío XI promulga en 1929 la encíclica Divini illius magistri en defensa de la misiónhistórica de enseñar de la Iglesia: «la misión de la educación corresponde, ante todo y sobre todo, en primer lugar a la Iglesia y a la Familia, y les corresponde por derecho natural y divino, y, por lo tanto, de manera inderogable, ineluctable, insubrogable». En la encíclica se denunciaba también como error la coeducación «por partir del naturalismo negador del pecado original». La iglesia vaticana censuraba la coeducación por alimentar una deplorable confusión de ideas, por permitir la convivencia promiscua de los dos sexos en una misma aula y avalar la idea de una igualdad niveladora de los dos sexos. Para la iglesia la doctrina de la coeducación era perniciosa para la educación de la juventud cristiana porque el creador ha ordenado y dispuesto la convivencia perfecta de los dos sexos solamente en la unidad del matrimonio, y gradualmente separada en la familia y en la sociedad. Además, no hay en la naturaleza misma, que los hace diversos en el organismo, en las inclinaciones y en las aptitudes, ningún motivo para que pueda o deba haber promiscuidad y mucho menos igualdad de formación para ambos sexos.

El miedo a la coeducación será en definitiva el miedo a la emancipación de las mujeres, tal y como afirmaría el mismo Papa Pío XI en la encíclica Casti Connubi. La emancipación de la mujer «es corrupción del carácter propio de la mujer y de su dignidad de madre; es trastorno de toda la sociedad familiar, con lo cual al marido se le priva de la esposa, a los hijos de la madre y a todo el hogar doméstico del custodio que lo vigila siempre». Por ejemplo, en España la coeducación sería abolida en 1936 con clarificadores mensajes como éste: con la supresión de esta inmundicia moral y pedagógica que se llamaba «coeducación» hemos dado el primer paso hacia una verdadera formación de la mujer… En primer lugar, se impone una vuelta a la sana tradición que veía en la mujer, la hija, la esposa y la madre, y no la «intelectualada» pedantesca que intenta en vano igualarla al varón en los dominios de la ciencia; «cada cosa en su sitio» y el de la mujer no es el foro ni el taller… sino el hogar, cuidando de la casa y de los hijos…, poniendo en los ocios del marido una suave lumbre de espiritualidad y de amor.

Resuenan bastante fuertes los argumentos del Papa Pío XI, eso sí, con nuestra peculiar forma castiza de convertir los argumentos en exabruptos.

La universalización de la educación y que ésta contemplara a las mujeres en pie de igualdad con los varones era, en definitiva, una amenaza a la familia. La igualdad separaría a la mujer de la vida doméstica y del cuidado de los hijos para arrastrarla a la vida pública y a la producción. Peligraría, con ello, la misma estructura familiar, y su ley fundamental de procreación y educación de la prole, establecida y confirmada por Dios. La lógica católica discurría a través de supuestos puramente misóginos: si «la mujer» es una criatura impulsiva y poco racional eduquemos sus sentimientos, su corazón, para que llegue con un conocimiento suficiente a su fin natural, que es el matrimonio, y para alejarla de vindicaciones igualitarias pues éstas cuartean la estabilidad y honor de la institución familiar al orientar a las mujeres a un quehacer extradoméstico. El objetivo será construir una feminidad que se acerque a Dios por necesidad de su conciencia y que no use a Dios como pretexto para conseguir posiciones más o menos bastardas o cuando menos terrenales. La única necesidad de las mujeres es cubrir las necesidades materiales y morales de la familia. El destino de la mujer es ser esposa y compañera del varón, formar con él una familia, educar y cuidar bien a sus hijos. La familia, para la Iglesia, tiene prioridad sobre los derechos civiles de las mujeres. De nuevo a Pío XI debemos una imagen de la familia en la que “florezca lo que San Agustín llamaba la «jerarquía del amor»; la cual abraza tanto la primacía del varón sobre la mujer y los hijos como la diligente sumisión de la mujer y su rendida obediencia, recomendada por el Apóstol con estas palabras: «Las casadas estén sujetas a sus maridos, como al Señor; porque el hombre es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia”.

Hoy la Iglesia apenas ha cambiado la concepción diferenciada que tiene de los varones y las mujeres. Ha moderado su lenguaje, pero no la esencia del discurso. Cuando se promovió la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer en Pekín, la Iglesia estaba muy interesada en «clarificar la plena verdad sobre la mujer». A este efecto, el Papa Juan Pablo II dirigió una Carta a las mujeres en la que «aclaraba» la identidad y posición social de las mujeres. Juan Pablo II considera que la mujer y el «hombre» no reflejan una igualdad estática y uniforme, sino de complementariedad entendida como «unidualidad» relacional. Para explicar en qué consiste la compleja expresión «»unidualidad» relacional» nos remite Juan Pablo II al versículo del Génesis «No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada» (Gn 2,18). De esta manera la identidad de la mujer queda confirmada por el proceso mismo de su creación: «En la creación de la mujer está inscrito, pues, desde el inicio el principio de la ayuda». Así pues, la mujer está llamada a ofrecer ayuda al «hombre». De acuerdo con esto, el horizonte de «servicio» de un varón y una mujer no es el mismo ya que entre ellos hay «una cierta diversidad de papeles»: “En este horizonte de «servicio» -que, si se realiza con libertad, reciprocidad y amor, expresa la verdadera «realeza» del ser humano- es posible acoger también, sin desventajas para la mujer, una cierta diversidad de papeles, en la medida en que tal diversidad no es fruto de imposición arbitraria, sino que mana del carácter peculiar del ser masculino y femenino”. El horizonte social de la mujer -marcado por el principio de ayuda, por el darse a otros- se materializa en una forma de maternidad afectiva, cultural y espiritual que en el mundo laboral alcanza su realización más plena en el campo de la educación, de la salud y en las instituciones asistenciales. Cualquier otra actividad interrumpiría la «originalidad» femenina y conduciría a la «masculinización» de las mujeres.

En el documento Familia y derechos humanos el Pontificio Consejo para la Familia denunciaría la creciente masculinización de la mujer, como quedó puesto de relieve en la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer de Pekín (pese a la Carta remitida por el Santo Padre en los prolegómenos de la Conferencia). Para el Pontificio Consejo en Pekín se constató que la extensión de una «igualdad indiferenciada» es producto de los errores ideológicos de inspiración malthusiana, hedonista y utilitarista y de las teorías de género; en definitiva, estas ideologías son antifamilia, anti-vida y destructoras de las naciones:

Una tendencia aparecida en la Conferencia de Pekín (1995), pretende introducir en la cultura de los pueblos la «ideología del género» -gender-. Esta ideología afirma, entre otras cosas, que la mayor forma de opresión es la opresión de la mujer por el hombre y que esta opresión se encuentra institucionalizada en la familia monogámica. […]. Somos conscientes de que ya muchas veces el Santo Padre, y siguiendo sus huellas el Pontificio Consejo para la Familia, se ha pronunciado sobre estas ideologías que no son sólo anti-vida y anti-familia, sino que son también destructoras de las naciones.

Todos los credos religiosos se parecen en su consideración hacia las mujeres. La diferencia más radical no se encuentra en los mensajes de una u otra religión, sino en que, al menos, en algunos países democráticos de Occidente se está más cerca del laicismo y de la vivencia de la religión como hecho privado, lo que impone ciertas restricciones al poder de las religiones. El problema en muchos países islámicos es que religión y Estado forman un todo indiferenciado, como fue el caso del Frente Islámico de Salvación Argelino (FIS) cuyos dirigentes afirmaban que «El lugar natural de la mujer está en el hogar… No debe abandonar el hogar a fin de poder consagrarse a la grandiosa misión de educar al hombre. La mujer es una reproductora de hombre, ella no produce otros bienes sino esta cosa esencial que es el musulmán». Nada parece impedir tampoco, como ha sido el caso de Afganistán, que los ulemas, o estudiosos religiosos, ofrezcan una personal interpretación de la posición de las mujeres amparándose en textos del Corán vejatorios para ellas:

Los hombres están por encima de las mujeres, porque Dios ha favorecido a unos respecto de otros, y porque ellos gastan parte de sus riquezas a favor de las mujeres. Las mujeres piadosas son sumisas a las disposiciones de Dios; son reservadas en ausencia de sus maridos en lo que Dios mandó ser reservado. A aquellas de quienes temáis la desobediencia, amonestadlas, confinadlas en sus habitaciones, golpeadlas. Si os obedecen, no busquéis pretexto para maltratarlas. Dios es altísimo, grandioso.

Los ulemas y la umma o comunidad de creyentes se decantan por convertir ciertos pasajes del Corán en sharias o leyes religiosas notablemente discriminatorias contra las mujeres, antes que perfeccionar los códigos civiles según las indicaciones de la ONU. De hecho muchos países de tradición islámica que han reformado sus constituciones no han hecho lo mismo con sus códigos de familia, que siguen fieles al derecho consuetudinario o a la ley religiosa: parecen concesiones del poder del Estado al poder religioso.

Los credos religiosos, que han sido y son en muchos países canal de la cohesión social, en parte han hecho descansar ésta en una estricta normativa sexual para las mujeres. Es esta normativa diferenciada para mujeres y varones la que nos explica la desventaja educativa mundial en la que se hallan niñas y mujeres respecto de los niños y varones: así el 66% de los 300 millones de menores que no pueden ir a la escuela y las dos terceras partes de los que abandonan los estudios primarios por exigencias familiares son niñas. De idéntica manera el 66% de los 880 millones de adultos analfabetos son mujeres. Así pues, es urgente incidir en el laicismo y favorecer políticas educativas laicas en los países en vías de desarrollo. Los estudios demuestran que al educar a las niñas y a las mujeres se elevan todos los índices de desarrollo. Denegar la educación a las mujeres es frenar el desarrollo económico y social de los países. El deber educativo de un estado laico es asegurar las condiciones óptimas para la construcción de la ciudadanía, «sin que pueda tenerse en cuenta ninguna otra condición, sea ésta la pertenencia religiosa, la racial o la étnica». La educación tiene como objetivo fomentar valores comunes, los reconocidos en la Declaración universal de los derechos humanos, y no privilegiar creencias religiosas. Es rechazable, por lo tanto, la sumisión de lo político a lo religioso ya que la interferencia constante de los credos religiosos es un serio impedimento para educar en civismo y en una educación no sexista.

EL PAPA VISITA UNA ESPAÑA CADA VEZ MENOS CATÓLICA

Por Isabel Caro

Las encuestas corroboran que el catolicismo en España registra un descenso cada vez más constante y acusado entre los jóvenes. El Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) recoge en sus estudios que el porcentaje de la población española que se considera católica ha pasado de un 87% en 1992 a un 71,7% (julio de 2011). Una encuesta realizada el pasado mes por la organización religiosa Paix Liturgique va más allá, concluyendo que solo el 63,3% de los españoles afirman profesar el catolicismo.

Los expertos aseguran que no es un fenómeno exclusivo de España sino de toda Europa Occidental, propio de las sociedades postindustriales. Javier Elzo, catedrático especializado en sociología de la Universidad de Deusto (País Vasco) asegura que en España hay muchas personas que no han olvidado el nacionalcatolicismo del franquismo y califica a la sociedad española como polarizada: «hay por un lado un catolicismo muy conservador, que sigue pensando en modelos casi de Cristiandad frente a un laicismo excluyente de lo religioso».

La Iglesia y los jóvenes

Entre la juventud, los índices son más contundentes: sólo un 45,1% de los jóvenes entre 15 y 24 años profesa la fe católica, según el último sondeo citado. Para Elzo es un hecho «que ha ocurrido siempre», quien afirma que por primera vez «nos encontramos con generaciones que no han sido educadas en la fe». En este sentido, se expresa también el sociólogo experto en pensamiento simbólico y religión, José Antonio Gómez-Marín: «disponemos de una juventud completamente ajena a la religión católica, que ignora la realidad catequética y evangélica y, por supuesto, las obligaciones eclesiales». Ambos expertos recogen también, como causantes del desapego de los jóvenes a la religión, el profundo cambio de costumbres, al que según ellos la Iglesia no ha sabido responder: «no ha sido capaz de adecuarse a unas exigencias de una sociedad nueva por ejemplo en materia sexual, de convivencia o de caridad», afirma Gómez-Marín. Este experto reconoce que la Iglesia es la gran agente de la solidaridad pero «no ha sabido dar un gran ejemplo evangélico desprendiéndose de sus bienes, realizando un gran gesto capaz de deslumbrar a una generación». Católicos no practicantes El descenso del catolicismo viene acompañado por una menor práctica de la religión y un limitado acatamiento de los principios de la Iglesia. El estudio de Paix Liturgique afirma que la mitad de los que se consideran católicos no participa nunca o casi nunca en la misa. Entre los que practican la fe católica, poco más del 14% lo hace al menos una vez a la semana. Los datos del CIS, de julio de 2011, se encuentran en la misma línea; solo el 13% de los católicos asiste a misa casi todos los domingos y festivos. Elzo afirma que responde a un cambio en la manera que los españoles invierten su tiempo de ocio: «hace 30 años la gente salía mucho menos de lo que sale ahora, no tenia segundas residencias y pesaba mucho la tradición. Llegaba el domingo y la gente iba a misa y a la plaza del pueblo. Esto ha desaparecido. Hoy la gente se va a sus segundas residencias, hace deporte… El sentido del domingo no tiene ningún sentido».

FUENTE: Radio Nederland Internacional